Capítulo 17 #2
Rodrigo puso la carta sobre el escritorio sin decir palabra. El escribano vio el lacre rojo, reconoció el sello real y se levantó tan deprisa que volcó el tintero. No lo recogió. Salió por detrás y volvió con el corregidor antes de que la tinta dejara de gotear al suelo.
El corregidor era un hombre de unos cincuenta años, con las manos manchadas.
Ya había visto demasiados documentos para impresionarse con uno más.
Cogió la carta, examinó el sello y lo rompió con la uña del pulgar.
Desplegó el pergamino y leyó. Volvió a leer, pasándose el dorso de la mano por la frente. Algo le cambió en la cara.
—¿Qué necesitáis? —preguntó.
—Cuatro detenciones y una confiscación. Esta noche, antes de que nadie pueda avisar a nadie.
—Rodrigo se inclinó sobre el escritorio—.
Primera: Ferrán Moncada, supervisor de la oficina de aprovisionamiento del puerto, por falsificación de despachos de suministro.
Estará en su casa de la calle de la Aduana, como todas las noches.
Segunda: Lorenzo Spínola, mercader genovés, por contrabando de mercancía portuguesa sin registro de aduana castellana.
Su almacén está en el muelle de poniente, con enseña de dos leones y un ancla.
Tercera: un hombre llamado Galván, correo de Spínola, que duerme en la trastienda del almacén.
Cuarta: un escribano llamado Fonseca, del barrio de San Vicente, por custodia de documentos vinculados a operaciones contra la Corona.
Su escribanía tiene un armario cerrado con cerradura de hierro nueva; dentro están los papeles que necesitamos.
Y quiero el almacén de Spínola sellado y su contenido inventariado hasta el último clavo.
—Y una quinta —añadió Rodrigo—. La casa del capitán Álvaro Mendoza, en la Puerta de Triana.
Entre el taller del guarnicionero y el almacén de aceite, balcón de forja en la segunda planta.
Registro completo, desde la bodega hasta la azotea.
Si está dentro, detenedlo. Si no está, quiero cada papel, cada cofre y cada arma que encontréis.
El corregidor no preguntó por qué.
—Necesitaré todos los alguaciles de la guarnición.
—Usad los que haga falta. Pero que salgan a la vez. Si detenéis a uno antes que a los demás, los otros se enterarán y desaparecerán antes del amanecer.
El corregidor dejó la carta sobre el escritorio y mandó llamar al alguacil mayor.
Salieron con veinte alguaciles repartidos en cuatro grupos, cada uno con un escribano y la orden sellada. Diego guio al grupo del almacén de Spínola. Rodrigo acompañó al que iba a por Moncada.
Lo encontraron donde siempre, en su casa, cenando solo frente a un plato de migas que se le enfriaban en la mesa.
Los pasos de los alguaciles resonaron contra las baldosas del corredor antes de que entraran.
Moncada levantó los anteojos y miró a Rodrigo.
No se incorporó. Dejó la cuchara sobre la mesa y esperó.
—Levantaos —dijo el alguacil mayor.
Moncada se levantó. No protestó. No pidió explicaciones. Miró el plato de migas sobre la mesa, el vino a medio beber, la servilleta que había dejado caer al suelo. Luego miró a Rodrigo.
—Él os destruirá —dijo Moncada, en voz baja—. Mendoza os destruirá a todos.
—Que lo intente —dijo Rodrigo.
Se lo llevaron con las manos atadas por delante y el paso arrastrado de no tener prisa por llegar a ningún sitio.
Diego fue el primero en volver, dos horas después. Traía sangre seca en el antebrazo derecho y respiraba despacio, con la pelea ya atrás.
El almacén no estaba cerrado cuando llegaron.
Dos hombres de Spínola aguardaban en el umbral con las espadas desenvainadas, apostados a ambos lados del portón.
Diego los vio antes de que ellos lo vieran a él.
Mandó a los alguaciles detenerse en la bocacalle, tensó el arco y avanzó pegado al muro.
A diez pasos soltó la flecha. La punta entró sin cabeceo por el hueco entre el esternón y la clavícula del guardia de la izquierda y asomó un palmo por el omóplato contrario.
