Capítulo 19 #2
—¿Se fían de ti? —preguntó Rodrigo.
—Se fían del dinero de la Corona y de que les he prometido trabajo que no es aburrido. Lo demás lo decidirán cuando te vean y te escuchen.
—¿Dónde los veo?
—Esta noche. Taberna del puerto, El Remo Corto. Les he dicho a la segunda guardia. Sancho entra de frente, que es como entra siempre… Mudarra, nadie sabrá cuándo entró, porque eso es lo suyo.
Mateo, que caminaba medio paso atrás, soltó un gruñido que podía ser conforme o contrario.
—¿Y qué dicen antes de verme? —preguntó Rodrigo.
—Sancho quiere embarcar. Mudarra prefiere quedarse en tierra. Pero eso dicen ahora, sin haberte oído. Cuando sepan lo que hay debajo del encargo, puede que cambien uno de los dos, o los dos, o ninguno. No son hombres a los que se les empuje, Rodrigo.
—Mejor así.
—Mejor así —confirmó Joaquín.
Rodrigo miró el muelle que se extendía a su derecha, donde un grupo de calafates daba los últimos golpes a un tablón rebelde de la Niña . El sol caía en el agua del puerto con ese rojo bajo que anuncia viento nocturno.
—¿Qué más?
—Lo que te mandé cifrado desde aquí se queda corto.
Hay movimiento en el puerto que no encaja.
Dos marineros añadidos a la lista hace tres días por cambio repentino de un contramaestre que lleva veinte años con los Pinzón.
Un carpintero de fuera con referencias que no cierran.
Pólvora que entró la semana pasada sin cotejo cruzado de aduana. Cosas pequeñas. Juntas, no.
—¿Fabián lo ha olido?
—Fabián lleva una semana oliendo. No dirá lo que sabe hasta que decida si te lo cuenta a ti o se lo guarda para quien mejor le pague. Si te acepta, te lo cuenta esta noche.
—¿Y si no me acepta? —Rodrigo no apartó la vista del muelle.
—Si no te acepta, sales de la taberna sin saber ni la mitad de lo que él sabe. Y no lo volverás a ver.
Rodrigo aceptó sin comentario. No era la primera vez que trataba con hombres cuyo valor residía en decidir a quién servían y a quién no.
Los había tenido bajo mando y los había visto pasarse al otro lado.
Los había visto también salvar operaciones enteras por no haberse creído lo que los demás daban por cierto.
Diego, que había escuchado sin participar, añadió sin levantar la vista del tintero portátil que ya estaba guardando.
—Esta noche se decide.
—Esta noche es lo que toque —dijo Rodrigo.
Aquella noche, con los preparativos del día aún pegados a la ropa en forma de serrín y salitre, Rodrigo llevó a sus hombres a la taberna cerca del muelle que los marineros llamaban El Remo Corto.
Quería ver el puerto de noche, medir el ánimo de los hombres que bebían en él y dejar que los lugareños vieran las caras de los recién llegados antes de que empezaran a inventárselas.
Y quería que ocurriera lo que tenía que ocurrir en territorio neutro, no en la casa de Colón ni en la posada, donde un intercambio de miradas equivocadas podía costarle dos hombres antes de tenerlos.
El local era bajo de techo, con vigas ennegrecidas por décadas de humo de candil y un suelo de tierra apisonada que hedía a vino derramado y a grasa de sardina.
En un rincón, tres pescadores jugaban a los naipes jugándose el jornal.
En el otro, un grupo de estibadores compartía un jarro de vino peleón.
El tabernero, un hombre calvo con un delantal que había sido blanco en otra vida, los midió al entrar con una ojeada rápida y volvió a su jarro.
Se sentaron al fondo, junto a la pared. Rodrigo pidió vino y pan.
Diego sacó pluma y papel y siguió anotando cifras del inventario del día, porque para Diego no existía la diferencia entre horas de trabajo y horas de descanso.
Mateo bebió un trago largo y apoyó la espalda en la pared con los ojos entrecerrados.
Miguel observaba la taberna sin saber todavía qué buscar.
Joaquín se sentó en el extremo de la mesa, el más expuesto, el más cerca de la puerta y de las otras mesas, con la costumbre vieja de los hombres de inteligencia que prefieren ver venir lo que no están buscando.
De las otras mesas llegaban fragmentos de conversación que Rodrigo recogía sin girar la cabeza.
Un pescador viejo decía que Colón estaba loco y que el océano no tenía fondo a partir de cierta línea.
Otro juraba que la Corona enviaba a la tripulación a morir para no pagar las deudas de la guerra.
Un tercero, más borracho que los demás, aseguraba que los genoveses habían comprado a los Pinzón y que las naves no llegarían más allá de Canarias.
Rumores de taberna. Pero ese pulso medía el miedo del puerto, y aquel puerto hervía.
El de los Pinzón lo archivó aparte. Si al alba los tenía delante, quería saber si aguantaban la mirada.
Al cuarto trago de vino, Joaquín alzó la barbilla un dedo hacia la puerta. Rodrigo siguió el gesto sin volver la cabeza del todo.
El hombre que entró medía menos de lo que prometía su presencia.
Ancho de hombros, corto de piernas, la cara partida por una cicatriz de quemadura que le bajaba desde la sien derecha hasta el cuello y le llevaba la mitad de la barba donde ya no había piel capaz de dársela.
