Capítulo 21 #2
Mientras Tomás era conducido fuera, Rodrigo se quedó solo en la bodega.
Recogió el resto del polvo con las yemas y el canto de la daga, sin derramar un grano, lo guardó en la bolsa y examinó el barril forzado.
El sello estaba limpiamente cortado, no roto.
Alguien le había enseñado al mozo cómo hacerlo sin dejar marca evidente.
Se quedó en cuclillas junto al barril. La bodega apestaba al sudor agrio que Tomás había dejado en las tablas, denso entre las paredes cerradas.
Rodrigo pasó la mano por la base del barril, despacio, buscando con las yemas lo que los ojos no alcanzaban en la penumbra.
Encontró una muesca en la duela inferior, pequeña, recta, hecha con punta de cuchillo. No era accidental.
Siguió con el siguiente barril. Sin marca.
El tercero, limpio. El cuarto tenía otra, en el mismo sitio exacto, con el mismo ángulo.
Quien las había grabado usaba la mano izquierda o trabajaba de espaldas al barril para que nadie viera lo que hacía.
Rodrigo sacó la daga y copió la posición del corte en la madera de un tablón suelto, midiendo la profundidad con la uña.
Dos marcas en dieciséis toneles. No era azar.
Era un código de selección. Estos sí, estos no.
Se incorporó. Le crujieron las rodillas. La cala estaba en calma salvo por el agua contra el casco y el goteo de algo que no debería gotear pero que en un barco siempre gotea.
«No buscan catástrofe. Buscan fatiga que parezca mala suerte. Un sabotaje profesional, ejecutado por manos de aficionado».
Al amanecer, Rodrigo reunió a su círculo en la estancia de Colón. Extendió la bolsa de polvo y los clavos de la Pinta sobre la mesa, uno al lado del otro, como piezas de un mismo rompecabezas.
Diego vertió parte del polvo sobre una tabla limpia y lo frotó entre los dedos.
—Polvo molido en piedra de río, no en mortero de arsenal. Granulado desigual. Esta bolsa no salió de un parque de artillería de la Corona.
Sancho, que escuchaba con el tallo de romero inmóvil entre los dientes, añadió:
—Azufre, salitre y carbón mal mezclados. Si esto cae en una cazoleta, el arcabuz revienta o no prende. En combate, un arcabuz que falla mata al artillero. Una culebrina que revienta mata al artillero y a los tres que tenga al lado. Y los que quedan vivos ya no disparan tranquilos.
Rodrigo señaló los clavos.
—Hierro blando. Sustituido intencionadamente. Si se usara en refuerzo de cuadernas, la presión constante del oleaje los deformaría. No en días, sino en semanas.
—Justo cuando la nave estuviera lejos de tierra —completó Diego.
Rodrigo había hecho llamar a Colón antes del alba. Llegó sin hacerse esperar. Los clavos sobre la mesa pesaban más que la discusión de la mañana.
Colón escuchaba de pie al fondo de la estancia. No se había sentado. Tenía los brazos cruzados y el peso del cuerpo cargado sobre la pierna izquierda, la postura de un hombre que necesita moverse pero se obliga a quedarse quieto.
—Esto ya no es advertencia —dijo el Almirante—. Es guerra contra la empresa.
—Y guerra contra la Corona —remató Rodrigo.
—¿Qué proponéis?
—Sustituiremos cada clavo del lote sospechoso. Ya hemos comenzado. Interrogaremos a Esteban Carrillo, el carpintero que recibió el hierro defectuoso. Y vigilaremos a quien intente abandonar el puerto sin autorización.
—¿Arrestáis al carpintero? —quiso saber Mateo.
—Aún no. —Rodrigo apartó el clavo hacia el borde de la mesa—. Si actuamos precipitadamente, alertaremos a quien está detrás. Primero quiero saber de dónde vino el hierro.
Aquella misma mañana, Rodrigo envió a Mateo a Moguer con pretexto comercial. Debía visitar al herrero Crisanto Hergueta y verificar la procedencia del lote. Moguer estaba a una legua escasa de Palos. A caballo, ida y vuelta en una jornada aunque la investigación se alargara.
El carpintero Esteban Carrillo fue citado a media mañana en la casa de Colón. Entró con paso inseguro. Cuarenta y tantos años, los hombros caídos de cargar peso desde joven y el hábito de no mirar a los ojos a nadie que estuviera por encima de él.
Rodrigo permanecía de pie junto a la mesa de mapas. Colón se hallaba sentado, con la mirada fija en el carpintero.
—Esteban —comenzó Rodrigo—, necesitamos claridad.
—Decid, señor.
Rodrigo colocó sobre la mesa uno de los clavos.
—Este hierro no es apto para estructura naval. Cedería bajo presión en alta mar. ¿Quién os entregó el lote?
Esteban tragó saliva.
—Crisanto Hergueta, herrero de Moguer. Es el proveedor habitual.
—¿Desde cuándo trabajáis con él?
—Desde siempre, señor. Al menos desde que yo estoy en Palos.
Colón intervino sin apartar la vista del carpintero.
—¿No notasteis la diferencia en el metal?
Esteban bajó la vista.
—Lo noté. Pero pensé que era partida mezclada. No quise retrasar el trabajo.
