Rodrigo de Salazar: Enemigo sin bandera (Rodrigo de Salazar 1) Capítulo 20
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Capítulo 20

El Almirante

A la mañana siguiente, a pocos pasos de la casa que servía de residencia provisional a Cristóbal Colón, un escribano joven aguardaba con tablilla y pluma. Hizo dos reverencias antes de hablar, y las dos sobraban.

—Señor, el Almirante os espera.

Rodrigo inclinó la cabeza y entró en el edificio encalado.

La estancia principal estaba dominada por una gran mesa de madera cubierta de mapas, cartas náuticas, instrumentos de medición y pergaminos enrollados.

Sobre una repisa descansaban un astrolabio de bronce gastado por el uso, una ballestilla y un compás magnético protegido en caja de madera.

Todo dispuesto a mano. Cada instrumento al alcance, cada mapa con un peso encima para que no se enrollara solo.

Cristóbal Colón se hallaba inclinado sobre un mapa extendido, trazando con pluma una línea que partía del golfo de Cádiz hacia el oeste.

A su derecha, dos hombres aguardaban en pie a que terminara el trazo.

Uno, ancho de hombros, con las manos cruzadas sobre el pecho.

El otro, más joven, medio paso atrás, con la espalda contra la cal.

Colón vestía con sobriedad pero cuidada pulcritud.

Su mirada, cuando la alzó, tenía un brillo febril.

Ya no distinguía entre lo que veía y lo que daba por cierto.

—Capitán Rodrigo —dijo el Almirante sin abandonar del todo el mapa—. Me honra vuestra diligencia.

Rodrigo avanzó hasta la mesa.

—Almirante, el honor es de la Corona. Vengo a asegurar que nada perturbe la empresa que representáis.

Colón alzó finalmente el rostro.

Martín Alonso Pinzón, capitán de la Pinta , dobló el mapa sobre el que Colón trabajaba y se apartó.

Tras él, Vicente Yáñez, su hermano, al mando de la Niña .

Ambos saludaron a Rodrigo con un gesto escueto y salieron sin palabra.

Rodrigo los siguió con la mirada el tiempo justo para memorizar el modo en que cada uno cerraba la puerta.

Martín Alonso echaba el picaporte de un tirón seco, sin volverse.

Vicente Yáñez miraba medio segundo hacia atrás antes de cerrar del todo.

—Perturbaciones siempre habrá, capitán. El océano no distingue entre fieles y traidores.

—El océano no —respondió Rodrigo—. Pero los hombres sí.

Colón lo estudió un instante con esos ojos azules acostumbrados a medir distancias. Rodrigo no cedió la pausa. Sabía reconocer a los hombres que usaban los silencios como herramienta. Él mismo lo hacía.

—Mostradme los planos de navegación —dijo Rodrigo—. Quiero verificar las rutas previstas y los puntos de aprovisionamiento.

Colón desenrolló un pergamino mayor donde se apreciaban las Islas Canarias como primer destino. Más allá, el papel quedaba casi vacío, salvo por anotaciones latinas y cálculos marginales que solo el propio Colón sabría descifrar.

—Zarparemos hacia Canarias —explicó—. Desde allí, aprovecharemos los vientos alisios que soplan constantes hacia poniente. Es ruta que he estudiado durante años.

Rodrigo recorrió con el dedo la línea trazada.

—¿Y si el viento falla?

Colón sonrió levemente.

—El viento no falla. Los hombres fallan en leerlo.

—Y si alguien altera provisiones, herramientas o tripulación antes de que partamos —respondió Rodrigo sin devolver la sonrisa—, ni el mejor viento os salvará.

Colón enderezó la espalda. La sonrisa se apagó.

—Hablad con claridad, capitán.

—Han tocado listas de marineros y han movido pólvora sin orden. Los cortamos en Sevilla. Alguien con acceso a vuestros papeles quiere que esta flota no llegue al agua.

—¿En la Corte?

—Y aquí —dijo Rodrigo—. El alcance del enemigo no es limitado.

Colón caminó alrededor de la mesa sin apartar los ojos del mapa. Luego se detuvo y se volvió hacia Rodrigo con una brusquedad que no le había visto hasta entonces.

—Llevo siete años convenciendo a reyes, obispos y mercaderes de que esta empresa es posible.

Siete años peleando contra cosmógrafos de salón que me dicen que las Indias están demasiado lejos.

Sabía que habría oposición. Muchos consideran mi empresa fantasía o herejía geográfica.

Pero sabotaje directo… —Golpeó la mesa con la palma abierta.

Los instrumentos vibraron—. Estas naves son mías.

La ruta es mía. Y no voy a permitir que un capitán de tierra firme me diga cómo proteger lo que he tardado media vida en conseguir.

Rodrigo no se movió. Dejó que la frase se enfriara en el aire antes de responder.

—Las naves son vuestras, Almirante. La ruta es vuestra. Pero la orden de protegerlas es de la Reina. Y mi trabajo no es deciros cómo navegar, sino asegurar que lleguéis a navegar.

