Capítulo 23
El señuelo
Aquella misma mañana, mientras Rodrigo recorría el muelle y recibía los informes de sus hombres, Álvaro Mendoza había empezado su propia jornada.
Pasó junto a los corrales de la ribera, donde las mujeres de los marineros fregaban camisas que sus hombres tal vez no volverían a vestir.
Ninguna levantó la vista. Trabajaban sin prisa, con las manos hundidas en el agua fría y la mirada puesta en ningún sitio, y aquel ritmo le recordó a las que lavaban ropa de muertos después de cada batalla.
Siguió entre carreteros y aprendices de tonelero, capa parda y jubón oscuro, prendas que en aquel puerto no distinguían a nadie de nadie.
Había llegado a Palos poco antes de que la red sevillana cayera.
En los diez días transcurridos desde entonces, alojado en una habitación sobre la taberna del Gallo, había aprendido el nombre de cada escribano, la hora en que cada almacenero cerraba la puerta y el precio exacto de cada silencio.
Su primera parada fue el almacén de Bartolomé Sánchez, proveedor de jarcias y brea para la Corona. Un par de mozos enrollaban guindalezas gruesas mientras el dueño pasaba el dedo por una columna de cifras sobre una mesa surcada de rozaduras de pluma.
—Don Álvaro —saludó Bartolomé, alzando la vista un instante antes de volver a las cifras—. No os esperaba tan temprano.
—Las empresas de largo alcance no distinguen horas —repuso Mendoza, quitándose los guantes dedo a dedo—. Vengo a revisar los registros de entrega. La Corona aprecia orden en sus cuentas.
Bartolomé frunció los labios. Las entregas se habían completado semanas atrás y los pliegos estaban sellados, pero bastó la mención de la Corona para que los entregara sin discutir.
Mendoza los examinó con calma, pasando las yemas por los márgenes, comprobando firmas y fechas.
Pasó los pliegos uno a uno. Al llegar al tercero, su mano izquierda extrajo del interior del jubón una hoja doblada en cuatro mientras la derecha separaba el original del resto.
El intercambio duró lo que tarda un naipe en caer sobre otro.
La hoja que volvió a la pila era idéntica a la original salvo por un detalle.
La fecha de recepción de un lote de víveres, alterada en un solo día.
Nada ostentoso. Suficiente para que, llegado el momento, alguien en la Corte pudiera insinuar retraso en el abastecimiento imputable a los capitanes.
—¿Os satisfacen las cuentas? —preguntó Bartolomé desde la mesa.
—Por completo —respondió Mendoza, devolviendo los pliegos con ambas manos—. Sois hombre diligente, Bartolomé. La diligencia es virtud que la Corona no olvida.
En el despacho de Justino Rodríguez, custodio de registros reales, Mendoza no falsificó nada.
Se limitó a hacer una pregunta. ¿Era habitual que la carta de navegación del Almirante llegara sin copia al archivo real?
Rodríguez frunció el ceño. Dijo que lo comprobaría.
Mendoza salió antes de que terminara la frase.
La duda ya estaba plantada. Rodríguez la regaría solo.
El almacén de los Quintero olía a vinagre y a cuero mojado. Damián, el escribiente, era un hombre de cuarenta años con las yemas endurecidas por la pluma y la costumbre de no levantar la vista cuando alguien entraba. Levantó la vista cuando entró Mendoza.
—Traigo disposición reciente sobre la distribución de agua de la Santa María —dijo Mendoza, depositando el pliego sobre la mesa como si fuera un trámite resuelto de antemano.
Damián examinó el sello. Auténtico. La firma, convincente. Abrió el libro de registro y empezó a copiar.
—¿El nombre para el margen? —preguntó sin levantar la pluma.
—Álvaro —respondió Mendoza—. El señor Álvaro. Ya me conocen aquí.
Damián anotó el nombre y siguió copiando. Mendoza salió a la calle ajustándose los guantes con dos dedos, como si acabara de cerrar un asunto sin importancia.
Desde el almacén de los Quintero, caminó hasta la escribanía del puerto. Entró con paso seguro y depositó un escrito sobre la mesa del oficial de guardia.
No esperaba encontrar a Mateo Carvajal. Rodrigo lo había apostado allí desde hacía varios días, un hombre con cara de pocos amigos sentado junto al libro de registro, con la espada al cinto y orden de no dejar pasar un pliego sin visto bueno.
Mateo levantó el pliego con dos dedos, pinzándolo por la esquina, y lo sostuvo a la altura de los ojos sin leerlo.
—Toda documentación que entre o salga de esta escribanía pasa primero por el capitán Salazar —dijo Carvajal con voz plana—. Podéis dejar el pliego o llevároslo. Lo que no podéis es registrarlo sin su visto bueno.
Mendoza mantuvo la sonrisa. Recuperó el documento con un gesto lento, casi cortés, y salió sin añadir palabra. En la calle, la sonrisa permaneció un instante más, pero los ojos habían cambiado.
