Rodrigo de Salazar: Enemigo sin bandera (Rodrigo de Salazar 1) Capítulo 16
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Capítulo 16

La marca en la carne

El calor despertó a Rodrigo antes que la luz.

Llevaba noches durmiendo con la ventana abierta y siempre había sido igual.

El aire de julio entraba en la habitación cargado de humedad y de río, espeso como aliento de bestia, y se quedaba pegado a la piel sin refrescar nada.

La posada olía a sebo viejo, a vino derramado en la madera y al encierro de cuatro hombres que dormían vestidos porque desvestirse era perder tiempo que quizá no tendrían.

Se incorporó en el catre. La camisa se le pegaba al pecho y al costado donde la carta de Isabel abultaba bajo la tela. El pergamino llevaba meses ahí, con el lacre firme y los bordes reblandecidos por tantas noches contra el pecho. Se lo tocó con los dedos, por costumbre.

Desde la silla del rincón, Diego lo miraba despierto, el arco apoyado en la pared a su derecha. No se había quitado las botas. Tenía el pelo oscuro pegado a las sienes y la cara húmeda.

—¿Cuánto llevas despierto? —preguntó Rodrigo.

—No me he acostado.

Rodrigo no preguntó por qué.

Mateo roncaba en el catre de enfrente con el montante cruzado sobre el pecho. Lo abrazaba con los dos brazos, la empuñadura bajo la barbilla.

Miguel dormía en el suelo, sobre una manta doblada, con el cuchillo de campaña al alcance de la mano y la respiración honda, acostumbrado a dormir en cualquier superficie.

La ausencia de Joaquín se notaba en el silencio.

En el hueco que dejaba. La silla junto a la mesa, sin cuaderno abierto, sin tintero, sin pluma secándose sobre un paño.

Ni una carta, ni un mensaje, ni una señal.

Rodrigo confiaba en él más que en cualquier hombre vivo. Pero seguía sin saber dónde estaba.

Diego se levantó de la silla con el movimiento fluido y silencioso de siempre. Se acercó a la ventana y miró hacia el callejón. El amanecer teñía las paredes de un amarillo sucio que prometía otro día sin sombra.

—Anoche bajé al muelle —dijo, sin girarse.

—¿A qué hora?

—Después de la segunda guardia. Quería comprobar si Galván seguía moviendo carros de noche.

Hizo una pausa. Se giró desde la ventana. La luz le cortaba la cara en diagonal, media cara en sombra, media cara en un amarillo que le endurecía los rasgos.

—No encontré a Galván. Encontré a Gaspar.

El nombre tardó un instante en encajar. Gaspar. El estibador del muelle de poniente que les había dado el aviso sobre Spínola a cambio de que no preguntaran por sus deudas.

—¿Dónde?

—Flotando. Enganchado en las cuerdas de amarre del embarcadero de poniente, boca abajo, con las piernas colgando en el agua y la espalda al aire.

Rodrigo se sentó en el borde del jergón. El calor seguía pegado a la piel, pero algo frío se le asentó en el pecho.

—¿Ahogado?

—No. —Diego bajó la voz medio tono—. Cuello roto. Sin marcas de pelea en las manos ni en los brazos. Lo agarraron por detrás y giraron. Un golpe, un ruido, y al agua. El cuerpo estaba colocado, capitán. No tirado. Colocado.

Mateo había dejado de roncar. Estaba despierto, con las manos quietas sobre el montante, escuchando sin moverse.

—Hay algo más —dijo Diego.

Rodrigo lo miró.

—Le habían rajado la camisa desde la nuca hasta la cintura —dijo Diego—.

Y debajo, tallados con algo afilado —un cuchillo fino, una daga de muelle—, tres líneas paralelas, una diagonal y un punto.

Bordes limpios, casi sin sangre, la piel sin retraerse.

Se los hicieron después de matarlo. Primero el cuello, luego los cortes.

No llevaba muerto más de cuatro o cinco horas.

