Capítulo 17
Oro y desprecio
Cuando Rodrigo llegó a la posada, Galván lo esperaba.
Estaba sentado en el banco de piedra frente al portal, con las piernas cruzadas y un cofre de madera barnizada sobre las rodillas.
Las incrustaciones de metal afilaban la luz del mediodía en destellos breves.
Lo rodeaban dos hombres de pie, uno a cada lado, con las manos a la vista y la mirada fija en la calle.
No eran estibadores. Tenían el porte ancho y las muñecas gruesas. Cobraban por pegar, no por cargar.
Rodrigo se detuvo a diez pasos. Evaluó. La entrada de la posada a su derecha, la bocacalle a su izquierda, los dos guardias, Galván sentado. Diego estaría dentro, o estaría viéndolo desde algún punto que él no necesitaba conocer para saber que estaba ahí.
Galván se levantó. Era un hombre bajo, de hombros anchos y cuello corto, con las manos callosas y un rostro que había aprendido a no decir nada. Llevaba una capa de paño pardo que en julio era un absurdo y solo tenía sentido si tapaba algo debajo.
—Salazar —dijo Galván.
—No recuerdo haberte invitado a mi puerta.
—No hace falta invitación para entregar un regalo. —Levantó el cofre con las dos manos, ofreciéndolo—. De parte de quien ya sabéis. Por los servicios a la Corona. En señal de buena voluntad y por si hace falta dormir más tranquilo.
Rodrigo no miró el cofre. Miró a Galván. Después miró a los dos guardias. El de la izquierda tenía una cicatriz que le cruzaba la ceja hasta la mejilla. El de la derecha, un cuchillo mal escondido bajo el cinturón.
—Buena voluntad, claro… —repitió Rodrigo.
—Mi señor quiere que sepáis que vuestro trabajo se aprecia. Y que hay
caminos que conviene andar y otros no. —Dejó el cofre sobre el banco—. Monedas castellanas y dos piedras engarzadas en plata. Suficientes para que un hombre como vos se retire con dignidad.
—¿Retirarse?
—O continuar. Pero en otra dirección —corrigió Galván.
Rodrigo dio tres pasos hacia delante. Los guardias tensaron los hombros. Galván no retrocedió. Rodrigo se detuvo a la distancia justa para obligarlo a levantar la barbilla.
—Dile a tu patrón que su buena voluntad flota en el muelle de poniente con el cuello roto y su firma en la espalda.
Dile que Rodrigo de Salazar no se compra, no se retira y no se asusta con muertos ajenos.
Y dile que la próxima vez que me mande un recadero, se asegure de que no huela a la misma mierda que el último regalo que dejó en el río.
El hombre no cambió de expresión. Recogió el cofre con la misma calma con que lo había dejado, lo sujetó con ambas manos y asintió una sola vez.
—Se lo diré. Tal cual. —Hizo una pausa breve, como si la frase que venía fuera de cosecha propia y no del patrón—. Pero sabed que rechazar a mi señor tiene su precio. Y que la buena voluntad solo se ofrece una vez.
Se marchó por la bocacalle con los dos guardias detrás.
Rodrigo entró en la posada. Diego estaba junto a la ventana interior, con el arco tensado a medias y una flecha apoyada en la cuerda. La distancia desde la ventana al banco de piedra era de quince pasos. Tiro fácil, sin viento, sin obstáculo.
—Después del cadáver, esto —dijo Diego, aflojando la cuerda—. Galván, dos guardias y un cofre.
—Lo sé. Aviso primero, oferta después. Mendoza está midiendo hasta dónde llego.
—¿Y ahora?
—Ahora esperamos a ver qué hace cuando Galván le repita lo que le he dicho. Un hombre al que le rechazan el dinero y le escupen el muerto en la cara tiene dos opciones, atacar o esperar. Y los dos caminos nos dicen cosas distintas.
Diego salió detrás de Galván sin que nadie se lo pidiera. Dejó el arco dentro, cogió el cuchillo de cinto y se deslizó por la bocacalle lateral como si saliera a comprar pan. Rodrigo lo perdió de vista en tres pasos. Mateo y Miguel se quedaron en la posada, con el cerrojo echado y las armas a mano.
Diego volvió dos horas después con la información que Rodrigo necesitaba.
—Galván fue directo a la casa de Triana. Sin desvío, sin parada, sin mirar atrás. Los dos guardias se quedaron fuera, apoyados en la puerta trasera. Entró él solo con el cofre. Tardó en salir.
—¿Cuánto?
—Más de lo que dura un encargo. Cuando salió, traía el gesto descompuesto. El cofre se quedó dentro. Le temblaba la mano izquierda al echar el picaporte.
—¿Salió alguien más?
—Nadie. Pero los postigos del balcón se abrieron un momento, el que hace falta para mirar la calle y cerrar de nuevo. Lo vi desde el callejón de enfrente.
Mendoza había recibido el mensaje, y la primera reacción había sido comprobar si la calle estaba limpia. No mandar hombres ni otra oferta. Solo mirar y calcular.
Mendoza callaba en Sevilla mientras tenía hombres en Palos. La trampa se estaba cerrando en otra parte.
Al amanecer, Diego volvió a la casa de la Puerta de Triana. Pasó la mañana en la azotea del guarnicionero de enfrente y regresó al mediodía con un informe breve. Nadie había entrado, nadie había salido, los postigos seguían cerrados. Mendoza continuaba dentro. Quieto. Como un animal que digiere.