«Perro fiel. Salazar los elige bien».
Mendoza no se detuvo. Cada pieza de su red ocupaba su lugar sin conocer el tablero completo.
El hombre de barba rojiza vigilaba la escribanía desde fuera: quién entraba, quién salía, cuándo el sevillano de la espada se ausentaba.
Cosme Luján vigilaba al escribano Sixto de Villarroel, que copiaba inventarios para la Corona.
Tomé observaba los movimientos de carga en el embarcadero sur.
Si Salazar atrapaba al de la barba rojiza, no podría sacarle a Cosme.
Si caía Cosme, Tomé seguía mirando los carros del embarcadero sin que nadie supiera su nombre.
Aquella tarde, Mendoza subió a su habitación y cerró la puerta con llave.
Desde abajo subían las voces apagadas de los parroquianos y el golpeo sordo de las jarras contra los tablones. Desde la ventana se veían los mástiles de las tres naves recortados contra el cielo gris.
Extendió sobre la mesa un mapa del puerto con anotaciones en tinta roja.
Marcas en los almacenes, en la escribanía, en los puntos de carga.
Líneas que conectaban nombres con funciones, funciones con horarios, horarios con vulnerabilidades.
Llevaba días estudiando el apresto de la expedición palmo a palmo, midiendo turnos, distancias y nombres.
Buscaba la brecha menor. La grande la vigilaba Salazar. La pequeña, nadie.
Se sentó junto a la mesa y sacó del jubón el pliego que contenía las cifras del sabotaje material: los barriles, los tapones, los turnos de guardia que sus hombres habían aprovechado.
Lo acercó a la llama del candil. El borde prendió con un chasquido seco y la tinta se oscureció antes de desaparecer.
Lo sostuvo hasta que el calor le lamió las yemas de los dedos y lo dejó caer sobre un plato de barro, donde la hoja se retorció sobre sí misma y se redujo a una lámina de ceniza que aún conservaba la forma de las letras.
Luego se limpió los dedos en la capa y volvió al mapa.
El cálculo había sustituido a cualquier otra cosa.
Empezó a contar pérdidas y reservas con el pulso firme, como quien revisa un libro de cuentas.
Si Rodrigo encontraba cada grieta y la sellaba antes de zarpar, la estrategia del puerto quedaba agotada.
Y Sevilla ya no existía. Galván había llegado diez días antes con la noticia: Moncada preso, Spínola preso, Fonseca muerto en su propia cama con vino envenenado que Mendoza había mandado servir.
El almacén confiscado, los registros incautados.
Todo lo que había construido en meses, desmontado en una noche.
Solo Galván había escapado, el enlace entre Sevilla y Palos, el hombre que movía los pliegos entre una ciudad y otra sin saber lo que transportaba.
Sin red, Galván no era más que un mensajero sin mensaje.
Lo había enviado a Sevilla con el pliego cifrado.
Era lo único que le quedaba por hacer con él.
Enrolló el mapa y lo dejó junto al plato con los restos del primero.
Lo que quedaba sobre la mesa era un solo pliego, los nombres de la segunda fase.
Bartolomé Sánchez, Justino Rodríguez, el notario de Moguer.
Esta mañana había plantado las semillas, una fecha alterada aquí, una duda sembrada allá.
Esta tarde, mientras Salazar corregía asientos en el muelle, sus hombres completarían el trabajo en los archivos.
Tres alteraciones menores en tres sitios distintos que, leídas por separado, no significaban nada, pero que juntas compondrían un rastro de discordancias que ningún auditor podría atribuir a una sola mano.
Mendoza trazó la ruta con el dedo sobre la mesa y se guardó el pliego en el forro interior de la capa.
Alguien llamó a la puerta con tres golpes cortos. Mendoza no respondió.
El siguiente fue uno solo, más suave. Abrió.
En el umbral, un hombre que no había visto desde el día anterior depositó un papel doblado en su mano. Dedos largos, con un callo de pluma en el corazón, con una sortija de hierro sin piedra en el meñique. Se marchó sin esperar respuesta.
Mendoza lo leyó de pie, junto a la ventana, con la última luz de la tarde.
Era letra de hombre instruido, limpia, sin abreviaturas: un resumen de manifiestos cruzados, alteraciones en el suministro de agua de la Santa María , fechas, patrón de actuación.
Rodrigo sabía todo lo que había movido en los muelles.
Lo que no sabía, según el pliego, era lo que ya había salido de ellos.
Lo acercó al candil. El papel ardió por los bordes primero, luego por el centro, y antes de que bajara la llama era ya un rizo negro sobre el barro.
La expedición no terminaba en el muelle. Y su guerra tampoco.
Desde la ventana vio cómo Rodrigo recorría los muelles acompañado de sus hombres, cómo los escribanos corregían registros y los carpinteros sustituían piezas.