En la boca, un tallo de romero. Cruzó la taberna sin mirar a nadie, apartó un banco vacío con la rodilla y se sentó frente a Rodrigo, sin ceremonia, sin disculpa, sin invitación pedida.
—Ordóñez —dijo, y se lo sacó de la boca.
—Salazar —respondió Rodrigo.
Sancho lo midió con una ojeada que empezaba por los callos de la mano derecha y terminaba en los ojos. Él mismo tendió la suya, del lado de la cara sana. Rodrigo se la estrechó. La palma del artillero estaba surcada de cortes viejos, esa trama fina que dejan años de mecha y pedernal.
—Joaquín me habló de vos —dijo Sancho, y señaló con la barbilla a Joaquín—. Me dijo que erais un hombre que no miente a los suyos. Le respondí que ya veré.
—Ya veréis —dijo Rodrigo.
El tabernero llegó con un jarro extra sin que nadie se lo pidiera. Sancho le puso una moneda en la palma sin mirarla. El tabernero la miró dos veces. En Palos no se dejaba propina, y cuando se dejaba quería decir que el hombre tenía prisa por asegurarse el vino del resto de la noche.
—Hablad —dijo Sancho—. Y hablad derecho. No tengo paciencia para adornos.
Rodrigo bebió un trago corto antes de contestar. No para ganar tiempo, sino para medir el tamaño exacto de lo que iba a decir.
—Salimos con las tres naves a Canarias. Desde allí, poniente, hasta donde la empresa lo lleve.
No es mi asunto adónde. Mi asunto es que las naves salgan enteras, que sigan enteras mientras pueda protegerlas, y que el Almirante llegue a navegar sin que nadie le haya clavado una cuchillada por la espalda antes.
—¿Hay quien se la quiere clavar?
—Lo hay. Aquí y en la Corte. Sabotaje de herramientas y de provisiones. Marineros cambiados sin razón. Correspondencia que no cuadra. Eso de momento. Lo que venga después, no lo sé todavía.
Sancho se tomó un segundo antes de responder. Se metió el tallo entre los dientes y masticó dos veces antes de soltarlo otra vez.
—¿Sueldo?
—El de la Corona, dos meses adelantados. Más un suplemento que sale de mi bolsa y que no pasa por registro. Si no llegamos a zarpar por lo que sea, los dos meses quedan pagados. Si zarpamos y volvemos, doble.
—¿Y si zarpamos y no volvemos?
—Entonces los dos meses ya no os servirán de mucho.
Sancho soltó una risa corta, sin alegría, que le plegó la mitad sana de la cara y dejó la quemada tirante, incapaz de seguir al músculo que tiraba de ella.
—Eso es lo primero derecho que oigo desde Córdoba.
Miró a Mateo, que le sostuvo la mirada sin bajarla ni alzarla. A Diego, que había levantado la vista del tintero lo justo para confirmar que el nuevo no era peligroso. A Miguel, que lo miraba con la atención demasiado abierta, sin haber aprendido aún a esconderla.
—El muchacho —dijo Sancho, señalándolo con el tallo—. ¿Qué hace aquí?
—Lo que le mando —dijo Rodrigo.
—¿Y qué le mandáis?
—Vigilar. Disparar cuando toca. Callarse cuando más toca.
Sancho volvió los ojos a Miguel, con más detenimiento.
—¿Habéis matado a alguien, muchacho?
Miguel apretó la mandíbula.
—Sí.
—¿Cuántos? —Sancho masticó el romero.
—Los que hicieron falta —dijo Miguel.
Sancho movió la cabeza medio palmo a modo de reconocimiento.
—Yo embarco —dijo, volviendo a Rodrigo—. El arcabuz va conmigo y la pólvora la miro yo antes que nadie. Si alguien la toca sin mi permiso, lo sabré antes de que él sepa que lo sé. Y si la mojan, la seco yo mismo.
—Hecho.
—Una cosa más. —Sancho golpeó la mesa con el nudillo del índice, sin fuerza pero sin descuido—. No soy de grados. No saludo, no pido permiso para escupir y no llamo capitán a nadie. Si queréis a un soldado, buscad a un soldado. Yo soy artillero. La diferencia la notaréis el primer día.
—Ya la he notado —dijo Rodrigo.
Sancho sonrió con media cara y se llevó el tallo a la boca de nuevo.
Estiró la mano por segunda vez. Rodrigo se la estrechó.
Cuando el artillero soltó, Mateo le alcanzó el jarro por encima de la mesa y se lo llenó sin decir palabra.
Entre Mateo y Sancho hubo entonces una de esas conformidades que los veteranos establecen sin hablar.
Pero faltaba uno.
Fue Joaquín quien atrajo la atención sin pretenderlo.
En los diez días que llevaba en Palos no había pisado las tabernas del muelle.
Trabajaba en la escribanía y dormía lejos del puerto.
Aquella era su primera noche en El Remo Corto, y se le notaba, no por nada que hiciera, sino por lo que era.
Un hombre con casi sesenta años, enjuto, de porte militar, sin cara de marinero ni manos de pescador, que bebía su vino con la parsimonia de las sobremesas largas.
Un estibador de hombros anchos y cuello grueso se levantó de la mesa vecina y se acercó con el jarro en la mano. Su sonrisa tenía el filo de un insulto disfrazado de cortesía.
—No os he visto por aquí —dijo, mirando a Joaquín—. ¿De dónde venís?