Capítulo 15 #3
Rodrigo estableció la nueva estructura esa misma noche.
Joaquín sería el enlace permanente con la Corte, manteniendo la ruta cifrada de postas que había construido durante los meses de vigilancia.
Diego seguiría controlando el muelle y los movimientos de Galván hasta el último día.
Mateo y Miguel cubrirían la casa de Triana en turnos alternos.
Y Rodrigo haría lo que llevaba semanas aplazando, entrar en el archivo del puerto con la autoridad que le quedaba y buscar los registros de la Real Provisión. Si la red de Mendoza tenía las manos en la preparación de las naves, esos registros lo mostrarían.
Lo que encontró en el archivo fue peor que lo que había ido a buscar.
Entró a media mañana, cuando el calor empujaba a los funcionarios hacia la sombra y los pasillos quedaban medio vacíos.
El escribano de turno lo conocía de vista —Rodrigo llevaba semanas pasando por allí con pretextos distintos— y lo dejó acceder a la sala de registros sin preguntar.
El archivo hedía a papel viejo, a cola y al sudor rancio que dejan los cuerpos en los sitios cerrados cuando el verano aprieta.
Rodrigo revisó los legajos de la Real Provisión uno por uno.
Los nombres de los oficiales encargados del cumplimiento coincidían con los designados por la Corte.
Las fechas de entrega cuadraban. Los sellos eran correctos, la tinta uniforme, los márgenes limpios.
No había tachaduras, ni enmiendas, ni la grafía distinta que habían encontrado en los registros manipulados de meses atrás. Todo estaba en orden.
Pasó dos horas en aquella sala, revisando cada folio como se revisa un muro buscando la grieta que no aparece.
Comparó firmas con las muestras que Joaquín había copiado en el legajo de cifras.
Buscó la marca de las tres líneas en los márgenes, en los reversos, en los bordes donde un hombre descuidado deja la huella de lo que lleva en la mente. Nada.
Salió del archivo con las manos vacías.
—Han pasado del papel a las manos —dijo Rodrigo a Joaquín esa noche.
Estaban solos junto a la mesa, con el candil bajo y las notas cerradas entre los dos—.
Ya no falsifican firmas. Están en los muelles, en los talleres, en los almacenes.
Gente real haciendo cosas reales que no dejan rastro en ningún archivo.
Joaquín se recostó en la silla y se frotó los ojos con los nudillos. Llevaba horas descifrando y la fatiga le marcaba los surcos de la cara.
—Entonces el archivo de Sevilla ya no sirve.
—No para lo que necesitamos. Lo que necesitamos está en Palos. En las bodegas, en la madera, en los clavos que sujetan las cuadernas.
Joaquín cerró el legajo. La luz llevaba un rato chisporroteando y la habitación apestaba a sebo quemado.
—¿Cuándo?
La voz vino del catre del fondo. Mateo tenía los ojos abiertos en la oscuridad, y ninguno de los dos supo decir desde cuándo.
—Pronto —dijo Rodrigo, sin girarse—. Pero antes necesito que Joaquín vaya delante.
Joaquín se quedó quieto. La boca cerrada, esperando el resto.
—Necesito ojos en Palos antes de llegar —dijo Rodrigo, bajando la voz aunque Mateo ya se había dado la vuelta en el catre—.
No ojos de soldado. Ojos de escribano, de funcionario menor que revisa papeles y no molesta a nadie.
Quiero que te instales en el puerto, que conozcas a los contramaestres, que sepas qué carga entra y sale, quién manda en cada muelle y quién obedece a alguien que no está en la lista de mando.
Cuando lleguemos nosotros, quiero saber dónde piso.
Y busca hombres. Pocos. Veteranos que busquen embarque o trabajo en el muelle, que sepan el oficio y sepan callar.
La Corona nos da autoridad para reclutar.
Úsala, pero con mano corta. Prefiero tres buenos que diez dudosos.
Joaquín escuchó sin interrumpir. Cuando Rodrigo terminó, dejó pasar un momento antes de hablar.
—¿Cuántos días de ventaja?
—Diez días. Dame diez días para cerrar lo que queda abierto aquí. Después vamos.
—¿Bajo qué nombre?
—El tuyo. No necesitas otro. —Rodrigo se inclinó hacia delante, apoyando los codos en la mesa—.
Un hombre de casi sesenta años, con porte de funcionario y manos de escribano, no levanta sospechas en un puerto donde medio mundo va y viene con papeles bajo el brazo.
No tendrás que disimular nada de lo que eres.
Joaquín se permitió la sombra de una sonrisa.
—Partiré con la primera luz.
—Llévate el cifrado. Si necesitas comunicarte antes de que lleguemos, usa la ruta de postas de Carmona. El enlace sigue activo.
Joaquín asintió. Recogió el legajo, el tintero de viaje, la lupa, la pluma de repuesto. Cada objeto fue a su sitio en el morral sin que las manos dudaran una sola vez. Se ciñó la capa, se ajustó el cinturón y se detuvo en la puerta.
—Una cosa —dijo—. Moncada.
—Lo sé.
—Sigue en su puesto. Sigue firmando. Mientras yo esté en Palos, nadie vigila lo que firma.
—Nosotros seguimos aquí —respondió Rodrigo—. Detenido, dejaría de firmar. Vigilado, firma para nosotros. Cuando llegue el momento de salir de Sevilla, ya decidiremos qué hacer con él.
Joaquín no respondió de inmediato. Luego asintió, despacio. Salió sin despedirse. La puerta se cerró y el aire de la habitación se quedó quieto.
Rodrigo se sentó en la silla que Joaquín había dejado tibia. La llama se inclinó una vez y siguió ardiendo.