Miguel se incorporó de la manta con los ojos pegados de sueño, pero lo bastante despierto para entender que lo que estaba oyendo no era conversación de mañana.

Rodrigo se frotó la barba, más larga de lo que recordaba. La marca de Mendoza. La que habían rastreado desde los documentos de Granada hasta los registros del puerto. Pero ya no estampada en tinta. Tallada en carne.

—Ha cambiado las reglas —dijo Rodrigo.

Mateo se sentó en el catre. El montante le resbaló de las piernas y golpeó el suelo con un sonido metálico que nadie se molestó en amortiguar.

—Eso no es cambiar las reglas. —Mateo tenía la mandíbula trabada—. Eso es decir que no las hay.

—Sabe que Gaspar habló con nosotros. Cómo lo supo no me consta. La marca lo dice —dijo Diego.

—El mensaje está claro —dijo Rodrigo—. Quien nos ayuda, muere. Y quiere que lo sepamos.

Miguel se había puesto de pie. Tenía la manta arrugada en la mano y la miraba como si no supiera qué hacer con ella. La dejó caer al suelo.

—¿Vamos a dejar que se lo lleven sin más? —preguntó Miguel—. A Gaspar. ¿Alguien va a reclamarlo?

—Gaspar no tiene a nadie que lo reclame —dijo Diego—. Debía seis meses de alquiler y no tenía familia en Sevilla. El alguacil del muelle no preguntará.

—Nosotros hemos visto la marca —dijo Miguel.

Rodrigo lo observó. El muchacho había cambiado en los meses de Sevilla. Pero buscaba un responsable, alguien a quien llevar la cuenta del cadáver.

—Vestíos —dijo Rodrigo—. Diego, llévame al muelle.

Bajaron los tres: Rodrigo, Diego y Mateo.

Miguel se quedó en la posada, vigilando la puerta, con la instrucción de no abrir a nadie que no diera el golpe convenido.

El callejón estaba vacío a esa hora. El sol no había rebasado los tejados y las sombras todavía cubrían el empedrado, pero el bochorno ya estaba ahí, agazapado en las paredes y en el aire quieto, esperando a que la luz lo desatara.

Diego los guio por la ruta que había usado de noche: calles secundarias, un portillo trasero junto a la tenería vieja, el pasadizo que daba al muelle de poniente por detrás de los almacenes de sal.

El olor del río llegó antes que la vista.

Lodo y madera podrida. A esa hora, los estibadores aún no habían empezado y el muelle estaba casi vacío.

Un par de pescadores remendaban redes en la orilla opuesta.

Una gabarra cargada de leña se mecía contra los postes de amarre con un crujido lento y constante.

Gaspar estaba donde Diego lo había descrito. Enganchado por la camisa en una de las cuerdas de amarre, boca abajo, con las piernas sumergidas hasta los muslos y los brazos colgando en el agua como ramas de un árbol volcado. La corriente le mecía el cuerpo con una suavidad obscena.

Rodrigo se agachó en el borde del embarcadero. Mateo se quedó dos pasos atrás, con la mano en el pomo del messer y la cabeza girando con lentitud en busca de testigos por el embarcadero. Diego se colocó al otro lado, tapando la escena con su cuerpo por si alguien miraba desde las barcazas.

La camisa estaba rajada desde la nuca hasta la cintura, tal como Diego había dicho.

La tela se abría en dos mitades empapadas que el agua lamía contra los costados del cuerpo.

Debajo, la espalda mojada por el chapoteo tenía el blanco azulado de las primeras horas.

Y en el centro, entre las paletillas, el corte.

Tres líneas paralelas de unos cuatro dedos de largo, una diagonal que las cruzaba de izquierda a derecha, y un punto debajo, a la derecha del ángulo.

Los bordes de las incisiones estaban limpios, con apenas un rastro de sangre reseca al filo del tajo, abiertos en cuero muerto que ya no responde a la hoja.

Ninguna hinchazón, ningún reborde vivo. La piel cedía a la presión sin sangrar y sin retraerse.