El segundo día fue igual. Diego y Mateo se relevaron en guardias de seis horas y ninguno trajo nada distinto. La fachada permanecía cerrada sobre sí misma.
—O está esperando —dijo Rodrigo— o está preparando.
—¿Qué diferencia hay? —preguntó Mateo desde el jergón, con el paño de cuero detenido sobre la hoja del cuchillo.
— El que espera todavía busca una excusa. El que afila la hoja ya ha elegido a sus muertos.
Rodrigo llenó los dos días con trabajo de cierre, porque ya entonces sabía —aunque no lo hubiera dicho en voz alta— que Sevilla se acababa.
Visitó la oficina de aprovisionamiento del puerto una última vez, con el pretexto de revisar unas firmas de embarque que nadie le había pedido que revisara.
Moncada estaba en su puesto, detrás de la mesa de roble, firmando lo que le ponían delante porque firmar era más fácil que leer.
Lo observó desde la puerta. Los dedos manchados de tinta, los anteojos que se resbalaban por la nariz sudorosa, el gesto mecánico con que mojaba la pluma sin mirar el tintero.
Rodrigo memorizó la posición de los legajos, las iniciales que Moncada escribía al margen de cada despacho y el nombre del escribiente de la sala contigua.
Todo eso iría al hombre de Diego en el puerto, junto con la instrucción de informar si algo cambiaba.
Mandó a Miguel hasta los almacenes de poniente a comprobar si los movimientos de Spínola se habían alterado desde la muerte de Gaspar.
Miguel volvió al mediodía con la respuesta.
Nada había cambiado. Los carros seguían entrando, Galván seguía firmando albaranes, los jornaleros seguían descargando con el ritmo de siempre.
—Es como si no hubiera pasado nada —dijo Miguel, dejando las botas polvorientas junto al umbral.
—Para ellos no ha pasado —dijo Rodrigo—. Gaspar era un simple peón. Lo quitaron porque estorbaba, y todo sigue igual.
La segunda tarde, Diego hizo algo que no le habían pedido.
Volvió a la escribanía de Fonseca, en San Vicente, con el pretexto de recoger una copia notarial que nunca había encargado.
Fonseca no estaba. El escribiente que lo atendió era nuevo, un muchacho de pelo claro y ademanes inseguros que llevaba una semana en el puesto y no sabía responder a ninguna pregunta sobre los documentos que entraban y salían del armario cerrado.
Diego le compró un vaso de vino en la taberna de enfrente y le sacó lo que pudo.
Fonseca no aparecía por la escribanía desde la víspera.
—Fonseca no ha abierto —dijo Diego al volver—. Desde ayer. Justo después de que Galván le contara lo que le dijiste.
—No va a abrir —corrigió Rodrigo—. Mendoza está limpiando. Retira las piezas que pueden hablar antes de que alguien las haga hablar.
Mendoza no estaba esperando. Estaba cerrando Sevilla con el mismo método con que había cerrado la vida de Gaspar. Cuando terminara, lo único que quedaría sería el almacén de Spínola abierto, Moncada firmando en su oficina y una calma tan espesa que nadie recordaría que había habido ruido.
Miguel levantó la vista del cuchillo que estaba afilando. La piedra raspaba el acero con un ritmo constante, sin vacilar, sin corregir el ángulo.
—Nosotros también podemos elegir el momento —dijo—. Si dejamos de esperar a que él se mueva.
Rodrigo lo miró. Mateo y Diego también. Era una frase que tres meses atrás Miguel no habría pronunciado delante de hombres con veinte años en el oficio.
—Explica —dijo Rodrigo.
Miguel dejó el cuchillo sobre la rodilla.
—Él espera que nos quedemos en Sevilla, vigilándole el portal, siguiendo a Galván, contando carros. Es lo que hemos hecho estos meses. Si desaparecemos de golpe, no sabrá dónde estamos. Y cuando venga a buscarnos, estaremos en otro sitio.
—O envía más hombres a Palos para buscarnos allí —dijo Diego.
—Entonces que los envíe. —Miguel no soltó el cuchillo de la rodilla—. En Palos tenemos a Joaquín. Aquí no tenemos a nadie más que a nosotros mismos y a un informante muerto.
El silencio fue breve.
—Tiene razón —dijo Rodrigo.
Esa misma tarde, Rodrigo sacó la carta de Isabel del forro de la camisa. La puso sobre la mesa y los cuatro la miraron. El lacre rojo seguía intacto, con el sello del anillo de la reina hundido en la cera.
—¿Estás seguro? —preguntó Diego.
—Mendoza ha firmado un cadáver con su marca. Ya no es una operación de tinta. Es guerra. Y aquí no me queda más arma que esta carta.
—Diego, ven conmigo. Mateo, Miguel, recoged todo lo que no pueda quedarse. Cuando volvamos, nos vamos.
Rodrigo y Diego cruzaron Sevilla a paso largo, sin capas, sin armas visibles.
El bochorno de la tarde hacía temblar las calles y los pocos transeúntes se pegaban a las sombras.
Llegaron a la casa del corregidor por la puerta de servicio.
El escribano de guardia los miró con desconfianza.
Nadie llamaba a esa puerta después del mediodía.