El hombre se llevó las dos manos al asta y se desplomó contra el quicio con la boca llena de una tos que ya era sangre.
El segundo soltó el grito y cargó. Diego no tuvo tiempo de armar otra saeta.
Dejó caer el arco, sacó el cuchillo corto del cinto y lo esperó en la mitad de la zancada.
El guardia lanzó el tajo alto. La punta le mordió a Diego el antebrazo derecho al paso, un corte somero que abrió la tela y trazó una línea de sangre sobre la piel.
Diego no se detuvo. Se torció por debajo, le enganchó el cuello con el brazo izquierdo desde abajo y metió la hoja corta bajo las costillas del lado derecho, hacia arriba, buscando el pulmón.
Empujó hasta el puño. El hombre soltó el aire con un pitido largo. La espada cayó antes que el cuerpo.
Dos movimientos. Los alguaciles aún doblaban la esquina cuando Diego ya limpiaba la hoja contra el paño del guardia muerto.
Dentro, encontraron treinta y seis barriles con marca portuguesa sin registro de aduana, catorce cajas de cáñamo sin albarán y un cofre con documentos cifrados que los escribanos no pudieron leer.
Spínola estaba dentro cuando entraron. Intentó salir por el portón trasero del callejón y se encontró con dos alguaciles que Diego había tenido la precaución de mandar por detrás.
Lo detuvieron sin resistencia. No dijo una palabra.
Se limitó a mirar a Diego y a calcular cuánto le costaría salir de esta.
Al salir, los alguaciles sellaron el portón.
—¿Galván? —preguntó Rodrigo.
—No estaba —dijo Diego—. El jergón de la trastienda estaba caliente. Se marchó hace poco.
Galván era el único que se les había escurrido. Se movía de noche y nunca estaba donde lo esperaban.
El grupo de la Puerta de Triana volvió solo con un informe.
La casa estaba vacía. El balcón de forja seguía cerrado, las contraventanas atrancadas por dentro desde el primer piso, los muebles cubiertos con lienzos de polvo.
En la mesa de la sala alta, un cofre de madera barnizada con incrustaciones de metal, abierto y vacío.
Sobre el hogar, ceniza reciente de papel quemado, más de una hornada.
Habían ardido documentos durante dos noches seguidas.
Rodrigo lo encajó sin sorpresa. Había calculado los dos días de silencio y el edificio en quietud.
Mendoza había estado cerrando las habitaciones pieza a pieza desde que Galván volvió con el cofre en las manos y el nombre de Gaspar entre los dientes.
El último grupo volvió sin prisionero. Fonseca estaba muerto en su casa, en la cama, con la puerta sin echar el cerrojo.
Llevaba tendido al menos un día, quizá dos.
La piel cérea, la mandíbula ya floja, el olor agrio de la habitación cerrada en pleno julio.
No había marcas visibles ni signos de lucha.
La jarra de vino junto al catre estaba medio vacía y olía a algo que no era solo uva.
El armario de la escribanía, en cambio, estaba intacto.
Legajos, cartas, registros con sellos que no correspondían a ninguna oficina oficial.
El escribano del corregidor necesitó dos cofres para cargarlo todo.
Mendoza había limpiado al hombre, no los documentos.
No había tenido tiempo, o no sabía lo que Fonseca guardaba por su cuenta.
Cuando Rodrigo volvió a la posada, Mateo y Miguel tenían los morrales cerrados, las armas enfundadas y los caballos ensillados en el patio trasero.
—¿Cuántos? —preguntó Mateo.
—Dos presos, un cadáver y un fugitivo.
Mateo no pidió detalles. Miguel sí.
—¿Quién está muerto?
—El escribano. Envenenado antes de que llegáramos. Mendoza le mandó el vino el mismo día que Galván le llevó de vuelta el cofre. Sabía que Fonseca era el que más papel guardaba y el que menos aguantaba un interrogatorio. Un muerto en su casa levantaba menos sospechas que un fugitivo.
—Y Galván directo a Mendoza —dijo Mateo.
—Que le lleve la noticia. Que sepa lo que se siente.