Tenía las manos agrietadas en los nudillos, con cortes finos en las yemas que se abrían y cerraban cada vez que movía los dedos, y la piel entre el pulgar y el índice en carne viva de tanto empuñar escoplo.
Manos con jornal de veinte años pegado a las uñas y deudas todavía mayores.
Rodrigo las vio y registró lo que significaban.
Un hombre que necesita el jornal de mañana más que la honra de hoy.
Rodrigo se acercó un paso. No lo suficiente para amenazar, pero sí para que Esteban sintiera la distancia reducirse.
—Retrasar es preferible a debilitar una nave en mar abierto. Un hombre que nota hierro blando y lo clava igual no actúa por negligencia. Actúa por obediencia o por miedo. ¿Cuál de los dos, Esteban?
Esteban no respondió. Tenía los ojos fijos en el clavo que brillaba sobre la mesa como una acusación.
—Seguiréis trabajando —zanjó finalmente Rodrigo—. Bajo supervisión directa. Y no abandonaréis el puerto sin permiso.
Esteban inclinó la cabeza antes de que Rodrigo terminara la frase y salió. Cuando la puerta se cerró, Diego habló en voz baja.
—Miente por omisión.
—O calla por temor —respondió Rodrigo.
A la tarde siguiente, Mateo regresó de Moguer con la cara de traer noticias que confirmaban lo peor.
—El herrero afirma que no suministró hierro blando —informó Mateo—. Vendió lote correcto y presentó factura sellada con marca auténtica. Dice que alguien intercambió parte del material antes de la entrega.
—¿Mostró nerviosismo? —inquirió Rodrigo.
—Más indignación que temor. Cuando le puse la factura delante, golpeó la mesa con el martillo. Si mintiera, habría bajado los ojos y enseñado los pliegos.
Rodrigo examinó la factura. La marca era legítima.
—Entonces la sustitución ocurrió aquí, en el puerto. Alguien con acceso al depósito de materiales cambió el hierro entre la entrega del herrero y la recepción del carpintero.
—Eso implica cómplice interno —apuntó Colón—. Y conocimiento preciso de qué piezas debían ser alteradas.
Rodrigo no necesitaba más confirmación. La conspiración demostraba nivel técnico superior al de un obrero sobornado.
Alguien sabía exactamente qué clavos iban a cuadernas de carga, dónde el oleaje ejercería mayor presión sobre el casco, cuántas semanas tardaría el metal en ceder bajo la fatiga del mar.
Sancho masticó su ramita de romero y habló sin que nadie le preguntara:
—Un herrero de pueblo no sabe qué clavo va a qué cuaderna. El que organizó esto tiene planos, o tiene acceso a quien los tiene.
—O es quien los dibujó —añadió Diego.
Rodrigo miró a Colón.
—¿Quién tuvo acceso a los planos de refuerzo de las naves antes de que comenzaran las obras?
Colón tardó en responder. Se pasó la mano por la barba, gesto que Rodrigo le había visto hacer cuando pensaba en cosas que prefería no pensar.
—Los astilleros de Palos. El maestre Juan de la Cosa. Y los oficiales de provisión designados por la Corona.
Rodrigo no apartó los ojos del Almirante.
—Necesito esos nombres.
Colón inclinó la cabeza sin prisa. Empezó a dictar nombres. Rodrigo los iba apuntando uno detrás de otro, y cada nombre acortaba la lista de los que aún podían quedar fuera de sospecha.
Esa noche, Fabián se presentó ante Rodrigo con una información que cambiaba el tablero.
Había localizado en la taberna La Sirena Negra a un hombre que respondía a la descripción dada por Tomás.
Acento portugués. Se hacía llamar Duarte.
Sancho lo había seguido a distancia hasta un almacén abandonado a las afueras de la villa, donde el hombre había entrado tras golpear tres veces la puerta. Alguien le había abierto desde dentro.
—No actúa solo —concluyó Fabián.
Fabián logró introducirse en el tinglado aprovechando una ausencia de los ocupantes.
Halló un cofre pequeño con varios pergaminos.
La mayor parte eran ilegibles o estaban cifrados, pero un fragmento, descifrado por Joaquín aquella misma noche, decía con claridad suficiente.
La acción principal debía ejecutarse en mar abierto o durante la escala en Canarias.
Rodrigo leyó el fragmento y lo guardó bajo llave. En los mismos pergaminos aparecía un símbolo que reconoció de inmediato. La misma muesca que había encontrado en los barriles de la Pinta .
—Traedlo —ordenó Rodrigo—. Antes de que amanezca.
Envió a Diego y Mateo a las marismas. Lo encontraron a una legua del puerto, siguiendo la senda que bordeaba los esteros.
Caminaba sin prisa. No miraba atrás. Diego lo flanqueó por el lado del agua mientras Mateo le cortaba el camino de frente.
Duarte los vio, midió las distancias, y no corrió.
No había margen. Dejó caer los brazos a los costados, abrió las manos para que Mateo viera que estaban vacías y esperó.
Era profesional. Sabía cuándo pelear y cuándo aplazar la pelea para otro día.
Lo trajeron a la posada con las manos atadas y un corte en la ceja que Mateo no se molestó en explicar.