Rodrigo de Salazar: Enemigo sin bandera (Rodrigo de Salazar 1) Capítulo 21
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Capítulo 21

Red de peones

Al anochecer, Rodrigo reunió a sus hombres en una estancia lateral de la casa de Colón.

Dos candiles de aceite ahumaban el techo bajo con tufo de pábilo requemado.

Joaquín ya estaba dentro, con los papeles desplegados.

Mateo, Diego y Miguel tomaron asiento, dejando hueco para los hombres reclutados durante los diez días de espera en el puerto.

Veteranos de la guerra que buscaban embarque o trabajo en el embarcadero, seleccionados por lo que sabían hacer y por lo que sabían callar.

Sancho Ordóñez entró detrás, con el arcabuz corto colgado al hombro sin ceremonia.

Tenía la cara marcada por una quemadura vieja que le bajaba desde la sien derecha hasta la línea de la mandíbula, y una puntería con armas de fuego que compensaba su torpeza para tratar con las personas.

Cuando no disparaba, mascaba un tallo de romero, gesto que le daba aspecto de cabra pensativa.

Fabián Mudarra cerró la puerta al entrar con un sigilo que era ya declaración de oficio.

Se encargaba de la interceptación de correspondencia en la rada.

Un hombre delgado, de rasgos suaves, que pasaba desapercibido en cualquier lugar porque había hecho de la invisibilidad una profesión.

Vestía siempre ropa de colores neutros, tela remendada sin lujo y corte común, como si la mediocridad fuese un disfraz perfeccionado durante años.

Sobre la mesa, Rodrigo desplegó una hoja donde había trazado una distribución minuciosa de responsabilidades.

—Desde este instante —comenzó con voz baja—, establecemos doble guardia. Una visible, otra oculta.

Sancho apartó el romero entre los dientes.

—Explicaos, capitán.

—La visible consistirá en rondas regulares, revisión de bodegas, inspección pública de herramientas y víveres.

Debe parecer celo ordinario, nada que alarme a la tripulación.

La invisible operará sin ser advertida. Observación discreta de hombres concretos, seguimiento de contactos, verificación de toda correspondencia que entre o salga de la villa.

Diego señaló el plano.

—¿Quiénes son los hombres concretos?

Rodrigo se acercó al vano y miró hacia el muelle, donde las antorchas dibujaban charcos de luz sobre la madera húmeda.

—Además de los dos que Joaquín señaló al llegar, tres marineros más han sido sustituidos en la lista original sin justificación clara.

Un carpintero recién contratado, Esteban Carrillo, cuyas referencias no he podido verificar.

Y un mozo de carga, Tomás Barahona, que llegó hace cinco días desde Sevilla sin que nadie en Palos lo conozca.

Joaquín intervino desde su esquina de la mesa, donde había estado escuchando con los dedos entrelazados sobre la madera.

—Barahona. Ese nombre me suena. Creo que es uno de los tres que marqué en las listas de Sevilla, insertados con tinta distinta. Si es el mismo hombre, llegó aquí siguiendo a la expedición.

—¿Pruebas? —preguntó Diego.

—Indicios suficientes para no ignorarlos —replicó Rodrigo—. Lo de hoy lo confirma. Herramientas saboteadas en la Pinta , y Miguel vio salir a alguien que no tenía razón para estar allí.

Fabián intervino, y hubo que inclinarse hacia él para oírle.

—Si interceptamos correspondencia, necesitaré acceso a todo mensaje saliente del puerto.

—Lo tendrás —dijo Rodrigo—. Pero revisa sellos sin romperlos. El menor descuido nos delataría. Si sospechan que leemos su correo, cambiarán de método y perderemos el único hilo que tenemos.

Sancho se sacó el tallo de romero de la boca y lo señaló hacia Rodrigo.

—¿Y el carpintero? Carrillo. Lo tenéis localizado, sospecháis de él, y lo dejáis trabajar. Si esta noche arranca tres clavos más, mañana tendremos cuaderna floja y pasado tendremos vía de agua. Detenedlo y que hable.

—Si lo detenemos, quien lo maneja sabrá que vamos por él —dijo Rodrigo—. Y cambiará de peón.

—Peón nuevo tarda en aprender dónde están los clavos buenos y dónde los malos —insistió Sancho—. Eso nos da tiempo.

—O nos da un peón que no conocemos y al que no podemos seguir el rastro —cortó Rodrigo—. Prefiero al enemigo que veo.

Sancho cerró la mandíbula con más fuerza de la necesaria. No asintió, pero dejó de argumentar, que en él valía lo mismo.

Fabián levantó una mano flaca.

—Hay otro riesgo. En un puerto como este, las caras se conocen. No es Sevilla, donde un hombre puede perderse entre diez mil. Aquí, si mis hombres preguntan demasiado, alguien unirá los cabos antes del tercer día. Necesito saber hasta dónde puedo llegar antes de que mi cara deje de ser invisible.

—Hasta donde tu instinto te diga. Si llevas años haciendo esto, es porque sabes cuándo parar. No voy a poner límite donde tú ya lo tienes.

Fabián inclinó la cabeza. Le había bastado oír confianza en su criterio. Volvió a la sombra del candil con paso silencioso y esperó instrucciones.

Mateo habló entonces, midiendo las palabras antes de soltarlas.

