Rodrigo de Salazar: Enemigo sin bandera (Rodrigo de Salazar 1) Capítulo 21 #3
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Capítulo 21 #3

Rodrigo lo interrogó en la habitación del fondo, con Diego en la puerta y una vela encima de la mesa.

La posada estaba casi vacía a esa hora. Desde algún pasillo llegaba solo el crujir de la madera al enfriarse.

Duarte era un hombre menudo, de facciones afiladas, con la cicatriz que Tomás había descrito y la sortija que ya no llevaba.

Mateo se la había quitado en el camino. La sangre se le había secado en una costra oscura sobre el pómulo.

Tenía el ojo izquierdo entornado contra la luz de la vela.

Habló sin apresurarse, como si ya hubiera hecho este cálculo otras veces.

—Soy de Oporto. Me contrataron en Lisboa hace dos meses.

Un hombre castellano, bien vestido, que se reservó la identidad y pagó en oro genovés.

La orden era simple. Llegar a Palos, buscar hombres con acceso a las bodegas, enseñarles a marcar los barriles que debían adulterarse y a debilitar herramientas sin dejar huella visible.

El daño no debía ser inmediato. Debía notarse en alta mar, cuando ya fuera tarde para volver.

—¿Quién te pagó? —preguntó Rodrigo.

—No dio nombre. Hablaba como noble. Castellano limpio, sin acento.

Rodrigo se inclinó hacia la mesa.

—Pelo oscuro, peinado hacia atrás. Mandíbula afilada. Viste como funcionario pero se mueve como mando. Treinta y cinco años, quizá menos. No pestañea cuando te mira.

Duarte no dijo nada. No hizo falta. La vela le tembló en el reflejo de los ojos y tragó saliva una vez, breve, involuntaria. Era suficiente.

—¿Y la acción principal?

—En mar abierto o en Canarias. Ahí debían actuar los que ya estaban dentro de las naves. Yo solo preparaba el terreno.

—¿Cuántos?

Duarte dudó. Las sombras de la habitación le envejecían la cara diez años.

—No lo sé. Yo solo traté con tres. Pero el castellano dijo que había más, gente que yo no conocería y que no me conocería a mí. Compartimentos. Lo llamó así. Compartimentos.

Rodrigo se quedó un momento mirándolo. Luego se levantó y salió de la habitación.

—Encerradlo con Tomás —indicó a Diego—. Que no hablen entre sí.

La red que Duarte había tejido seguía intacta.

Pero ahora Rodrigo tenía un rostro, un origen y una confirmación.

Quien movía los hilos era castellano, pagaba en oro genovés y pensaba en compartimentos.

Un hombre que no improvisaba. Duarte había hablado despacio y ordenado, midiendo lo que valía cada frase antes de soltarla.

No se había quebrado. Había negociado sin hacerlo parecer negociación.

Rodrigo archivó la impresión entre los datos del día sin darle el peso que le correspondía.

Tenía un puerto que cerrar antes del alba.

El olor a sebo de la vela permanecía en el ambiente. Rodrigo salió al pasillo de la posada. Diego terminaba de asegurar el cerrojo de la habitación de los prisioneros. Joaquín aguardaba junto al umbral, con el cofre de los pergaminos entre los brazos y los ojos fijos en la habitación del fondo.

—Este lugar es un coladero de oídos —murmuró Rodrigo.

Joaquín se frotó los dedos manchados de tinta.

—Necesito extender los registros reales sin que un borracho me sople la vela —gruñó—. Y una mesa que no cojee.

Una sombra se desprendió del fondo del pasillo. Fabián había estado ahí desde el principio, oyendo sin que ninguno de los dos lo advirtiera.

—Tengo un sitio para los presos —dijo, en su voz baja, la que obligaba a inclinarse para oírla—.

El Áncora, en la calle Mayor. Posada mía.

Lleva años abierta. Estos días, llena. Con tantos forasteros llegados por la flota, mi gente ha podido repartirse en otras casas mías sin que nadie levante sospecha.

La planta de calle da de comer y beber a quien entra.

La trasera tiene cuartos cerrados. Bajo las escaleras hay sótano con anillas en la pared que en otro tiempo sirvieron para colgar res. Sirven igual para hombre.

Rodrigo lo miró. Fabián no había hablado tanto desde que se conocieron.

—¿Por qué no lo dijiste antes?

—Porque no hacía falta antes. Ahora sí.

La posada en la que estaban era expuesta. El Áncora era otra cosa.

—Los presos a El Áncora. Custodia interior, día y noche. Pruebas y registros vienen conmigo a la capitanía. Si nos atacan, que ataquen dos sitios a la vez.

Fabián inclinó la cabeza. Era todo lo que necesitaba oír.

—Recoged lo esencial. Nos movemos a la capitanía.

Caminaron hacia el muelle bajo un cielo sin luna.

Entraron en el edificio de piedra de la capitanía, un bloque frío que olía a brea y a humedad vieja.

Joaquín buscó el rincón más alejado de la estancia principal y comenzó a desplegar sus legajos sobre un tablero de pino.

Rodrigo subió al piso alto. Había un catre estrecho y una ventana sin cristal.

Se asomó. Desde allí, las tres naves eran siluetas oscuras recortadas contra el río Tinto.

Podía contar los mástiles y vigilar los accesos sin que nadie en la dársena advirtiera su presencia.

Dejó la daga sobre la mesa, al alcance de la mano, y esperó a que la penumbra dejara de ser noche.