Capítulo 18 #3
Nadie se la pidió. La columna siguió su camino hacia Sevilla y los cuatro jinetes siguieron el suyo hacia el sur.
Pero algo había cambiado. La expedición de Colón, que hasta entonces había sido documentos, cifras, nombres en registros y marcas en legajos, empezaba a ser madera cargada en carretas y hombres peleándose en tabernas.
—Ha dicho «los del genovés» —dijo Diego, que había escuchado sin abrir la boca.
—Se refiere a Colón —dijo Rodrigo—. Colón es genovés.
Diego torció la boca.
—Dos genoveses en Palos. Uno con naves, otro con monedas. Cuesta distinguirlos.
Rodrigo no respondió. No hacía falta. Espoleó el caballo y subió el ritmo del trote al medio galope. Los demás lo siguieron sin preguntar.
Miguel cabalgaba a la derecha de Rodrigo.
Llevaba la casaca de paño pardo que Mateo le había conseguido en la posada, la misma que usaba cuando salía a vigilar sin uniforme.
Le quedaba grande de hombros y corta de mangas, y le daba el aspecto de un mozo de cuadra que ha crecido más deprisa que su ropa.
Diego iba a la izquierda, con la vista fija en el camino y las manos quietas sobre las riendas.
Detrás, Mateo cerraba la columna. Llevaba el montante cruzado sobre los hombros en su funda de cuero y el morral apretado contra el costado del caballo.
No había dicho una palabra desde Sevilla.
Apretaba las riendas con más fuerza de la necesaria y tensaba la mandíbula contra el polvo del camino.
Le habían enseñado un cadáver con una firma y le habían dicho que esperara.
Cada legua hacia el sur la acortaba un poco.
Cabalgaron callados el tiempo que tardaron en pasar junto a un cortijo de paredes encaladas donde una mujer sacudía una estera contra el quicio, levantando una nube de polvo que el viento les trajo a la cara.
Pernoctaron en una venta de camino donde el ventero les sirvió gazpacho frío en cuencos de barro y pan duro que había que remojar en el caldo para que la mandíbula pudiera con él.
El calor no aflojó ni con la noche. Rodrigo se sentó fuera, en el poyo de piedra, con los hombros apoyados contra el muro encalado que aún devolvía el bochorno del día.
De algún cortijo lejano llegaba el ladrido intermitente de un perro.
Más cerca, los grillos cantaban en el matorral.
Las estrellas eran puntos blancos en un cielo sin nubes.
En algún lugar del camino por delante, la posta cifrada llevaba a Joaquín la señal de que venían.
En Sevilla, Mendoza estaría preguntándose qué significaba que la posada del callejón hubiera amanecido vacía.
Y en el muelle de Palos, Joaquín trabajaba en silencio sobre registros que Rodrigo aún no había visto.
Mateo salió a sentarse a su lado. Traía un odre de vino que el ventero les había vendido a precio de camino y dos vasos de barro. Se sentó en el poyo sin decir nada, llenó los vasos, le tendió uno a Rodrigo y bebió del otro. El vino era áspero, con un regusto a tierra vieja y cuero mojado.
Estuvieron un rato en silencio, mirando el cielo. Mateo fue el primero en hablar, en voz baja.
—El muchacho tenía razón. Lo de marcharnos.
—Lo sé.
—No se lo he dicho. No quiero que se le suba a la cabeza.
Rodrigo bebió un trago. El vino le abrasó la garganta.
—Tú fuiste el primero en querer salir de Sevilla. En febrero.
—En febrero quería salir porque me aburría. —Mateo giró el vaso entre las manos—. Ahora quiero salir porque si me quedo un día más mirando esa casa de la Puerta de Triana sin poder entrar, voy a cruzar ese umbral con el montante y que sea lo que Dios quiera.
—Eso es lo que Mendoza espera.
—Por eso no lo he hecho. Pero que lo sepa no significa que no me cueste.
Rodrigo no respondió. Mateo nunca hablaba de lo que le costaba. Que lo hiciera ahora, sentado en un poyo de piedra con un cuartillo de vino malo en la mano y las estrellas del verano sobre la cabeza, era más de lo que había dicho en meses. Rodrigo asintió una vez en la oscuridad. Fue suficiente.
Rodrigo apoyó la nuca contra el muro. El enlucido le raspó la piel.
Cerró los ojos y la imagen del cuerpo de Gaspar volvió, nítida, insistente, con la camisa rajada y la marca abierta en la piel.
Y detrás de esa imagen, Mendoza en la plaza, tres segundos de mirada limpia, sin sorpresa, sin alarma, solo la quietud de quien sabe que sus mensajes llegan y no necesita repetirlos.
«Vamos a tu terreno, Álvaro. Y esta vez no habrá tinta entre nosotros».
Abrió los ojos. Mateo se había ido adentro sin que lo oyera marcharse. Dentro de la venta, alguien roncaba con la constancia de un fuelle roto. Rodrigo se levantó, entró y se tumbó en el jergón sin quitarse las botas.
Al amanecer, los cuatro montaron y siguieron hacia el sur.
El polvo les cubría la ropa y las caras con un velo fino que el viento no se molestaba en llevarse.
Rodrigo no miró atrás. Nunca lo hacía. Delante, el camino bajaba hacia una vaguada donde el polvo se espesaba y los olivos daban paso a terreno abierto.
En algún punto de ese terreno, Palos esperaba con sus muelles, sus naves y sus problemas.
Y Joaquín, en alguna escribanía del puerto, tachando un día más en el dorso de un pliego.