No eran cortes profundos. No necesitaban serlo.

Habían sido hechos con un cuchillo fino y una mano firme, sin prisa, con la presión justa para abrir el cuero y marcar la grasa sin llegar al músculo.

Quien lo hubiera hecho sabía exactamente hasta dónde cortar para que el signo se leyera en un cadáver.

Rodrigo le examinó las manos. Las tenía hinchadas por el agua, con los dedos abiertos y las uñas oscurecidas. No había piel ajena debajo de las uñas,

ni arañazos en los antebrazos, ni marcas de ataduras en las muñecas. Gaspar no se había defendido.

Se incorporó. Las rodillas le crujieron al levantarse y la luz le cayó sobre la nuca con un calor que empezaba a morder.

—Hay que sacarlo del agua antes de que los estibadores lleguen —dijo—. Si el alguacil lo encuentra así, hará preguntas. Si lo encuentran los estibadores, no harán ninguna.

Mateo y Diego lo sacaron entre los dos, tirando de la camisa y de los calzones, sin hablar y sin mirarse.

El cuerpo pesaba más de lo que debería, con la ropa empapada y la carne inerte tirando hacia abajo.

Lo dejaron boca arriba sobre los tablones, detrás de un montón de cabos enrollados que lo ocultaban de la vista.

Rodrigo le cerró los ojos con el pulgar y el índice. Fue el único gesto que se permitió.

—Que alguien lo encuentre mañana —dijo—. Para entonces, ya no importará quién pregunte.

Volvieron a la posada en silencio. Mateo caminaba con los puños cerrados.

Cada pisada contra el empedrado era un golpe que no podía darle a nadie.

Rodrigo caminaba entre los dos pensando en las manos de Gaspar, abiertas y vacías en el agua, y en los cortes de la espalda, trazados como una firma al pie de un documento.

Cuando llegaron a la posada, Miguel les abrió la puerta. Rodrigo entró último, se quitó la capa y la dejó sobre la mesa.

—Seguimos trabajando —dijo—. Gaspar no necesita venganza. Necesita que lo que nos dio sirva para algo.

Mateo se levantó del jergón. La habitación se volvió más pequeña cuando lo hizo. Se acercó y apoyó los nudillos sobre la madera.

—Dime que en algún momento voy a poder tocar a ese hijo de perra. Dime eso y espero lo que haga falta.

Rodrigo sostuvo la mirada de Mateo sin parpadear.

—Llegará. Pero será con pruebas delante y una orden detrás. No como un ajuste de cuentas en un callejón.

—Gaspar no tenía ni pruebas ni orden. Y está muerto.

—Exacto. Y nosotros no vamos a funcionar como Mendoza. El día que lo hagamos, habrá ganado él.

Mateo no respondió. Se apartó y volvió a su rincón. Cogió el montante del suelo y empezó a pasarle el paño de cuero por la hoja, con un movimiento repetitivo, mecánico.

Más tarde, cuando el sol ya cortaba el callejón en dos mitades —una de sombra y otra de luz que hacía arder las piedras bajo las suelas—, Rodrigo salió solo. Necesitaba caminar.

Subió por la calle de las tenerías, donde el olor a curtiduría y a orines fermentados era tan denso que se mascaba. Cruzó el barrio de los toneleros y rodeó la Catedral por el flanco norte, donde los canteros seguían levantando andamios que no se terminarían en su vida ni en la de sus hijos.

Antes de volver, torció otra vez hacia el muelle.

El almacén de Spínola estaba cerrado a esa hora, la enseña de los dos leones y el ancla oscurecida bajo el alero.

Detrás de aquella puerta, los barriles con marca portuguesa seguían apilados junto a las cajas de cáñamo y las velas de Triana.

Rodrigo pasó sin detenerse, contando los pasos entre la esquina del almacén y el agua.

Doscientos pasos entre el dinero de Spínola y el cadáver que ese dinero había pagado.

Se detuvo junto al agua. Desde allí veía el amarradero.

