Capítulo 22 #3
Rodrigo lo hizo mentalmente. Las sumas daban cifras de un solo dígito que no correspondían a nada aritmético.
Pero leídas en secuencia vertical, formaban una progresión que reconoció antes de terminar la columna.
Eran horas. La primera y la segunda, traducidas con el mismo método, daban días y posiciones de guardia.
Quien las escribió había enterrado un calendario de turnos dentro de un inventario de cuerdas.
—El momento exacto en que el turno de guardia cambia en los tres barcos a la vez —dijo Joaquín, leyendo el resultado en voz alta.
—¿Dónde lo encontrasteis?
—En el registro de jarcias de la semana pasada.
Escondido en las sumas de los márgenes. Los precios por unidad estaban redondeados al maravedí.
Ningún proveedor de Palos redondea al maravedí.
Todos cobran en fracciones. Cifras redondas en un registro de compras las elige alguien; no son las que alguien ha cobrado.
—¿Sabéis qué noche?
—El registro es de la semana pasada —Joaquín pasó el dedo por la columna—, pero los turnos que marca apuntan a mañana o pasado. Depende de cuándo cuadren las guardias con la marea.
Rodrigo empujó los pliegos con los dedos hacia Joaquín.
—Necesito que redactes un resumen limpio de todo esto. Solo para mis ojos y los de Diego. El original, con las marcas, lo guardas tú. Si algo me pasa, él sabe dónde buscarte. Y esta noche cambiamos los turnos sin avisar a nadie hasta la última hora.
Joaquín cabeceó y ya estaba de vuelta sobre los pliegos antes de que Rodrigo terminara la frase.
Rodrigo cruzó el muelle hacia la casa del Almirante.
Colón tenía los mapas desplegados sobre una mesa demasiado pequeña para ellos.
Los bordes colgaban por los lados como velas sin viento, y un compás de bronce sujetaba la esquina que amenazaba con enrollarse.
Un plato de comida intacto descansaba sobre un taburete junto a la ventana.
El pan se había endurecido y la grasa del tasajo se había solidificado en una película blanca. Colón no lo había tocado.
Colón no levantó la cabeza del portulano.
Tenía un tic nuevo en el párpado izquierdo, un temblor mínimo y unas ojeras hondas, de muchas noches y poca cama.
Sobre la mesa, entre las cartas, había un crucifijo de madera oscura y un ejemplar abierto de los viajes de Marco Polo con anotaciones en los márgenes escritas con letra diminuta.
Rodrigo alcanzó a leer una, trazada junto a un párrafo sobre las riquezas de Cipango: «Confirmar distancia. La Reina preguntará».
—Decidme que venís a confirmar la fecha de partida —dijo el navegante, trazando una línea imaginaria con el dedo entre las Canarias y el vacío occidental del mapa.
—Vengo a deciros que alguien quiere que la Santa María llegue sin agua al otro lado del océano. Si es que llega.
Colón alzó la vista. Se llevó la mano a la cara para detener el temblor del párpado, un gesto que probablemente repetía decenas de veces al día sin darse cuenta.
—¿Cuánto tiempo necesitáis?
—Dos días más.
—No los tengo. —Colón se levantó de la silla y caminó hasta la ventana, donde la luz del mediodía le cortaba la cara por la mitad—.
La carta de la Reina establece el plazo.
Si no zarpamos antes del viernes, habrá quien sugiera en la Corte que la expedición no es viable.
Y esta vez no tendré la oportunidad de defenderla ante Sus Majestades, porque no quedarán Majestades con paciencia para escucharme.
—Si zarpamos con la carga comprometida, no será viable de verdad. La defensa ante la Corte no la perderemos por argumentos de cortesano. La perderemos por sed, en alta mar, antes de avistar Canarias.
Colón cerró los ojos un instante. Cuando los abrió, algo se había apagado en ellos.
—Un día —dijo—. Os doy hasta mañana al anochecer. Si para entonces la carga está asegurada y los manifiestos cuadran, zarpamos al alba siguiente. Si no...
Dejó la frase sin terminar. No hacía falta. Los dos sabían que «si no» significaba explicarse ante Fernando e Isabel con las manos vacías y el prestigio roto.
—Un día basta. Pero necesito que vuestros hombres de confianza en la Santa María respondan ante mí, no ante vos, hasta que levemos anclas.
Colón endureció el gesto. Era mucho pedir.
La Santa María era su nave, su mando, su símbolo.
Ceder el control de sus propios hombres, aunque fuera por horas, era admitir que la situación lo desbordaba.
Rodrigo lo vio calcularlo. Los ojos del navegante fueron a los mapas, luego a la ventana donde se adivinaban los mástiles, y volvieron a Rodrigo.
La Reina no le había dado aquella nave para que la perdiera antes de zarpar, y ambos lo sabían.
—De acuerdo —dijo, volviendo a inclinarse sobre el mapa—. Pero cuando zarpemos, cada hombre vuelve a su cadena de mando. Sin excepciones.
—Sin excepciones.
Rodrigo salió de la casa con el sol ya alto y la certeza de que tenía menos de un día para encontrar las grietas que el enemigo había abierto y sellarlas antes de que el mar las convirtiera en abismos.