Capítulo 20 #3
—¿Qué dice?
Rodrigo le tendió el pliego sin responder. Mateo lo tomó y lo leyó con lentitud.
«Rodrigo. Recibí tu carta a mediados de abril, cuando ya podía sostener la pluma sin que se me cayera de los dedos.
Te habría contestado antes, pero escribir con la mano derecha es como pelear con la espada del muerto.
Se puede, pero no es lo mismo. La carta me encontró en el hospital, que es donde sigo, aunque ya más por costumbre que por necesidad.
Me preguntas por Jaime, y te contesto lo que debo.
Jaime murió al duodécimo día. No recuperó del todo el habla, pero en los últimos dos estuvo consciente y supo dónde estaba y quiénes lo rodeaban.
No pidió nada. No se quejó de nada. Se fue como vivió, con la boca cerrada y la mirada firme.
Lo enterramos con honores, que era lo menos que merecía un hombre que aguantó lo que aguantó sin una sola palabra de más en veinte años de campaña.
Hay una cruz con su nombre en el camposanto de San Cecilio, fuera de las murallas.
Alguien debería saberlo. En cuanto a mí, el muñón ha cerrado bien, o eso dice el barbero, que para las buenas noticias es igual de parco que para las malas.
Ya me muevo con una muleta que me tallaron los carpinteros del hospital, no es elegante pero sirve.
El brazo quemado con el aceite hirviendo todavía arde por las noches, aunque ya no esté el fuego.
Me han explicado que eso pasa. No lo entiendo, pero lo acepto.
Mis días de gloria en el campo de batalla han terminado, Rodrigo.
No lo digo con amargura, o al menos lo intento.
Los he tenido, y no todos los hombres pueden decir lo mismo.
Volveré a Jaén, donde nací, donde quedan mi madre y mis dos hermanas, y viviré los años que me queden con lo que tengo, que no es poco si se mira bien.
Un hombre entero puede ser un cobarde. Yo he sido soldado de Castilla y eso no me lo quita nadie, ni la sierra ni el tiempo.
Lo que sí me quita el sueño es no poder seguiros.
No me has dicho adónde vais ni qué hacéis, pero no hace falta.
Si hubiera un modo de estar con vosotros sin ser estorbo, ya estaría en camino.
Pero no lo hay, lo sé, y prefiero quedarme en tierra con la cabeza alta que ser una carga para los que me importan.
Cuida de Mateo, de Diego y de ese muchacho, Miguel, que cuando salió de Granada ya no era el mismo que entró, y eso es lo mejor que puede decirse de alguien.
Acabad lo que empezamos. Y no me hagáis arrepentirme de quedarme.
Hernando de Baena. Granada, junio de 1492.»
Mateo dobló el papel sin prisa. Lo dejó sobre la mesa con un cuidado que no dedicaba a nada que no fuese arma o documento de la Corona.
Fue Diego quien habló primero, con la voz más baja de lo habitual.
—Doce días.
Nadie respondió. Doce días aguantando lo que ya no tenía remedio, sin pedir nada, sin molestar a nadie. Era exactamente Jaime.
Miguel miraba el suelo. Rodrigo le observó la nuca un momento. Los hombros tensos, los puños levemente cerrados. Había sido el último en hablar con Jaime antes de que perdiera la voz. Rodrigo nunca preguntó qué le dijo. Miguel nunca lo contó.
Miguel alzó la cabeza con lentitud. No miró a nadie. Miró hacia la ventana, donde el Atlántico se oscurecía con la última luz. Era la misma extensión enorme que había visto esa mañana desde lo alto de la pendiente. Esta vez no apartó la vista.
Mateo se frotó la cara con ambas manos. Rodrigo solo lo había visto hacer eso dos veces en veinte años. Después de Málaga y la noche de Baza, cuando enterraron a siete hombres con los que habían cenado esa misma tarde. Luego dejó caer las manos y miró a Rodrigo con ojos secos y voz firme.
—¿Y Hernando? ¿Vuelve a Jaén?
—Eso dice.
—Le irá bien —dijo Mateo—. Es demasiado terco para que le vaya mal.
Diego movió la cabeza lentamente. Miguel seguía callado.
Rodrigo tomó la carta de la mesa y la guardó bajo el jubón, junto al pecho, en el mismo sitio donde había llevado los pergaminos cifrados de la torre.
—Bien —dijo.
Mateo lo alcanzó en el pasillo antes de llegar a la estancia lateral. Diego y Miguel se habían adelantado.
—Rodrigo.
Se detuvieron. La cal del muro se descascarillaba en láminas finas y el candil del fondo del corredor apenas los alcanzaba.
—Hernando no dice nada del dolor —dijo Mateo, en voz baja—. En toda la carta. Ni una queja.
—No.
—Eso es lo que más me preocupa. Hernando callándose cosas es peor que Hernando gritando.
Rodrigo no respondió de inmediato. Conocía a Hernando desde hacía más años de los que le apetecía contar, y Mateo lo conocía desde antes.
—La carta no es una queja —dijo al fin—. Es una despedida. Y Hernando no se despide quejándose. Se despide dando órdenes.
Mateo apoyó el hombro en la pared. Le crujió algo en la espalda que venía quejándose desde Málaga.
—Cuando esto termine, si terminamos enteros, iré a Jaén a verlo.
—Iremos —dijo Rodrigo.
Mateo asintió. Se separó de la pared y echó a andar sin añadir nada.