Rodrigo de Salazar: Enemigo sin bandera (Rodrigo de Salazar 1) Capítulo 19 #3
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Capítulo 19 #3

—De donde haga falta —respondió Joaquín sin levantar la vista del vino.

—Porque llegan muchos últimamente. Forasteros que huelen a Corte y a caballo, que no saben distinguir la proa de la popa, y que vienen a llevarse los puestos que son para los de aquí. Los de Palos llevamos meses esperando ese embarque. Es nuestro pan. No el vuestro.

Joaquín alzó la mirada. No tenía prisa. No tenía miedo. Tenía casi sesenta años y la calma de haberlos vivido todos despierto.

—No venimos a quitaros nada. Tenemos nuestro propio encargo.

—¿Encargo? —El estibador soltó una risa que no tenía gracia—. Encargo, dice. Los de tierra siempre vienen con encargos. Y los encargos siempre acaban costándole a los que estaban aquí primero.

Un segundo hombre se había levantado y se colocó al lado del primero. Más bajo, más nervioso.

—Dejadlo estar —dijo Joaquín, y dejó el jarro sobre la mesa con un golpe breve, suficiente para marcar el sitio sin levantar la voz—. Bebed vuestro vino y nosotros beberemos el nuestro.

—¿Y si no me apetece dejarlo estar?

El estibador puso la mano en el hombro de Joaquín. No golpeaba. Empujaba sin empujar, esperando respuesta para poder devolverla con razón.

Mateo se levantó del banco sin aviso. Cruzó los tres pasos que lo separaban del estibador y le estampó el puño cerrado en la mandíbula con un golpe seco, corto, limpio, que contenía veinte años de saber exactamente dónde pegar para que un hombre dejara de ser un problema.

Se oyó el chasquido del diente antes que el golpe del cuerpo contra el suelo.

El estibador quedó tendido en la tierra con los ojos en blanco y un hilo de sangre oscura bajándole por la barbilla.

La taberna enmudeció. Las cabezas siguieron sobre los jarros y nadie miró hacia la mesa.

El segundo hombre decidió que sí. Arrancó a correr hacia Mateo por detrás, rodeando las mesas, pasando justo por delante del banco donde Rodrigo, Diego y Miguel seguían sentados.

Diego no se levantó. No giró la cabeza. Estiró el pie lo justo, despacio, y el hombre tropezó como si hubiera encontrado una raíz donde no debía haberla.

Cayó de bruces contra el suelo, se raspó las palmas y se giró con la cara roja de furia, buscando quién lo había tirado.

Lo que encontró fue la punta de una espada a dos dedos de la garganta.

Miguel la había desenfundado sin ruido, sin gesto amplio, con la velocidad limpia de un reflejo entrenado hasta dejar de ser movimiento. Estaba de pie, con el brazo extendido y la hoja firme.

El hombre se quedó inmóvil. La furia se le fue del pecho como el aire de un odre pinchado.

Rodrigo se levantó. Apoyó la mano sobre el antebrazo de Miguel, con la presión justa para que la espada bajara sin prisa.

—Ya basta. Nos vamos.

Miguel envainó. El hombre del suelo se incorporó con la torpeza del que ha entendido que la próxima vez no habrá suelo donde caer.

Mateo se sacudió los nudillos mientras caminaba hacia la puerta. Se colocó junto a Rodrigo y bajó la voz.

—No me parecía bien lo que le estaban diciendo a Joaquín.

—Lo sé —dijo Rodrigo—. Pero la próxima vez avisa antes de dejar inconsciente al vecindario.

—Si aviso, pierde la gracia.

Sancho seguía sentado en el banco cuando los demás ya se habían puesto de pie. Bebió un trago largo y dejó la jarra vacía sobre la mesa con un golpe corto. Nadie le preguntó por qué no había intervenido. Él no se molestó en explicarlo. Lo suyo era la pólvora. Las tabernas se las dejaba a los demás.

Joaquín, por su parte, se había acercado a la barra.

Dejó sobre la madera unas monedas —más de lo que costaban cinco jarros de vino, pero menos de lo que costaba un escándalo— y despidió al tabernero con un gesto antes de salir.

El tabernero recogió las monedas sin contar.

Peleas en su taberna había todas las semanas. Pago después de pelea, casi nunca.

Joaquín alcanzó al grupo en la calle. El aire nocturno le secó el sudor de las sienes y Mateo se subió el cuello de la capa contra el frío del puerto. Sancho salió el último, con el paso lento de los hombres anchos que no tienen prisa por nada.

—Gracias —le dijo Joaquín a Mateo—. Pero lo hubiese resuelto sin violencia.

—Lo sé —respondió Mateo—. Pero entonces ese rufián no hubiese aprendido la lección. Ahora la recordará hasta que deje de dolerle masticar pan.

