Capítulo 15
Las Capitulaciones
Abril trajo calor y dos mensajes que llegaron con tres días de diferencia.
El primero fue oficial. Un correo de Santa Fe, con sello de la secretaría real, llegó a la posada un martes al atardecer.
Joaquín lo interceptó antes de que el mesonero pudiera leer el remitente y lo subió a la habitación sin abrirlo.
El mensaje era breve. Letra de secretario, no de la reina, pero con el sello correcto y la fórmula que Joaquín conocía por sus años en la cancillería.
Las Capitulaciones con el navegante Cristóbal Colón se habían firmado en Santa Fe el diecisiete de abril.
La empresa del poniente era oficial. La Corona de Castilla financiaba la expedición.
Rodrigo leyó el mensaje dos veces. La segunda, más despacio. Después se lo pasó a Joaquín, que lo leyó una sola vez y cerró los ojos un instante.
—Diecisiete de abril —dijo Joaquín—. Isabel ha firmado antes de que Portugal pueda mover ficha. La ventana era estrecha y la ha cruzado.
—¿Qué significa para nosotros? —preguntó Miguel desde el catre.
—Significa que ya hay barcos —respondió Rodrigo—. Hasta hoy, la expedición era un proyecto. A partir de hoy es una orden real con fondos, plazos y nombre. Todo lo que hemos encontrado en estos meses deja de ser conspiración contra una idea y se convierte en conspiración contra la Corona.
Mateo se incorporó del poyo de la ventana, donde estaba sentado con los brazos cruzados.
—¿Significa que por fin dejamos de contar carros y empezamos a romper cosas?
—Significa que lo que rompamos a partir de ahora tiene respaldo. —Rodrigo dobló el mensaje—. Y que Mendoza lo sabe. Si tiene medio cerebro, y lo tiene, esta noticia le habrá llegado antes que a nosotros. La pregunta es qué hará con ella.
Joaquín se pasó el dorso de los dedos por el mentón.
—Acelerar. No le queda otra. Mientras la expedición era posibilidad, podía sabotearla con tinta. Ahora que es decreto, necesita sabotearla con manos. Madera, clavos, velas, tripulación. Todo lo que se puede pudrir, aflojar o comprar.
La habitación se quedó en eso durante unos segundos. Después Rodrigo guardó el mensaje en el doble fondo del morral y la noche siguió como todas las noches. Joaquín con el cuaderno, Diego con los ojos cerrados, Mateo con el montante, Miguel con las preguntas que ya no hacía en voz alta.
El segundo mensaje llegó el viernes, por mano distinta.
Un arriero que no dijo de dónde venía entregó a Joaquín un tubo de cuero sin marca ni sello visible.
Dentro, un pliego doblado en cuartos, con letra menuda que Rodrigo reconoció antes de leer la primera línea.
Era la misma mano que había redactado la carta que llevaba bajo el jubón desde Santa Fe.
El pliego no llevaba firma ni encabezamiento. Decía lo justo.
Vuestros informes han llegado por la vía acordada. Lo que habéis encontrado en Sevilla confirma lo que otras fuentes señalaban desde antes de vuestra partida. La red es más extensa de lo que parecía en un principio y tiene ramificaciones que alcanzan intereses de la Corona de Portugal.
Las Capitulaciones se han firmado porque la ventana de la empresa se cierra. Portugal prepara su propia ruta y cada mes de demora es un mes que juega en su favor. El riesgo de firmar con la conspiración activa es menor que el riesgo de no firmar y perder la empresa entera.
Vuestra misión cambia de naturaleza. Ya no buscáis pruebas solamente.
Protegéis la empresa. Desde la firma, todo lo que amenace las naves, la tripulación o la carga es asunto vuestro.
Trasladaos a Palos cuando lo juzguéis oportuno.
Los hombres que necesitéis allí, reclutadlos bajo vuestra autoridad.
El documento que lleváis sigue siendo recurso de última necesidad. No lo abráis salvo que la empresa esté en peligro inmediato y no haya otra vía. Una vez roto el sello, lo que contiene no puede volver a guardarse.
Rodrigo leyó el pliego una vez y lo quemó en la llama de la vela. Joaquín lo observó sin preguntar. Cuando la ceniza dejó de humear, Rodrigo habló.
—La misión ha cambiado. Ya no solo investigamos. Protegemos.
—Ahora hay tripulación, carga, fechas —dijo Diego—. Ahora tienen algo físico que romper.
