Rodrigo de Salazar: Enemigo sin bandera (Rodrigo de Salazar 1) Capítulo 22
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Capítulo 22

El agua de la capitana

La trampa de los toneles fue idea de Rodrigo, la primera jugada ofensiva desde que había llegado.

Las marcas que había encontrado en la bodega de la Pinta aparecían también en barriles de las otras dos naves.

El mismo símbolo de los pergaminos del almacén de Duarte.

Rodrigo ordenó sustituir el contenido de los barriles marcados sin alterar las marcas.

Luego sacó del jubón un trozo de cuero fino, lo extendió sobre la mesa y copió cada muesca con carboncillo, presionando hasta que la marca quedó impresa con la misma profundidad y ángulo que el original.

—¿Para qué? —murmuró Joaquín sin apartar los ojos del cuero.

—Porque estas marcas son un código —explicó Rodrigo—. Si cruzas estas muescas con las del almacén de Duarte, antes de zarpar tendremos la clave.

Guardó el cuero doblado junto a la carta.

La trampa requería paciencia y un vientre de nave oscuro.

Dos noches pasaron sin movimiento. Sancho montaba guardia en cubierta de la Pinta , turnándose con Miguel, que cubría los accesos desde tierra.

La tercera noche, oculto entre cables y jarcia recogida, Sancho observó movimiento cerca de los toneles señuelo.

Una figura se acercó pegada a la borda, apoyando cada paso sin ruido.

Cuando intentó manipular el sello, Sancho salió de su escondite en dos zancadas y lo sujetó por la espalda.

Era Esteban Carrillo.

El carpintero forcejeó brevemente antes de rendirse.

Sancho lo había estampado contra los barriles del costado y la madera le había dejado un raspón sucio en la mejilla.

Rodrigo fue llamado de inmediato. Se plantó frente a Esteban en la bodega, donde el farol colgado de un clavo le dividía la cara en dos mitades desiguales.

—Os pregunté si era obediencia o miedo —dijo Rodrigo—. No respondisteis. Ahora os encuentro con las manos sobre barriles que no os corresponden, de noche, sin autorización. Tenéis una oportunidad más. Os aconsejo que sea la última que necesitéis.

Esteban cerró los ojos un instante. Cuando volvió a abrirlos, algo se había roto en su expresión. Sostuvo la mirada de Rodrigo por primera vez. Las manos, que hasta entonces le habían temblado sobre las rodillas, se quedaron quietas.

—Un hombre me abordó hace dos semanas, cerca del tinglado de redes. Conocía mis deudas. Dijo que no hacía falta hundir la flota. Solo que al Almirante le quemaran la fama en la Corte. Que las cosas se torcieran poco a poco, cada día un poco, hasta que no quedara empresa que defender.

—¿Nombre?

—No dio nombre. Nunca mostró rostro completo. Llevaba capa oscura, siempre con la capucha puesta.

—¿Acento? ¿Modo de hablar?

Esteban vaciló. Luego añadió, con lentitud:

—Hablaba como noble. Castellano puro, sin acento extranjero. Escogía las palabras. No soltaba una sin pensarla.

Rodrigo intercambió mirada con Sancho. No hacía falta pronunciar palabra.

—Seréis trasladado a Sevilla bajo custodia cuando zarpemos —sentenció Rodrigo—. Allí decidirá la justicia real.

Esteban asintió. Se miró las manos abiertas sobre el regazo, como si las viera por última vez antes de que dejaran de ser manos de carpintero.

Rodrigo convocó a la tripulación completa frente a las tres naves al día siguiente.

El sol iluminaba los cascos y el viento soplaba favorable desde levante.

Los cabos golpeaban los mástiles a intervalos cortos y las gaviotas graznaban sobre los almacenes.

Hizo traer a cubierta de la Santa María todos los toneles de agua dulce y ordenó que se contasen en presencia de oficiales, contramaestres y tripulación.

Cuando la tripulación estuvo reunida, Rodrigo sacó de una bolsa dos clavos y los sostuvo en alto para que los vieran las primeras filas.

—Hombres de Castilla —dijo, con voz que se proyectó clara sobre el muelle—, partimos hacia empresa que pocos han intentado. No ignoramos los riesgos. He detectado irregularidades en herramientas y suministros.

Agarró el clavo blando con ambas manos y lo dobló hasta que formó un ángulo. Luego levantó el bueno e intentó lo mismo. No cedió.

—Hierro blando, destinado a las cuadernas de carga de la Pinta —continuó Rodrigo—. Ya ha sido sustituido. Acabáis de ver el inventario con vuestros propios ojos. Lo que hay es lo que hay. Nadie podrá deciros que falta lo que no falta, ni que sobra lo que no sobra.

Un murmullo recorrió el grupo.

Pedro de Terreros, un marinero veterano con cara de cuero curtido y voz que se imponía sin esfuerzo sobre el viento, alzó la mano.