La mandíbula de Colón se tensó. Rodrigo le sostuvo la mirada el tiempo necesario para que el Almirante entendiera que aquello no era negociable, y un poco más para que supiera que no lo disfrutaba.

Colón soltó el aire por la nariz. Señaló un cofre cerrado con cerradura de hierro.

—Ahí guardo copias de las Capitulaciones de Santa Fe y correspondencia privada con la Reina.

Rodrigo extrajo una pequeña llave de su cinto.

—A partir de hoy, duplicaremos los documentos esenciales. Una copia viajará en la Santa María . La otra, cifrada, permanecerá bajo custodia en Sevilla.

—¿Desconfiáis incluso del mar? —preguntó Colón.

—Del mar, no. De los hombres que querrían veros tragado por él, sí.

Colón sostuvo la mirada sin prisa. Llevaba años navegando solo. Al final asintió. Una vez.

—Una pregunta más, capitán. —Colón señaló con la barbilla hacia la ventana, donde el muelle se adivinaba bajo una luz turbia y baja—. Vuestros hombres. ¿Cuántos son?

—Seis, sin contarme a mí. Cuatro vienen conmigo desde Granada. Dos se han unido esta noche. Un artillero y un hombre que sabe escuchar.

—Seis parecen pocos para proteger tres naves.

—Seis bastan para proteger un Almirante. El resto lo haréis vos con la disciplina de la tripulación.

Colón dio su conformidad sin mirarlo. Volvió al mapa. La audiencia había terminado.

Aquella tarde, mientras revisaban los últimos inventarios en el muelle, Rodrigo les contó lo esencial.

La flota haría escala en Canarias para recoger los alisios.

Después, Colón pondría rumbo a poniente.

La misión del grupo era asegurar que llegara a hacerlo.

Lo que hubiera más allá del horizonte era asunto del Almirante, no de ellos.

Pasó el resto del día entre las bodegas y la casa de Colón, tomando medida de lo que tenía y de lo que le faltaba.

Cuando la luz se fue del puerto y las antorchas empezaron a encenderse en los postes del muelle, puso a Miguel en el muelle de poniente con una instrucción breve. Vigila, no intervengas, memoriza.

La primera guardia nocturna de Miguel en el puerto no se parecía a ninguna que hubiera montado en Granada.

En tierra, los sonidos tenían origen. Un paso era un paso, una piedra que rodaba era una piedra que rodaba.

Aquí todo miente. Aquí todo se movía. La marea tiraba del muelle con un empuje lento y lo soltaba después, sin patrón que un soldado de tierra pudiera aprender.

Los cabos crujían en las cornamusas con un quejido lento que la primera vez le hizo llevar la mano a la empuñadura y la quinta ya solo le crispaba los dientes.

Algo chapoteaba junto al casco de la Pinta y no había forma de saberlo sin asomarse, y asomarse era delatarse.

Miguel se ajustó el cuello del jubón.

Se apostó entre dos pilas de redes recogidas, donde la sombra lo tragaba por completo.

Rodrigo se lo había dicho. Sin uniforme, sin antorcha, sin patrón.

Aquí significaba quedarse quieto mientras la humedad le calaba el jubón y el relente le subía desde las tablas por las suelas de las botas hasta las rodillas.

Por eso cada cierto tiempo cambiaba de posición.

Pasaron las horas. Aprendió a distinguir los sonidos.

El crujido largo era la marea tirando del casco.

El corto y seco, un motón suelto golpeando el mástil.

El chapoteo rítmico, la chalupa del vigía de la Santa María que hacía ronda por agua.

Distinguió también los silencios. Cuando el viento se paraba medio minuto, el aire dejaba de delatar los pasos. En esos huecos había que mirar.

El muelle nunca callaba. La tarea era filtrar el ruido común hasta dar con el que no encajaba.

Sancho apareció a las dos horas, sin hacer ruido, por el costado opuesto.

Se apostó detrás de una pila de pipas a veinte pasos de Miguel, sin saludarlo.

No hacía falta. Los dos sabían dónde estaba el otro, y los dos sabían que saberlo ya era suficiente.

El artillero no era hombre de guardias de sombra —lo había dicho, soy artillero, no soldado—, pero Rodrigo se lo había pedido aquella noche como favor, no como orden, y Sancho había aceptado como se aceptan los favores, sin hablar del asunto y sin cobrarlos a la vista.

Al filo del alba, con los ojos ardiendo y el cuerpo entumecido, Miguel recorrió una última vez el muelle de poniente, como Rodrigo le había enseñado, sin prisa, sin patrón fijo, cambiando el ritmo de los pasos.

Fue entonces cuando lo vio.

Un hombre salía de la bodega de la Pinta por la escotilla de proa, no por la escala habitual.

Llevaba algo bajo el brazo, pegado al costado, no apoyado en el antebrazo como haría alguien que no tiene nada que esconder.

No miró a los lados. Caminaba como si el muelle fuese suyo a esa hora, y esa soltura era lo único que no encajaba.