Capítulo 18
Camino de Palos
La cuarta mañana, un chiquillo descalzo se presentó en la posada con un trozo de cuero enrollado y la instrucción de entregarlo al hombre de la barba larga que pagaba bien.
Llegaba por una de las postas cifradas que Joaquín había dejado montadas antes de partir.
Del arriero de Moguer al aguador de la Macarena, del aguador al chiquillo, y del chiquillo a la posada.
Rodrigo le dio un maravedí y desenrolló el cuero sobre la mesa.
El mensaje estaba cifrado con la clave que Joaquín cambiaba cada tres días.
Rodrigo tardó una hora en descifrarlo, trabajando con la tabla que Joaquín le había dejado al marcharse y un cabo de vela que chisporroteaba cada vez que una gota de sudor le caía de la frente sobre la llama.
La caligrafía era apretada, torcida hacia la derecha, escrita con prisa o con mala luz.
El contenido cabía en cuatro líneas.
«Instalado en escribanía del puerto. Acceso a registros de tripulación.
Tres nombres nuevos en lista de la Santa María, sin historial de navegación.
Tinta reciente, grafía distinta del resto.
No hay rúbrica en los documentos, pero la mano es la misma que en Sevilla.
Necesito ojos. La partida se fija para agosto».
Rodrigo releyó el mensaje dos veces. Lo memorizó y lo acercó a la llama. El cuero se retorció, se oscureció por los bordes y desprendió un olor acre que le picó en la garganta. Las cenizas cayeron sobre la madera.
Joaquín estaba en Palos. Joaquín había encontrado lo que Rodrigo temía encontrar.
Piezas movidas en los listados de tripulación, hombres sin historial insertados en las naves de la expedición.
Ya no era tinta sobre papel viejo. Eran hombres en un barco.
El sabotaje había llegado donde la expedición dejaba de ser idea y se hacía madera, clavos, velas, carne.
—Partimos mañana —dijo Rodrigo.
Mateo, Diego y Miguel lo miraron. Rodrigo desplegó sobre la mesa la libreta de cuero y pasó las hojas hasta el mapa que Joaquín había dibujado de Palos antes de partir. El puerto, los tres muelles, la posición de los almacenes, las tabernas donde se reunían los marineros.
—Joaquín ha encontrado tres nombres falsos en la lista de tripulación de la Santa María .
Hombres sin historial de navegación, insertados con tinta distinta.
Nadie los ha firmado, pero la caligrafía es la misma que hemos visto en los documentos de Sevilla.
Mendoza ya tiene gente dentro de las naves.
—Tres hombres —dijo Diego, inclinándose sobre el mapa—. ¿Marineros o pasajeros?
—Marineros. Alistados en la tripulación. Eso significa acceso a la bodega, a los pertrechos, a la sentina. Si están ahí para sabotear, pueden pudrir el agua dulce, aflojar la estopa de los cascos o dañar la jarcia desde dentro sin que nadie lo note hasta que sea demasiado tarde.
Mateo golpeó la mesa con el nudillo.
—¿Y qué pide Joaquín?
—Ojos. Está solo y no puede vigilar tres naves a la vez. Necesita que lleguemos.
—Entonces dejemos de hablar y empecemos a cargar —dijo Mateo, y se levantó de golpe, como si llevara semanas esperando esa orden.
Nadie preguntó más.
Esa noche, Miguel fingía dormir. Rodrigo lo supo por la respiración.
Demasiado regular, demasiado controlada, el ritmo forzado del que finge dormir y no engaña a nadie.
Mateo sí dormía, con un ronquido que ni una carga de caballería habría interrumpido.
Diego estaba fuera, en el callejón, haciendo la primera guardia.
Rodrigo esperó. Al cabo de un rato, Miguel se incorporó de la manta. Se sentó con las rodillas recogidas contra el pecho y los brazos cruzados encima, mirando la pared del fondo donde la llama dibujaba sombras que no se parecían a nada.
—Capitán —susurró—. ¿Estáis despierto?
—Sí.
Miguel se quedó un momento sin hablar. Rodrigo no lo forzó. El muchacho hablaría o no hablaría.
—Cuando lo sacamos del agua… cuando le vi la espalda…
he estado pensando en una cosa. —Miguel bajó la voz hasta que fue apenas un hilo—.
Gaspar habló con nosotros porque le prometimos que nadie haría preguntas.
Eso le dijimos. Que no haría falta que se preocupara.
Y ahora está muerto, y lo último que le prometimos resultó ser mentira.
Rodrigo se sentó en el borde del catre. La vela parpadeó.
—No le prometimos seguridad. Le prometimos discreción. Son cosas distintas.
—Para él no lo fueron.
Rodrigo no respondió de inmediato. Miguel tenía razón.
—No —admitió Rodrigo—. Para él no lo fueron.
—¿Esto va a pasar más veces? —preguntó Miguel—. Lo de que alguien nos ayude y después aparezca muerto.
—Es posible.
—¿Y seguiremos pidiendo ayuda?
—Sí. Porque la alternativa es no pedirla, y entonces Mendoza gana sin que nadie le toque.
Miguel se abrazó las rodillas con más fuerza.
