Capítulo 22 #2
Rodrigo se lavó la cara con el agua fría del barreño, se ciñó el jubón y bajó al embarcadero.
Las tablas estaban húmedas de rocío y los clavos que las sujetaban a los pilotes asomaban en algunos puntos, oxidados por el salitre, como dientes podridos en una encía de madera.
Caminó con paso sereno, dejando que los ojos se acostumbraran a la penumbra y que los sonidos del puerto le dieran la información que la oscuridad aún no permitía: el chapoteo de las barcazas de remo contra los costados de las naves, el chirrido de una polea mal engrasada en el palo mayor de la Niña , la voz ronca de un contramaestre que insultaba a alguien por un nudo mal hecho.
Cada sonido tenía su lugar. Lo que buscaba era el que no lo tuviera.
Pasó junto a un grupo de cargadores que arrastraban un tonel de bizcocho por la rampa del depósito central.
El barril no llevaba la marca de tiza que Diego había ordenado pintar en todos los toneles revisados.
Lo anotó. Aún no era momento de preguntar.
Si interrogaba al estibador antes de saber quién había omitido la marca, perdería el rastro.
Más adelante, donde el muelle se estrechaba entre los postes de amarre de la Niña y la caseta del contramaestre, un hombre remendaba una red con la cabeza baja y las manos veloces.
Rodrigo pasó a su lado sin mirarlo, pero registró lo que sus ojos captaron de reojo: nudillos sin callos de marinero, uñas limpias para quien dice llevar semanas en el puerto, y una forma de sujetar la aguja que no era la de un pescador de toda la vida.
Podía no significar nada, o podía significarlo todo.
Lo guardó junto al barril sin marca, en el mismo cajón de su memoria donde acumulaba los detalles que aún no tenían dueño.
Mateo Carvajal lo encontró antes de que el sol terminara de despegarse del horizonte. Venía con las manos sucias de cera y un gesto que habría significado enfado en cualquier otra cara.
—Tres cosas —dijo, sin saludo ni preámbulo—.
He encontrado tres barriles de agua marcados con el sello de la Santa María en la bodega de la Pinta .
No estaban ayer. Los tapones de cuatro de los toneles del almacén de poniente están flojos.
No sueltos, flojos. Lo justo para que gotee durante la travesía sin que nadie lo note hasta que sea tarde.
Y por último los sellos de seis de los barriles en poniente han sido levantados y vueltos a poner con cera nueva.
La original era de Sevilla, más oscura, con veta rojiza.
La nueva es cera de candela, clara, como la que se vende en cualquier mercado.
Mostró un trozo de cera rota en la palma. Rodrigo lo cogió y lo examinó a la luz. Mateo tenía razón. El color era distinto, y la textura más blanda. Cera barata, fundida y derramada con mano torpe, aún con goterones en el borde.
Rodrigo no respondió de inmediato. Miró los barriles alineados en el muelle, las cuerdas tensas de las amuras, el cielo que empezaba a clarear por encima de los tejados.
Tres barriles desplazados. Cuatro tapones aflojados.
Seis sellos manipulados. Las cifras encajaban con un cálculo, no con un descuido.
Si la Santa María perdía agua gota a gota durante semanas de navegación, la crisis llegaría en alta mar, lejos de cualquier fuente, cuando el racionamiento ya no bastaría para evitar el motín.
«Saben qué nave importa».
—¿Quién custodió el almacén de poniente esta noche? —preguntó.
—Dos hombres de la leva de Moguer. Jóvenes. Uno se quedó dormido antes de la tercera guardia; el otro jura que no vio nada.
—El que se quedó dormido, ¿casualidad o ayuda?
Mateo se encogió de hombros.
—Un pellejo de vino apareció vacío junto a su puesto. Él dice que no bebió. Pero estaba roncando cuando lo encontré.
Rodrigo apretó los labios. Conocía la maniobra. En Granada, antes del asalto a las torres del Albaicín, los espías de Boabdil habían hecho lo mismo, un pellejo de vino o un cuenco de caldo con adormideras para que el vigía no viera lo que no debía ver.
—Que Sancho interrogue al muchacho. Sin violencia, pero sin pausa. Quiero saber quién le ofreció ese pellejo. Y que inspeccione la piel del odre: si el vino estaba mezclado con algo, una buena nariz lo detectará.
—Los sellos rotos, llevadlos a Joaquín antes de mover nada —continuó Rodrigo devolviéndole el trozo de cera—. Quiero que compare la cera nueva con las muestras que tiene.
Mateo guardó el trozo de cera en su bolsa con el mismo cuidado que habría puesto en guardar munición y se marchó con los puños cerrados. Rodrigo lo vio alejarse, ancho, pesado, con ese andar que obligaba al resto a cederle el paso sin que él lo pidiera.