Los estibadores habían empezado a trabajar, con los torsos desnudos y el sudor trazándoles surcos entre los omoplatos.

Ninguno miraba hacia el punto donde Gaspar había estado enganchado esa madrugada.

Para los estibadores era una mañana más: cargar, descargar, cobrar.

Siguió caminando.

Fue al cruzar la plaza junto a la fonda de los mercaderes cuando lo vio.

Mendoza salía del portal de una casa señorial acompañado por un hombre al que Rodrigo no conocía.

Bajo, de capa oscura, barba recortada y manos de escribano.

Fonseca. Tenía que ser Fonseca, el escribano de San Vicente, el que guardaba los legajos en el armario de cerradura nueva. Caminaban juntos pero no se hablaban.

Rodrigo se detuvo bajo el toldo de un puesto de especias. El olor a comino, a canela y a pimienta negra le llenó la nariz y le sirvió de cortina. Alrededor, los pregones de los mercaderes y un regateo cercano por algún fardo componían el rumor de la hora.

Desde allí, a treinta pasos, podía ver a Mendoza con toda la claridad de la luz de julio.

Era más joven de lo que recordaba. Treinta y cinco, quizás menos.

El pelo oscuro peinado hacia atrás, la mandíbula afilada, la vista recorriendo la plaza a una velocidad que descartaba amenazas y fijaba oportunidades en la misma barrida.

Vestía sin joyas ni bordados, con ropa que decía oficial menor y una postura que lo desmentía.

Todo en él estaba decidido de antemano. El paso, la compañía, la hora de salir a la calle.

Fonseca se despidió con una inclinación breve y se alejó hacia la calle de San Vicente. Mendoza se quedó un instante en el centro de la plaza, solo, con las manos enlazadas detrás. Y entonces giró la cabeza hacia el puesto de especias.

Sus ojos encontraron los de Rodrigo.

No hubo sorpresa en aquellos ojos. Ni alarma, ni tensión, ni el respingo de sentirse descubierto.

Solo reconocimiento. Mendoza lo miró un instante, como si ya contara con él.

Aguantó tres latidos. Después siguió caminando, despacio, sin alterar el paso, sin girar la cabeza de nuevo.

Cruzó la plaza, dobló la esquina y desapareció.

Rodrigo se quedó bajo el toldo. El especiero le preguntó si quería comino o pimienta.

No respondió. Estaba pensando en aquella mirada.

En la quietud que contenía. En la certeza de que Mendoza no había estado en la plaza por casualidad, y de que aquel cruce de miradas era tan deliberado como el cuerpo de Gaspar en el muelle.

Ahora lo tenía delante. En Granada había sido una silueta entre oficiales, una cara que Rodrigo recordaba sin nombre y un nombre que Joaquín había encontrado después sin cara.

En Sevilla había sido una dirección en la Puerta de Triana, un hombre que entraba y salía de una casa.

Ahora era las dos cosas juntas, el capitán del muro norte y el nombre de los documentos, de pie en una plaza, con el rostro sin tensión.

Había visto esa clase de quietud dos veces en su vida.

Una, en un capitán nazarí que organizó la evacuación de una torre mientras le caían balas de arcabuz a diez pasos.

La otra, en un verdugo de campaña que bebía vino entre ejecuciones con la misma mano que usaba para el hacha.

Mendoza la llevaba puesta sin esfuerzo aparente, integrada en la postura.

A Rodrigo lo inquietó la duración exacta de aquella mirada. Tres latidos. El tiempo justo para decir te veo, sé quién eres, no me importa.

Volvió hacia la posada por las calles de atrás, con el sol ya vertical y las sombras reducidas a charcos oscuros al pie de los muros.

La camisa se le pegaba a la espalda con el calor del mediodía.

Pensó en lo que le diría a Diego. Que había visto a Mendoza, que el otro lo había visto a él, y que aquel cruce de miradas era una declaración.

Pensó en lo que no le diría. Que por primera vez desde Granada, el enemigo tenía cara.