Rodrigo de Salazar: Enemigo sin bandera (Rodrigo de Salazar 1) Capítulo 19
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Capítulo 19

Tres naves

Rodrigo descendió por la pendiente que conducía al embarcadero acompañado por Mateo, Diego y Miguel.

La marea ascendía contra los pilotes del muelle con golpes huecos, repetidos, y el aire traía olor a brea caliente.

Sobre la línea del horizonte, el cielo clareaba en tonos plomizos.

Las tres naves aguardaban abajo. La Pinta y la Niña , carabelas ligeras, eran las que la Corona había arrancado a Palos en cumplimiento de la vieja sentencia.

La Santa María era nao, no carabela. Más ancha, más lenta, fletada aparte por Juan de la Cosa con dinero de la empresa.

Tres quillas donde la Provisión solo prometía dos.

Sus cascos oscuros, reforzados con tablazón reciente, mostraban las cicatrices de antiguas travesías en forma de calafateo desigual y manchas de alquitrán viejo.

En cubierta, marineros madrugadores tensaban jarcias, revisaban motones, ajustaban velas aún recogidas.

Los cuatro iban armados con acero corto.

Rodrigo llevaba espada y daga al cinto, Mateo el messer al costado, Diego y Miguel espada ceñida.

El montante, el arco y el arcabuz viajaban ocultos en las monturas.

Rodrigo no vestía armadura completa, sino jubón de cuero reforzado y capa corta, suficiente para mostrar autoridad sin provocar alarma innecesaria.

Observaba cada detalle con la misma atención que habría dedicado a una posición enemiga.

La inclinación de un mástil, el estado de un timón, la forma en que un barril era izado mediante cabestrante y la tensión que soportaba el cabo antes de llegar a cubierta.

Mateo caminaba dos pasos por delante, con los ojos fijos en los cascos.

No dijo nada, pero se detuvo un instante a medir la Santa María de proa a popa, contó las cuadernas a ojo, calculó la manga.

Luego siguió bajando. Diego, más atrás, ya había empezado a contar los accesos al muelle, callejones laterales, puntos donde un hombre podía apostarse sin ser visto.

El puerto era otro tablero, y Diego no necesitaba que nadie le explicara las casillas.

Miguel se detuvo en lo alto de la pendiente. Nunca había visto el mar.

En Granada, el mundo tenía límites. Murallas, montañas, el final de un campo de batalla. En Sevilla, el Guadalquivir era ancho, pero tenía orillas, y los barcos que lo surcaban se movían entre paredes de piedra y almacenes.

Aquí no había orillas. Una extensión sin borde visible, gris y verde a la vez, se movía con una respiración propia, lenta, ajena al paso de los hombres. El viento le pegó la camisa al pecho y le trajo un sabor salado a los labios. El mundo simplemente dejaba de ser sólido.

Mateo lo notó.

—Primera vez —dijo, sin preguntar.

—Sí.

—¿Qué te parece?

Miguel tardó en responder. Le costaba encontrar palabras para algo que no tenía forma ni nombre.

—Que es demasiado grande para que le importe lo que hagamos aquí.

Mateo soltó un sonido que podría haber sido una risa.

—Eso lo dije yo también. Te acostumbras al mar. Y aun así sigues embarcando.

Miguel no dijo nada, pero tampoco apartó la vista del agua.

Siguieron bajando. Rodrigo, delante, no se había vuelto. Pero había oído.

Rodrigo envió a Miguel a la cubierta de la Niña para que ayudase con los preparativos mientras él recorría el muelle midiendo cascos, amarras y accesos antes de la audiencia fijada para el alba siguiente.

Miguel subió por la pasarela con el paso firme de los adarves y pisó las tablas como si fuesen empedrado de calle.

El suelo se mecía bajo sus botas con un movimiento lento que la tierra no tiene, y tuvo que agarrarse a la borda antes de dar el segundo paso.

Un contramaestre bajo y ancho, con la cara curtida por más sal de la que Miguel vería en su vida, lo miró de arriba abajo.

—Vos. Largad la mesana y aferrad el foque.

Miguel asintió. Sabía lo que significaba «largar» en tierra, soltar, dejar ir.

Y «aferrar» sonaba a sujetar. Lo segundo primero.

Buscó algo que pareciera necesitar sujeción, eligió un cabo grueso atado a la borda y tiró con fuerza.

El cabo era la amarra de popa. La Niña dio un tirón contra el muelle y la pasarela se desplazó medio palmo con un crujido que hizo girar tres cabezas.

—¡Dejad eso! —El contramaestre lo apartó de un manotazo—. La mesana es la vela de popa, criatura. El foque es la de proa. ¿En qué ejército os enseñaron a soltar amarras antes de que el Almirante dé la orden?

Miguel soltó el cabo de golpe.

—En ninguno. En tierra las cuerdas no tienen nombre.

—Cabos —corrigió el contramaestre, sin levantar la voz pero sin bajarla tampoco—. En un barco no hay cuerdas. Hay cabos. Y si volvéis a llamarlas cuerdas delante de mi tripulación, os cuelgo de uno.

Miguel no respondió. Se quedó de pie en medio de la cubierta, con las manos vacías y la certeza de haber pasado de útil a estorbo en el tiempo que tarda una amarra en crujir. El contramaestre lo miró un instante más, resopló, y señaló un balde y un estropajo junto al palo de mesana.