Rodrigo lo observó a la luz de la vela. El perfil joven, la boca cerrada en una línea fina, los ojos fijos en la pared sin verla.
Hacía un año, en Granada, aquel muchacho no habría hecho esas preguntas.
No porque no las tuviera, sino porque no habría sabido formularlas.
Ahora las formulaba, y cada una abría una grieta por donde se le escapaba la parte del mundo que todavía tenía sentido.
Rodrigo había pasado por aquello quince años atrás.
Las preguntas se le habían acabado un día sin que ninguna respuesta llegara.
Cuando miraba a Mendoza, reconocía la cara de un hombre que había dejado de hacérselas mucho tiempo antes.
—Duerme —dijo—. Mañana necesito que estés entero.
Miguel no se movió. Rodrigo lo miró en la penumbra. Era el más joven. El que más tenía que perder.
—Miguel.
—¿Capitán?
—Lo que le pasó a Gaspar no te va a pasar a ti. No mientras yo esté al mando.
Miguel no respondió. La mandíbula se le aflojó y los hombros bajaron medio palmo. Se tumbó de nuevo en la manta. Esta vez no fingió. La respiración se le fue haciendo más lenta, más honda, hasta que se perdió entre el ronquido de Mateo y el crujido de la madera.
Rodrigo se sentó frente a la mesa con la llama baja. La posada estaba vacía de ruido salvo por el chasquido de las vigas que se enfriaban después de un día al horno. Diego ocupaba la silla del rincón con los ojos cerrados y la respiración controlada. Descansaba sin soltar la guardia.
Rodrigo sacó la libreta de cuero y repasó los nombres por última vez. Mendoza. Spínola. Galván. Moncada. Fonseca y Gaspar, dos nombres tachados con una línea fina al margen de la libreta. Y por encima de todos, la sombra de Espinosa en la corte, moviéndose en un tablero que él solo veía en parte.
De aquellos seis hombres que habían cruzado las calles de Granada juntos, quedaban cuatro en esta habitación.
Jaime en un hospital de Granada del que no llegaban noticias, y Hernando lejos, con una pierna menos.
Joaquín se había sumado después, en Santa Fe, y había llenado un hueco distinto al de los dos, el de alguien capaz de leer lo que los demás no ven.
Pero los huecos de Jaime y Hernando seguían abiertos.
La distribución de la habitación lo delataba.
Quedaba un espacio vacío contra la pared del fondo, donde habría cabido un hombre con las piernas estiradas y una maza apoyada en la rodilla.
Nadie se había sentado ahí. Nadie se sentaría.
Rodrigo cerró la libreta. Pensó en Joaquín, solo en Palos con su cuaderno y su pluma, entrando en sitios donde nadie lo había invitado, leyendo lo que nadie le había enseñado, construyendo el mapa que Rodrigo necesitaba para actuar.
Un hombre que parecía funcionario y pensaba como maestre de campo.
Si algo le pasaba, perdería más que un cifrador.
Perdería a la única cabeza que veía lo que él no alcanzaba. Y a un amigo.
Se tocó el pecho por costumbre. La carta ya no estaba.
«No importa. Ya ha servido. Ahora quedan mis hombres y lo que saben hacer».
Se tumbó sobre el catre sin quitarse las botas. El techo era una mancha oscura que la vela apenas tocaba. Cerró los ojos y vio la espalda de Gaspar, la camisa rajada, la marca grabada en la piel.
El sueño le llegó a ratos, roto cada poco por la misma imagen.
Horas antes, esa última noche en Sevilla, Rodrigo había quemado los papeles que no podían viajar.
Las notas sueltas, los borradores de la tabla de cifrado, los apuntes que Joaquín había dejado en la posada antes de adelantarse.
Todo fue al brasero de la cocina, que a esas horas ya no calentaba la cena de nadie.
El humo olía a pergamino y a sebo de vela, y se mezcló con el aire caliente de la noche hasta perderse en él.
Los cuadernos cifrados, los que contenían los nombres y las rutas y las marcas, esos viajaban con ellos, envueltos en hule y repartidos entre los morrales para que ningún caballo cargara con todo el trabajo de cinco meses.
Mateo preparó las armas sin decir palabra.
Revisó el filo del montante con el pulgar, lo enfundó, se ajustó el messer al cinto izquierdo y guardó la piedra de afilar en el morral como si fuera más valiosa que el pan.
Diego envolvió el arco en la tela encerada que lo protegía del polvo y la humedad, contó las flechas —diecisiete— y las distribuyó entre el carcaj y una bolsa de cuero atada a la silla.
Miguel se cambió el jubón militar por la casaca de paño pardo, se quitó las espuelas de las botas y guardó el cuchillo de campaña en la caña derecha, donde la mano lo encontraba sin buscarlo.
Rodrigo recorrió la habitación con la mirada.
Cinco meses en aquella posada. El catre donde había dormido vestido más noches de las que podía contar.
La mesa donde Joaquín había llenado cuadernos hasta que la caligrafía se le fue haciendo tan pequeña que necesitaba lupa para releer lo que había escrito.
La silla del rincón donde Diego se sentaba con los ojos cerrados y los oídos abiertos.
—¿Listos? —preguntó Rodrigo.