Diego llevaba desde antes del alba revisando la jarcia de la Pinta , cabo por cabo, tal como Rodrigo había ordenado la víspera. Rodrigo lo encontró junto a la pasarela, con uno de los chicotes abierto sobre la borda como una herida que alguien hubiera querido mostrar.
—Cortado por dentro —observó Diego—. Las fibras exteriores están intactas. Hay que separar los cordones para ver el tajo. —Pasó el dedo por la sección dañada—. Cuatro haces con el mismo corte. Todos en la jarcia de mesana. Si cargamos vela con viento fuerte, revientan.
Rodrigo cogió el cabo y lo examinó. El corte era limpio, quirúrgico. Alguien había abierto la trenza, seccionado las fibras del alma sin tocar las exteriores, y vuelto a apretar los cordones. A simple vista, el cabo parecía sano. Había que saber lo que se buscaba para encontrarlo.
—No es un marinero cualquiera —comentó Rodrigo, devolviendo el cabo—. Esto lo hizo alguien que sabe cómo se revisa una jarcia y qué se puede esconder dentro de ella.
—El carpintero jefe de la Pinta tiene un ayudante nuevo. Llegó hace seis días con la última leva de Moguer. Dice que trabajó en los astilleros de Huelva, pero no he podido confirmarlo.
—¿Nombre?
—Tomé. Tomé a secas. Nadie le conoce el apellido, o él no lo da.
—Ponedlo a trabajar donde podáis verlo. No lo alejéis ni lo acuséis. Si es el hombre, necesitamos saber para quién trabaja antes de cortarle las alas. Que Sancho le ponga un hombre del puerto pegado a la espalda hasta que yo decida otra cosa.
Otro carpintero. Después de Esteban Carrillo y sus clavos de hierro blando en la Pinta , dos en una semana pedían explicación.
Diego asintió y bajó a buscar cabo de repuesto.
Rodrigo encontró a Joaquín González donde lo había dejado la noche anterior, en el rincón más alejado de la capitanía, inclinado sobre la mesa con la vela tan cerca del papel que el calor le había amarilleado los bordes.
Una línea de cera derretida unía dos pliegos.
Joaquín no la había limpiado. No había limpiado nada.
La mesa era un campo de batalla de tinta y pergamino donde solo él distinguía el orden.
—No te has movido —constató Rodrigo.
—Sí me he movido. Dos veces al callejón de atrás. —Joaquín apartó un pliego sin levantar la vista—. Sentaos.
Rodrigo se sentó. Había servido con González desde Loja, y sabía que el protocolo aparecía cuando la cabeza de Joaquín estaba en otra parte.
—Las alteraciones no son al azar —dijo Joaquín, colocando dos documentos lado a lado sobre la madera—. Llevo toda la noche cruzando los manifiestos de carga de las tres naves contra los registros del almacén real. Mirad.
Señaló una columna de cifras en cada hoja con el índice.
—En la Pinta , las discrepancias afectan a clavazón y estopa. Material de reparación. Molesto si falta, pero no mortal. En la Niña , los cambios son en cordaje y lona de repuesto. Otra vez, reparaciones. Pero en la Santa María …
Deslizó un tercer documento.
—Solo agua. Cada alteración, cada barril movido, cada registro falsificado toca exclusivamente el suministro de agua de la nave capitana.
—Alzó la vista por primera vez—. Quien hace esto sabe que si la Santa María llega sin agua suficiente, lo demás no importa.
La Pinta y la Niña pueden tener toda la estopa del mundo: sin la capitana, la flota no existe.
El silencio duró lo que tardó Rodrigo en recorrer las cifras con los ojos y confirmar lo que Joaquín acababa de demostrar.
—¿Desde cuándo lo ves?
—Desde ayer, cuando empecé a separar por nave en lugar de por tipo de suministro.
El truco es sencillo: mezclas las alteraciones de las tres naves en un solo manifiesto y parece caos general, desorden de puerto.
Pero si las separas, la diana aparece sola.
Es lo que haría cualquier buen falsificador: esconder la intención dentro del ruido.
—Hay algo más. —Joaquín señaló los márgenes del tercer pliego—. Las fechas. Las alteraciones empezaron cuatro días después de que se confirmara la dotación final de la Santa María . Antes de eso, los registros están limpios. Quien hizo esto esperó a saber qué nave llevaría la carga principal.
—Eso reduce la lista.
—A los que estuvieron presentes en la asignación de cargas. O a los que recibieron noticia de alguien que estuvo. Pero el círculo es pequeño.
Joaquín sacó entonces otro papel, distinto a los demás. A primera vista, cuatro columnas de cifras ordenadas como cualquier registro de jarcias: longitudes de cabo en brazas, cantidades de guindaleza, precios por unidad, totales. Señaló la tercera columna con la uña del pulgar.
—Sumad los dígitos de cada entrada por separado. No el total. Cada línea.