Rodrigo de Salazar: Enemigo sin bandera (Rodrigo de Salazar 1) Capítulo 18 #2
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Capítulo 18 #2

Mateo se puso de pie, se calzó las botas con un golpe seco de talón contra el suelo.

—Llevo listo desde febrero, capitán. Desde febrero —dijo Mateo con el montante al hombro y el morral cerrado.

Dejó la llave de la habitación sobre la mesa. Cerró la puerta detrás de sí sin volver la cabeza.

Salieron antes del alba por la Puerta de Jerez, cuatro de los cinco que habían entrado en Sevilla cinco meses atrás. Rodrigo, Mateo, Diego y Miguel. El quinto iba por delante. Cuatro caballos cargados con lo justo: armas, ropa de camino y los cuadernos cifrados.

Rodrigo había dejado pagadas las cuentas de la posada y un recado para el contacto que Diego había mantenido en el puerto. Si Moncada firmaba algo fuera de lo habitual, que lo supieran en Palos antes de que la tinta se secara.

El camino hacia el sur cruzaba la vega del Guadalquivir entre parcelas de trigo que el sol quemaba por las puntas.

El calor subía del suelo en ondas y hacía temblar los olivos hasta deshacerlos.

Rodrigo ajustó las riendas y puso el caballo al trote.

Detrás, Mateo, Diego y Miguel lo seguían en columna, sin necesidad de órdenes.

Nadie habló durante la primera legua. Cada uno revisaba en silencio lo que llevaba en la cabeza y en el morral.

Sevilla quedaba a sus espaldas con todo lo que habían aprendido en ella.

Los nombres, las rutas, las marcas, las caras.

Y un cadáver que nadie reclamaría, flotando contra las cuerdas del muelle de poniente con la espalda al aire.

En la primera posta, mientras los caballos bebían de un abrevadero de piedra verdosa, Miguel se acercó a Rodrigo.

—Capitán.

—Dime.

—En Sevilla aprendí a mirar sin ser visto y a seguir sin ser seguido. Pero en Palos no habrá archivos ni callejones. Habrá barcos. Y yo no sé nada de barcos.

Rodrigo lo miró. El muchacho tenía la cara curtida por meses de intemperie sevillana y enrojecida por el polvo del camino.

—Lo aprenderás en cubierta, no antes —dijo Rodrigo—. Igual que aprendiste la guerra. Lo que sacaste de Sevilla te servirá en Palos. Lo que falte, lo aprendes allí.

Miguel asintió despacio. Se quedó un momento junto al abrevadero, mirando el agua turbia donde los caballos hundían el hocico, y cuando habló de nuevo la voz le salió más baja.

—Gaspar. Cuando esto termine, si la expedición sale y todo va bien… ¿alguien sabrá lo que le pasó?

—No. Nadie lo sabrá. La gente como Gaspar no aparece en los libros. Ni la gente como nosotros.

—Entonces, ¿para qué hacemos esto?

—Porque si no lo hacemos, lo que sí se escribirá es que las naves se hundieron, que la expedición fracasó y que nadie supo por qué. Y eso es peor que no aparecer.

—¿Y Mendoza?

—Mendoza está donde nosotros vamos. Lo cual significa que la partida empieza en cuanto lleguemos.

—¿No empezó en Granada?

Rodrigo montó sin responder. Apretó las riendas y puso el caballo al trote de nuevo. A sus espaldas, Diego cruzó una mirada con Miguel y apretó los labios una vez, breve, sin palabras.

A media mañana se cruzaron con una columna de carreteros que avanzaba en dirección contraria, hacia Sevilla.

Eran seis carretas cargadas de tablones de pino, atadas con cuerdas de cáñamo y cubiertas con lonas que el polvo había teñido de gris.

Los bueyes avanzaban con la cabeza baja y la resignación de una bestia acostumbrada al yugo.

El primer carretero, un hombre quemado por el sol con un sombrero de ala ancha y los antebrazos del color del cuero viejo, levantó la mano al cruzarse con ellos.

—¡Buena jornada! —gritó—. ¿Venís de Sevilla?

—De más lejos —dijo Rodrigo sin detenerse.

—Pues no vayáis al sur si buscáis posada. Palos está que no cabe un alfiler. Los del genovés tienen alquilada media villa para los aparejos de las naves.

Rodrigo tiró de las riendas. El caballo se detuvo.

—¿Qué naves?

El carretero se limpió el sudor de la frente con el dorso de la mano.

—Las del almirante. Las tres que van a las Indias o al fin del mundo o adonde sea que vaya ese hombre.

Llevan semanas metiendo madera, jarcia, clavos, bizcocho, toneles de agua.

Todo el puerto está patas arriba. Nosotros traemos la madera de los astilleros de Moguer, y volveremos con más la semana que viene.

—Se rio con la risa cansada de quien sabe que comerá un día más—.

Dicen que zarpa en agosto. Yo digo que en agosto no estará ni el primer barril bien estibado, pero a mí nadie me pregunta.

—¿Y la tripulación?

—Se están alistando. Unos vienen de Palos, otros de Moguer, otros de más lejos.

Hay peleas cada noche en la taberna del puerto porque los de fuera se creen con más derecho que los de dentro y los de dentro no se fían de nadie que no hable como ellos.

—El carretero chasqueó la lengua y azuzó al buey de cabeza—.

Mucho viaje y mucho preparativo para acabar cayéndose por el borde del mapa, si queréis saber mi opinión.