Capítulo 15 #2
Rodrigo lo estudió hasta que la comitiva desapareció por la calle que bajaba al camino de Huelva.
Dos mozos desarmados, un fraile sin nada útil al cinto y en medio el genovés, con una idea que la mitad de la Corte consideraba delirio y la otra mitad, herejía geográfica.
Un cuchillo bien colocado y todo terminaba antes de salir de la ciudad.
El hombre al que tenía que proteger pasó a treinta pasos de distancia sin saber que lo estaban mirando.
—Ya tiene cara —dijo Diego.
—Así es —dijo Rodrigo—. Y nosotros tenemos un calendario. En cuanto Colón llegue a Palos, la preparación se acelera. Y Mendoza tendrá que actuar antes de que las naves estén listas. Nos quedan semanas para adelantarnos.
Mayo se fundió con junio en una sucesión de días calientes que olían a polvo de cal y a río crecido.
La Corte había partido a mediados de mayo.
Rodrigo se enteró por un correo cifrado de Joaquín, que mantenía contacto con un escribano de la secretaría real a través de una ruta de postas que cambiaba de itinerario cada dos semanas.
Isabel y Fernando habían salido de Granada rumbo al norte, hacia Barcelona, llevándose consigo la maquinaria de gobierno, los secretarios, los sellos y la protección que su presencia proporcionaba a cualquier empresa que dependiera de la Corona.
El efecto fue inmediato. En la oficina de aprovisionamiento, Moncada dejó de recibir visitas de la secretaría real.
Los despachos que antes llegaban sellados con lacre empezaron a llegar con cera ordinaria o no llegaban.
Los funcionarios del archivo reducían las horas de apertura porque no había nadie que les exigiera cumplirlas.
Sevilla había dejado de ser corte y volvía a ser plaza de retaguardia, con el cuartel general a doscientas leguas.
Joaquín lo resumió en una nota al margen del último cuaderno cifrado.
«Sin sello real cerca, lo nuestro vale la mitad. La carta sigue cerrada. Cinco hombres con orden verbal y un pergamino que no se puede mostrar».
Rodrigo releyó el mensaje cifrado en la habitación de la posada, con la puerta cerrada y la ventana abierta al calor de la tarde. El sudor le pegaba la camisa a la espalda. Abajo, en la calle, un vendedor de agua pregonaba su mercancía con la voz rota de tanto gritar.
Rodrigo se apoyó en el alféizar. El Guadalquivir bajaba turbio, arrastrando maderas sueltas, frutas podridas y trozos de tela que podían haber sido banderas o sábanas.
—Estamos solos —dijo Mateo, sin levantar la voz.
—Como siempre —respondió Rodrigo—. Con una carta y cinco hombres.
—Cuatro y medio —dijo Mateo, señalándose la espalda—. Estos catres sevillanos me han quitado media vida.
Nadie se rio.
Rodrigo reunió a sus hombres una noche de calor sofocante en la que el aire de la posada pesaba como lana mojada y las velas ardían con una llama corta y amarilla que apenas iluminaba la mitad de la mesa.
—Lo que sabemos —dijo Rodrigo, extendiendo el cuaderno de Joaquín abierto por la última página—.
Mendoza opera desde la casa de Triana y tiene al menos tres agentes en el puerto.
Galván, el hombre del sayo pardo que ya no aparece, y un tercero que aún no hemos identificado pero que usa la escribanía de Fonseca como buzón.
El visitante de la capa oscura que Diego vio las primeras semanas dejó de acudir a la casa en marzo.
No sabemos quién era ni por qué dejó de ir.
Spínola acapara suministros navales a través de la casa genovesa y tiene tratos con proveedores portugueses, lo que confirma que la red cruza fronteras.
Moncada sigue en su puesto de supervisor, firmando lo que le ponen delante sin que podamos probar que sabe lo que firma.
Espinosa no ha aparecido en Sevilla, pero su nombre sigue vinculado a los traslados de fondos que Joaquín encontró en el archivo.
—¿Y la marca? —preguntó Diego.
—La marca de las tres líneas aparece en documentos de Granada firmados por Mendoza, en registros de suministro manipulados en este puerto y en la mercancía que Galván mueve para Spínola —continuó Rodrigo, golpeando con el dedo la última página del cuaderno—.
Es el hilo que los conecta. Lo que no sabemos es quién diseñó el sistema y quién está por encima de Mendoza.
Fue Miguel quien habló. Lo hizo con la espalda recta y las manos quietas sobre las rodillas, mirando a Rodrigo.
—Mendoza no es el jefe.
Los cuatro lo miraron. Miguel no bajó los ojos.
—No puede serlo. ¿Por qué iba a meterse en una casa donde cualquiera puede verlo entrar y salir? Si fuera el jefe, tendría a alguien dentro y él estaría en otra parte. Donde nadie lo buscara.
Nadie respondió de inmediato. Mateo fue el primero en moverse. Descruzó los brazos y apoyó ambas manos sobre los muslos.
—Mendoza es la cara —dijo Rodrigo—. Útil, capaz, peligroso. Pero la cara. Lo que hay detrás de la cara es lo que necesitamos encontrar. Y no lo encontraremos en Sevilla.
Mateo se inclinó hacia delante.
—Palos.
—Palos —confirmó Rodrigo—. Cuando Mendoza fue allí después de las Capitulaciones, fue porque las entrañas de este asunto se movieron allí. Las naves, los hombres, la traición real, la que puede hundir barcos y matar tripulaciones, están allí. Aquí ya solo quedan papeles.
—¿Cuándo? —Mateo extendió los dedos sobre la mesa, el cuerpo inclinado hacia Rodrigo.
—Antes de que termine junio —dijo Rodrigo—. Joaquín irá delante. Nosotros detrás.