—Capitán, se dice que hay manos externas moviendo hilos.

—Hay quienes preferirían que fracasemos —admitió Rodrigo—. Pero mientras estemos unidos y cada hombre sepa lo que lleva la bodega, no lo lograrán.

Un hombre fornido de la segunda fila, con los brazos quemados por años de sol y jarcia, escupió hacia las tablas del muelle sin molestarse en disimular.

—Con todo respeto, capitán, vos venís de pelear moros en tierra firme. Esto no es una muralla. Los que sabemos de mar somos los que estamos aquí, y llevamos semanas aguantando que nos registren como si fuéramos ladrones.

El murmullo cambió de textura. Cincuenta hombres miraban a Rodrigo y al hombre que le hacía frente a la espera de ver quién cedía primero.

Rodrigo no alzó la voz.

—¿Vuestro nombre?

—Gil de Aracena. Calafate de la Pinta desde que la botaron.

—Gil, habéis calafateado un casco que lleva clavos de hierro blando en las cuadernas de carga. Si no los hubiésemos detectado, esos clavos habrían cedido a tres semanas de costa. ¿Sabéis lo que le pasa a un casco cuando las cuadernas fallan en mar abierto?

Gil no respondió. Tenía la boca apretada.

—Vos sí lo sabéis —continuó Rodrigo—. Mejor que yo. Por eso precisamente los asientos no son desconfianza. Son lo único que separa vuestra pericia de la mano que quiere hundiros con ella.

Gil aguantó callado un momento. Luego bajó la cabeza medio palmo, que en un hombre como aquel era lo más parecido a una concesión.

Pedro de Terreros, desde su sitio, dejó caer la barbilla contra el pecho. Lo justo para que lo vieran los que tenían que verlo.

Colón dio un paso al frente.

—No prometo riqueza inmediata. Prometo lo que aguarda a quien se atreve a buscarlo.

—Zarparemos en tres días —anunció Rodrigo—, con marea favorable.

Desde este momento, disciplina estricta.

Guardia doble nocturna. Registro de pólvora diario.

Ningún hombre quedará sin tarea asignada.

Y toda orden se dará por escrito o en presencia directa de un oficial.

Ninguna orden verbal de desconocido tiene validez.

La tripulación recibió el mensaje sin protestar. Algunos hombres se miraron de reojo. Ninguno levantó la voz.

Esa noche, Rodrigo permaneció largo rato en cubierta de la Santa María .

El viento soplaba constante y las velas recogidas vibraban contra los mástiles con un sonido seco y prolongado.

El cielo estaba despejado. Duarte, Esteban y Barahona quedarían en Palos bajo custodia de hombres de Fabián, en la posada donde ya estaban encadenados, hasta que la partida de la flota liberara los medios necesarios para organizar una escolta formal a Sevilla.

Rodrigo lo había considerado de otro modo al principio.

Embarcar al portugués, que era el único que conocía caras, funciones y la acción prevista para Canarias, le parecía más seguro que confiar su custodia a hombres que no eran suyos.

Lo había descartado. Llevar un prisionero a bordo, aun encadenado, era abrir una grieta en una nave que ya tenía demasiadas.

Y Fabián sabía cerrar una puerta tan bien como cualquiera.

El hombre de la capa marrón y la cojera que Miguel había visto salir de la Pinta no aparecía en la red de Duarte.

Ninguno de los detenidos cojeaba. Era un cabo suelto que no encajaba en el ovillo.

Mendoza estaba en Palos, en algún rincón que aún no había localizado, esperando noticias de una plaza que ya no le respondería como antes.

Y detrás de Mendoza, la mano que lo pagaba en oro genovés seguía sin rostro.

Apoyó la mano en la madera firme de la borda. Tres días. En tres días estarían en el mar, lejos de tierra, lejos de ayuda, con una tripulación que incluía a hombres que no conocía y a enemigos que aún no había identificado.

Bajó a la bodega a revisar los sellos de los barriles, uno por uno, como hacía todas las noches.

El alba encontró a Rodrigo de Salazar con los ojos abiertos y la mano cerrada sobre la empuñadura de la daga que había dejado junto al catre.

No había dormido. Cada ruido del puerto le había llegado filtrado por la misma pregunta.

Cuántos de los hombres que cargaban aquellas bodegas trabajaban para hundirlas.

La duda le había roído las horas como una lima sorda contra un grillete.

Se incorporó en el catre estrecho de la capitanía.

La madera crujió bajo su peso y el frío de la madrugada le mordió los nudillos cuando apoyó las manos en el borde.

A través de la ventana sin cristal llegaba el olor de las algas pudriéndose contra los pilotes del muelle.

Palos respiraba aún con el ritmo lento del sueño, pero en las cubiertas de las tres naves ya se movían figuras oscuras, siluetas de hombres que baldeaban cubierta y revisaban amarras antes de que el calor hiciera el trabajo insoportable.