Capítulo 20 #2
Miguel no intervino. No gritó. Le ardía el pecho con la urgencia de perseguir, pero Rodrigo había dicho memoriza, y la orden era más fuerte que el instinto.
Memorizó. Estatura mediana, capa marrón desgastada, cojera leve en el pie izquierdo.
Se fijó también en lo menos visible. El modo en que el hombre llevaba la pierna derecha ligeramente echada hacia fuera, que era el de los carpinteros que pasan horas de rodillas sobre cubierta.
Y en la forma de la mano cuando ajustó el bulto, ancha, de carpintero.
Esperó a que el hombre desapareciera entre las sombras del almacén de redes y bajó él mismo a comprobar.
Las herramientas del carpintero estaban en el suelo. Algo en los filos no encajaba. La mella era demasiado limpia.
Fue a buscar a Rodrigo.
Miguel lo encontró en la casa de Colón antes de que el sol levantara del todo.
—He visto a un hombre salir de la bodega de la Pinta por la escotilla de proa.
Hace media hora. Capa marrón, cojera en el pie izquierdo, llevaba un bulto apretado contra el flanco.
Pierna derecha echada hacia fuera, manos de carpintero.
Las herramientas del carpintero estaban en el suelo. Los filos no encajan.
Rodrigo giró bruscamente hacia Miguel y no preguntó más.
Salieron juntos al muelle. En la cubierta de la Pinta , Diego extendió las herramientas sobre un cabo enrollado. El metal mostraba los golpes, pequeños, decisivos, hechos con algo más duro que el propio acero de la gubia.
Rodrigo examinó el filo pasando el pulgar por el borde. La mella era limpia.
—Esto no es accidente. Alguien ha buscado que cedan bajo presión en la peor circunstancia posible.
Colón, que había seguido al grupo hasta cubierta, apretó los labios.
—Una cuaderna mal ajustada en alta mar puede abrir vía de agua.
—Desde este instante —dijo Rodrigo—, cada herramienta será revisada dos veces al día. Y quien tenga acceso sin autorización responderá ante mí.
Se volvió hacia Miguel.
—¿Podrías reconocerlo?
—En plena luz, sí. De noche, con seguridad si volviera a cojear.
—¿Y si no cojea?
Miguel dudó apenas un instante.
—La capa. Y el modo en que llevaba el bulto bajo el brazo, pegado al costado. Y la pierna.
Rodrigo lo estudió un momento.
—Bien. Sancho irá contigo desde esta noche. Si lo veis, no lo detengáis. Seguidlo.
Miguel bajó la barbilla una vez. Diego, que había escuchado desde el costado de babor, esperó a que Rodrigo se alejara para decirle a Miguel en voz baja:
—La primera vez quieres gritar o perseguir. Has hecho lo correcto.
—¿Cómo sabéis que lo hice bien?
Diego se volvió a medias, con el perfil recortado contra la luz del muelle.
—Porque a mí me costó lo mismo la primera vez.
Miguel asintió sin responder. Se quedó mirando las herramientas alineadas sobre el cabo, con sus mellas minúsculas y exactas. Unos clavaban. Otros aflojaban. Su trabajo era ver la diferencia antes de que la madera cediera.
Sancho subió en ese momento a cubierta. Traía el arcabuz corto al hombro y un mendrugo de pan en la otra mano. Observó las herramientas. Volvió los ojos a Miguel y asintió.
—Esta noche —dijo, sin más.
—Esta noche —repitió Miguel.
En algún lugar del puerto, Fabián Mudarra ya estaría siguiendo a un hombre que no sabía que lo seguía.
La noche descendió sobre Palos con una lentitud densa, cargada de humedad marina.
Las antorchas del muelle proyectaban sombras alargadas que deformaban las siluetas de hombres y mástiles.
Rodrigo había pasado el resto del día verificando listas, cotejando firmas, revisando sellos de barriles en las bodegas donde el olor a grano se mezclaba con el de la madera cerrada.
Tocaba cada barril con los nudillos. En el tercero de la fila se detuvo, golpeó dos veces más, frunció el ceño y marcó la duela con la uña.
El sonido no era el de un barril lleno ni el de uno vacío.
Era el de uno al que le habían cambiado parte del contenido.
Preguntaba nombres y procedencias a cada marinero.
Comprobaba que las marcas de los toneleros coincidieran con las anotaciones del registro.
Joaquín pasaba las horas en la escribanía del almirantazgo, atado a firmas y albaranes.
Por eso era Diego, y no él, quien acompañaba a Rodrigo con pluma y tintero portátil, anotando cifras que luego cruzarían con las listas de aprovisionamiento remitidas desde Sevilla.
En la bodega baja de la Santa María , Rodrigo se detuvo junto a una hilera de barricas de pólvora.
Eran de roble, cerradas con aros de hierro y selladas con lacre.
Contó dieciséis. Abrió el registro. Dieciséis figuraban.
Pasó la mano por los aros buscando oxidación o marcas de apertura reciente.
Todo parecía en orden, pero el orden aparente era precisamente lo que más le preocupaba.
Sancho bajó a la bodega cuando ya estaba Rodrigo terminando la cuenta. Traía el arcabuz corto apoyado en el hombro y el romero en la boca. Miró las barricas sin tocarlas. Olió. Recorrió la fila golpeando suavemente con el nudillo. En la novena, frunció el labio sano.
—Las primeras están bien. Esa de ahí, la quinta, también. —Señaló la novena—. Esa no. La oís cerrada, pero tiene aire dentro. Han abierto y han vuelto a cerrar. Si fuese pólvora íntegra, sonaría apretado.
—¿Cuándo la han tocado?
—Cinco días, seis. Lacre es nuevo pero el olor es viejo. El salitre lleva más tiempo al aire del que debería. Si hubiera que zarpar mañana, con tres barricas así dentro no apuntaría yo el primer tiro.
Rodrigo apuntó en el registro con el carboncillo.
No ordenó abrir la barrica. Abrirla era avisar.
Ordenó en cambio que las tres barricas sospechosas —la novena, la duodécima y la decimosexta, que Sancho sentenció con la misma seguridad— se marcaran por fuera con una señal invisible hecha con ceniza diluida. Quien las tocara dejaría huella.
Cuando salió de la bodega con las últimas anotaciones, la noche ya cubría los tejados de Palos. Un mensajero del camino de Sevilla había dejado un pliego sellado en la posada por la mañana. Rodrigo no lo había abierto hasta entonces.
El sello era el del hospital de campaña de Granada. La letra, torpe y apretada, era la de un hombre que ya no tenía el cuerpo para sostener la pluma como antes.
Rodrigo lo leyó de pie, junto a la ventana, sin sentarse.
Diego y Miguel, que habían entrado tras él, esperaron sin preguntar. Mateo llegó poco después. Vio la expresión de Rodrigo antes de ver el papel y se detuvo en el umbral.