Miguel no dijo nada. Caminó con ellos hacia la posada. Aún le latía el pulso en la muñeca. Era la primera vez que desenfundaba fuera de combate. El acero le había pesado de otra manera, como si la hoja hubiese sabido, al salir, que esta vez no iba a morder.

Habían dado veinte pasos por el callejón que subía al arrabal cuando una voz surgió del hueco entre dos casas, a su espalda, tan cerca que Mateo se volvió con la mano ya bajo la capa.

—Tranquilo, grandullón, no os hará falta el cuchillo.

El hombre salió del vano del portal con un paso corto que no llegó a ser paso.

Apareció, más bien. Mediana estatura, ni joven ni viejo, ni alto ni bajo, ropa parda sin corte que fijara la vista en ninguna parte.

La cara tenía rasgos que un testigo no sabría describir a la mañana siguiente.

El jubón era del marrón que tienen las paredes cuando no se las ha blanqueado en dos años.

—Mudarra —dijo Joaquín.

—El mismo.

—¿Cuánto tiempo llevas detrás?

—El suficiente para saber que el artillero tiene buen vino dentro y que el capitán no mintió cuando prometió lo que prometió. Lo suficiente también para saber que el del messer no pega primero. Pega cuando la discusión ya está perdida por el otro. Eso me gusta.

Rodrigo se detuvo. El callejón era estrecho, mal iluminado por una antorcha lejana que parpadeaba con el viento del puerto. Miguel sentía el aliento del mar entrando por el fondo de la calle. Olor a alga podrida y a cáñamo mojado.

—¿Habéis oído lo de la taberna? —preguntó Rodrigo.

—Estaba en la mesa de los naipes. Lo he oído todo.

Mateo arrugó la frente.

—Yo he mirado la mesa de los naipes al entrar. Eran tres pescadores.

—Dos pescadores y yo. El tercero me cedió la mano.

Diego dejó escapar un sonido breve que podía ser un bufido o el principio de una risa.

—¿Y qué decís? —preguntó Rodrigo, volviendo al asunto.

Fabián se apoyó en el quicio con el hombro. La antorcha le arrancó una chispa en el ojo izquierdo y se la quitó un segundo después.

—Digo que me quedo en tierra. El Almirante necesita un centinela que sepa leer cartas sin abrirlas, y yo sé. El muelle os lo cubro yo.

—¿Qué pides?

—Tres cosas. La primera, dinero. No el de la Corona, que llega tarde. El vuestro, que llega cuando hace falta. La segunda, que no me mandéis a preguntar lo que ya sé. Perderé el tiempo y vos la ventaja. La tercera, que cuando yo os diga que algo huele mal, vos lo creáis a la primera.

Rodrigo lo miró largo rato. No buscaba debilidad. Buscaba los bordes del hombre, el sitio por donde podía empezar a mentir si un día le conviniera.

—Aceptado —dijo al fin.

—Una más, que no pedí pero os la adelanto.

—Fabián bajó la voz un poco—. Hay un nombre rondando los muelles desde hace ocho días.

Un sevillano, Tomás. Mozo de carga, recién contratado.

No trae cartas de presentación de nadie de aquí y duerme en un cuarto que él mismo paga.

Los mozos de carga no pagan cuarto. Duermen donde los deja la bodega. Ese no.

—Barahona —murmuró Joaquín.

—Si es el mismo que teníais anotado, sí.

—Seguidlo —ordenó Rodrigo—. Sin que note que alguien lo sigue. Y avisadme al alba.

—Al alba estaréis ocupado con el Almirante. Os avisaré antes de que el Almirante os ocupe.

Fabián se despegó del quicio. En el movimiento era ya sombra otra vez.

Hizo un gesto mínimo hacia Sancho —dos hombres que reconocen al otro sin haber cruzado palabra nunca—, y bajó el callejón en dirección contraria al arrabal.

A los seis pasos ya no estaba, aunque nadie pudo decir exactamente en qué portal se había metido.

Sancho masticó el romero, lo sacó, lo miró, lo tiró al suelo.

—Ese hombre me cae bien —dijo—. Y yo no digo eso de nadie.

—Por una vez coincidimos —apuntó Mateo.

Siguieron subiendo hacia la posada.

Rodrigo los dejó caminar unos pasos por delante.

Los observó desde atrás. Mateo frotándose los nudillos, Joaquín recto como un huso, Diego con su paso callado, Miguel con la mano todavía cerca de la empuñadura, y Sancho al borde del grupo, no del todo dentro pero ya no fuera.

Seis hombres que no eran de aquel puerto y a los que aquel puerto acababa de enseñar que no debía empujar más de la cuenta.

Y un séptimo, invisible, caminando por callejones que solo él conocía, con una lista de nombres en la cabeza que ya empezaba a cruzarse con la suya.

«Con estos basta.»