—Baldead esa cubierta. De proa a popa. Si no sabéis qué es proa, es donde apunta el barco. Si no sabéis qué es popa, es donde estáis ahora parado sin hacer nada.

Miguel cogió el balde sin decir palabra.

El agua salada le salpicó las botas cuando lo llenó por la borda, y el estropajo pesaba el doble de mojado.

Baldeó. Fregó las tablas con la misma aplicación que habría puesto en limpiar un arcabuz después del combate.

Sin prisa, sin queja, con la espalda recta y la boca cerrada.

Cuando terminó, el contramaestre no le dijo nada, pero tampoco volvió a mandarlo a soltar cosas. Algo era algo.

Mateo había observado desde el muelle, con los brazos cruzados y la boca apretada para que no se le notara nada.

—En Granada sabías dónde estaba cada callejón —le dijo cuando Miguel bajó—. Aquí eres ciego. Aprende rápido.

Diego, que pasaba con el tintero portátil camino de las bodegas, añadió sin detenerse.

—Al menos no ha buscado la llave del foque.

A Miguel le ardieron las orejas. Lo de la llave del cañón seguía vivo en el grupo, y aquellos hombres iban a recordárselo mientras les diera para reírse.

Apretó los labios. La respuesta correcta era callarse y aprender.

Eso ya lo sabía. Lo había aprendido buscando una llave que no existía entre los carros de artillería de Granada, con barro en las rodillas y tres veteranos riéndose en silencio a su espalda.

Le quedaba más muelle por aprender antes del anochecer.

El contramaestre de la Niña no volvió a reclamarlo después del baldeo. Miguel bajó al muelle y buscó trabajo donde no le conocieran la cara.

Aquella misma tarde, mientras ayudaba a estibar sacos de bizcocho en la bodega de la Santa María , un mozo de la leva de Moguer se colocó a su lado. Muchacho delgado, con las muñecas huesudas y la piel tostada de las barcas de pesca, miraba todo con la boca ligeramente abierta.

Miguel lo midió de un vistazo. Más joven que él, más nervioso. En algún rincón de su cabeza, algo se movió, parecido a la oportunidad de no ser el último de la fila por una vez.

—¿Primera embarcación grande? —preguntó, intentando que la voz le saliera como la de Mateo.

El mozo movió la cabeza.

—Primera vez fuera de la bahía.

Miguel levantó un saco con gesto que pretendía ser natural. Había oído media docena de palabras sueltas desde que había pisado el muelle —carlinga, bauprés, sentina, calafate— y no sabía exactamente qué significaba ninguna, pero juntas sonaban a algo que podía existir.

—Cuando termines con esto, el contramaestre va a pedirte que busques la carlinga del bauprés. Es una pieza suelta, de bronce, con forma de gancho. Suele estar en la sentina de popa, detrás de los últimos barriles. Si no la encuentras, pregunta al calafate.

El mozo lo miró con curiosidad.

—¿La carlinga del bauprés?

—Sí. Sin ella no se puede tensar la vela de proa. Es lo primero que revisan antes de zarpar.

El mozo dejó el saco en el suelo con cuidado. Se limpió las manos en el calzón. Luego dijo, sin alzar la voz.

—La carlinga es la pieza donde encaja la base del mástil. No se suelta ni se busca. Está empotrada en la quilla desde que se construyó el barco. Y el bauprés no lleva carlinga porque no es un mástil, es un palo inclinado que sale de proa. La vela que va en él es la cebadera, no el foque.

Miguel se quedó inmóvil con el saco a medio levantar.

—Mi padre calafatea en Moguer desde antes de que yo naciera —añadió el mozo, sin malicia—. He desarmado más barcas que años tenéis vos.

El mozo se dio cuenta entonces de lo que acababa de hacer.

Bajó los ojos medio segundo, calibrando si el hombre que tenía delante —mayor, con espada al cinto y callos de empuñadura en la palma— iba a tomarse bien que un muchacho de diecisiete años le explicara cómo funcionaba un barco.

Miguel vio el cálculo. Soltó el saco más fuerte de lo necesario.

El saco de bizcocho pesaba exactamente lo mismo que antes, pero a Miguel le pareció el doble.

Desde la escotilla, donde la luz de la tarde recortaba dos siluetas que no se molestaban en esconderse, Mateo y Diego habían visto todo. Mateo se pasó la mano por la boca. Diego miraba hacia otro lado con esa dedicación repentina al horizonte que Miguel ya reconocía de Granada.

No dijeron nada. No hacía falta. Miguel ladeó la boca, se rascó la cabeza, terminó de estibar el saco y siguió trabajando.

Joaquín los encontró al caer la tarde, en el muelle de carga. No hubo abrazo ni saludo largo, solo un apretón de manos, una mirada que recorría las caras buscando señales de viaje duro, y al grano. Llevaba diez días en Palos y tenía más que contar de lo que cabía en una conversación de muelle.

—He encontrado dos —dijo, mientras caminaban hacia la posada—. Sancho Ordóñez, artillero, media cara quemada, mastica romero, no sabe leer ni escribir pero no falla un tiro. Y un tal Fabián Mudarra, un fantasma, un hombre tan corriente que la gente habla delante de él como si fuera un mueble.