Ninguna de esas piezas estaba destinada a permanecer en su lugar. Eran señuelos, y Salazar los había mordido. Mientras corregía papeles y sustituía cabos, lo que importaba ya viajaba por otros cauces.
«Salazar protegerá la carga. Protegerá los documentos. Protegerá a Colón. No puede proteger lo que ya duerme en los márgenes de registros que él mismo ha firmado».
* * *
Horas antes, cuando la sombra del campanario tocó el muelle, Rodrigo había reunido a sus hombres en la capitanía.
No eran muchos: Diego Quiroga, Mateo Carvajal, Joaquín González, Miguel Aranda y Sancho Ordóñez.
Cinco hombres para vigilar tres naves, cuatro almacenes y un puerto lleno de callejones donde cualquier sombra podía esconder un mensajero o un cuchillo.
Rodrigo habló de pie, con las manos apoyadas en la mesa donde Joaquín había colocado sus pliegos.
—Diego, la Pinta es vuestra. Revisión completa de jarcia, velamen y timón. Cada cabo se prueba con carga antes de enrollarlo. Si algo falla, lo sustituís; no lo reparáis. No hay tiempo para remiendos.
—Os entenderéis con el contramaestre, no con Pinzón —continuó Rodrigo—. Martín Alonso ya ha autorizado el acceso esta mañana. Si alguno de sus hombres pone dificultades, identificaos con mi nombre.
Diego apretó la mandíbula. Los ojos ya calculaban la secuencia.
—Tenéis hasta el anochecer. Y vigilad al tal Tomé, que sigue en la Pinta . Si sale de a bordo sin motivo, quiero saberlo.
—Una cosa más. Esta mañana había un hombre remendando una red junto a la caseta del contramaestre, entre los postes de amarre de la Niña .
Cabeza baja, manos rápidas. Pero las manos no eran de pescador: nudillos sin callos, uñas limpias, y sujetaba la aguja con gesto aprendido, no con el pulso de quien hereda el oficio desde niño.
Preguntad en la caseta quién es y desde cuándo trabaja allí. Sin acercaros a él directamente.
—Mateo, los almacenes de poniente y la bodega de la Pinta .
Lo que encontrasteis esta mañana no era exploración: ahora es extracción.
Cada barril con sello de la Santa María , lo abrís, comprobáis el contenido y lo devolvéis a su nave.
Esta vez con dos hombres armados en todo momento y con mi nombre delante si alguien pone dificultades.
Y mantenéis la escribanía: nada entra ni sale sin mi visto bueno.
Mateo se cruzó de brazos.
—¿Y si Pinzón se opone a que abramos su bodega?
—No se opondrá. —contestó Rodrigo—. Ya hemos hablado. Pero si alguno de los suyos se resiste, le recordáis que la orden viene del Almirante. No de mí, del Almirante. Eso le facilitará la posición.
—Sancho, el muchacho del pellejo de vino —continuó Rodrigo—.
Necesito un nombre, no una confesión. Que hable y que no sienta que lo amenazamos.
Si alguien le dio el vino, lo hizo con intención; y quien da el vino suele dar también instrucciones.
Después, guardias de noche. Doble turno en los tres muelles.
Los hombres de la leva de Moguer quedan relevados; poned a los veteranos de Fabián y a los que vinieron de Sevilla con nosotros.
Fabián sigue con el portugués: que no lo mueva hasta que yo diga. Nadie duerme sin relevo confirmado.
Sancho inclinó la cabeza y se apartó de la pared.
Rodrigo se volvió hacia Miguel.
—Tú cubrirás el acceso norte al muelle. Solo.
Miguel sostuvo la mirada sin pestañear.
—¿Solo toda la noche?
—¿Hay algún problema?
Una pausa breve. Rodrigo vio cómo el muchacho tragaba la objeción antes de que llegara a los labios.
—No, señor.
—Si ves movimiento, no intervienes. Observas, memorizas y vienes a informarme.
El hombre de la capa oscura sigue suelto: el mismo que Carrillo describió, el que reclutó a Duarte en Lisboa.
Tenemos su descripción. Todavía no su nombre.
Si aparece, quiero saber adónde va, no que lo asustes.
—Hizo una pausa—. Y necesito ojos en el muelle.
Gente del puerto que ya esté ahí, estibadores, calafates, hombres que puedan mirar sin que nadie repare en que miran.
Distribúyelos en los accesos, con instrucciones de observar y callar.
Miguel recibió la orden sin replicar. Diego, que ajustaba la correa de su espada junto a la puerta, lo miró de reojo. Mateo, al pasar junto al muchacho hacia la salida, le apoyó una mano en el hombro un instante, sin detenerse.
—Y duerme algo antes —añadió Rodrigo cuando los demás ya salían—. Si te quedas en pie hasta el alba sin haber descansado, fallarás en la primera lectura.
Miguel no respondió. Pero salió más derecho de lo que había entrado.