—Capitán, si apretamos la guardia, los hombres lo van a oler. Tripulación que se cree vigilada no tira del remo igual cuando levamos anclas.

—Prefiero moral inquieta a nave hundida —atajó Rodrigo.

Rodrigo distribuyó los puestos. Sancho cubriría las guardias de cubierta de noche, armado pero sin ostentación.

Diego supervisaría víveres y pólvora personalmente, con registro diario firmado.

Mateo cotejaría listas y verificaría cada firma con la presencia física del hombre asignado.

Fabián operaría en las tabernas y almacenes de la villa, interceptando correspondencia y escuchando lo que los hombres dicen cuando creen que nadie importa.

Joaquín seguiría en la escribanía con los libros de asiento, las tablas de cifrado y el descifrado de todo lo que Fabián interceptara.

Antes de zarpar, debía dejar duplicadas y cifradas las Capitulaciones y la correspondencia de la Reina.

Una copia a bordo de la Santa María , otra en custodia en Sevilla.

Rodrigo se volvió hacia Miguel.

—Tú cubrirás los accesos nocturnos a las tres naves. Sin uniforme. Sin antorcha. Quiero que cualquiera que se acerque a los cascos entre medianoche y el alba lo haga creyendo que no hay nadie mirando.

—¿Solo? —preguntó Miguel.

—Sancho rotará contigo. Pero la iniciativa es tuya.

Miguel bajó la barbilla una vez. No hizo más preguntas. Bajo la mesa, apretó el puño y lo soltó. Era el mismo gesto que hacía antes de entrar en combate.

—¿Y tú? —preguntó Diego.

—Yo estaré donde menos se me espere.

Pasada la medianoche, Rodrigo caminaba solo entre toneles y redes recogidas.

Llevaba capa oscura y espada ligera al costado.

El muelle estaba en calma. Solo el quejido de un cabo que trabajaba con la marea y el roce sordo de un casco contra las defensas de cáñamo. Se detuvo junto a la Pinta y escuchó.

El sonido del mar era constante. Pero algo más, casi imperceptible, rompía la cadencia. Un leve raspado metálico que venía de abajo, bajo cubierta.

Rodrigo avanzó sin hacer ruido hasta la sombra del casco.

No llamó a nadie. Si había un hombre solo ahí abajo, un hombre solo bastaba para cogerlo.

Si había más de uno, gritar no iba a mejorar las cosas.

Descendió por la escotilla con la mano en la empuñadura.

El hedor a alquitrán y a madera cerrada lo envolvió mientras sus ojos se ajustaban a la oscuridad.

Al fondo, junto a los toneles de agua, distinguió una figura arrodillada que manipulaba algo con las manos.

—Alto.

La figura se sobresaltó y volcó lo que llevaba.

Intentó correr, pero tropezó con un cabo enrollado y cayó de bruces contra un barril.

El borde de la duela le golpeó el pómulo con un chasquido sordo y le partió la piel sobre el hueso.

Rodrigo lo alcanzó en dos zancadas y lo inmovilizó boca abajo, con la rodilla en la espalda y el brazo torcido tras la cintura.

El hombre jadeaba con la cara aplastada contra la tabla del suelo, intentando recuperar el aire que el golpe le había sacado del pecho.

Bajo la mejilla, una mancha oscura crecía sobre la madera.

Era Tomás, el mozo sevillano.

En el suelo, donde la había volcado, había una bolsita de tela que derramaba un polvo grisáceo. Rodrigo la recogió con la mano libre y la acercó a la nariz. Pólvora.

—¿Qué pretendías? —preguntó sin soltar la presión sobre la espalda del mozo.

Tomás temblaba con todo el cuerpo. El sudor le empapaba la nuca. No habló. Rodrigo le torció el brazo medio palmo más, hasta que el hombro empezó a ceder. El mozo soltó un quejido contra la tabla y se le aflojaron las piernas bajo la rodilla que lo aplastaba.

—Me dijeron… que solo debía mezclar un poco en el barril señalado. Que nadie lo notaría. Que no haría daño.

Diego, que había acudido al oír ruido, bajó por la escotilla con un farol. La luz amarilla reveló el desorden. La bolsa derramada, el barril con el sello forzado, las manos de Tomás manchadas de polvo gris.

—¿Quién te lo ordenó? —preguntó Diego.

Tomás dudó. El sudor frío le bajaba por las sienes.

—Un hombre… en la taberna La Sirena Negra. Decía llamarse Duarte. Portugués, por el acento. Tenía una cicatriz en la mejilla izquierda y llevaba una sortija engastada con piedra verde.

—¿Cuánto te pagó? —preguntó Rodrigo.

—La mitad adelantada. La otra mitad cuando partiese la flota.

Rodrigo lo soltó y dejó que se incorporara. El mozo se quedó sentado en el suelo de la cala, con las piernas dobladas y la cabeza gacha. Tenía veintipocos años. Miraba las tablas entre sus pies sin levantar la cabeza.

—El dinero no comprará tu vida si esta nave se hunde —soltó Rodrigo.

Tomás no respondió. Le temblaba el labio inferior.

—Encerradlo —ordenó Rodrigo a Diego—. Sin escándalo. Que nadie fuera de nuestro círculo sepa aún lo ocurrido.