—Y nosotros tenemos algo físico que proteger —respondió Rodrigo.
Mateo se incorporó del catre de golpe y se quedó de pie con las manos abiertas a los costados.
—¿Cuándo partimos a Palos?
—Todavía no —respondió Rodrigo—. Primero quiero ver qué hace Mendoza con esta noticia. Si la firma cambia su forma de operar, veremos el cambio. Y ese cambio nos dirá más que seis semanas de vigilancia.
Mateo se dejó caer sobre el jergón con un resoplido que hizo temblar la llama del candil. No dijo nada. Cruzó los brazos sobre el pecho y se quedó mirando el techo como si le acabaran de quitar algo que ya tenía entre los dedos.
El cambio tardó cuatro días. Diego, apostado en la azotea de una casa de vecinos al otro lado de la calle de Triana, vio salir a Mendoza al amanecer con alforjas de viaje, montura de camino y sin el criado que solía acompañarlo.
Cabalgó hacia el sur. Diego no pudo seguirlo sin montura, pero un arriero que volvía del camino le confirmó al mediodía que un jinete con esa descripción había tomado el desvío de Moguer, que era la ruta de Palos.
Diego bajó de la azotea despacio. Había aprendido los horarios de Mendoza, los pasos, la forma de montar. Nada de eso servía contra un caballo fresco y una ventaja de tres horas.
Rodrigo lo escuchó sin moverse. Joaquín levantó la pluma del papel y no la volvió a bajar. Nadie dijo nada.
Mendoza estuvo fuera cinco días. Cuando regresó, la puerta trasera de la casa recibió tres visitas en una sola noche. Una de ellas era Galván. Las otras dos, hombres que Diego no conocía y que no venían del muelle.
—Se ha reunido con alguien en Palos —dijo Rodrigo a sus hombres, apoyando ambas manos sobre la mesa donde Joaquín tenía desplegado el cifrado—. Y ha vuelto con instrucciones. O las ha dado él.
Mateo no se movió de donde estaba. Pasó el pulgar por el filo del cuchillo una vez. Luego otra.
Joaquín pasó la hoja hasta la última entrada y la señaló con el dedo.
—La firma de las Capitulaciones ha acelerado todo. Lo que antes era preparación ahora es ejecución. Si no nos movemos pronto, llegaremos a Palos después de que el daño esté hecho.
—Nos moveremos —respondió Rodrigo—. Pero no a ciegas.
La Real Provisión del treinta de abril llegó a Sevilla antes de que Rodrigo tuviera que buscarla. Un correo oficial la trajo al archivo del puerto con instrucciones de registro y cumplimiento inmediato.
Joaquín fue al archivo esa misma mañana.
Entró con el porte de funcionario menor que va a consultar un registro de importación.
Capa gris, carpeta de cuero bajo el brazo, la cara cansada.
El correo acababa de entregar el pliego en la mesa de registro.
El escribano era joven, de manos rápidas y ojos que no miraban más allá del documento que tenía delante.
Joaquín se situó a su espalda con el pretexto de esperar turno para una consulta y se quedó allí, respirando el polvo de legajos viejos y el olor a cola de conejo que usaban para encuadernar, mientras sus ojos recorrían cada línea del documento que el escribano desplegaba sobre el atril.
La Provisión citaba una sentencia vieja.
Palos había sido condenada años atrás por delitos marítimos cometidos contra navíos portugueses, y la pena incluía la obligación de servir a la Corona con dos carabelas armadas y tripuladas durante doce meses.
Isabel cobraba ahora esa deuda. No le pedía al pueblo que colaborase por fe en la empresa ni por lealtad a Colón. Le exigía que pagara lo que debía.
El escribano registró el documento, lo selló con la marca del archivo y lo guardó en el armario de despachos pendientes. Joaquín memorizó el número de registro, la estantería y la posición exacta del legajo antes de salir.
El lenguaje de la Provisión era el de siempre, seco, tajante, sin margen para la negociación ni la demora.
Lo que no decía la Provisión era quién supervisaría el cumplimiento en un puerto donde la mitad de los hombres debía lealtad a los Pinzón antes que a la Corona, y la otra mitad no debía lealtad a nadie que no pagara puntual.
—Colón va a necesitar más que un papel para sacar dos carabelas de Palos —dijo Joaquín—. Va a necesitar a alguien que convierta la orden en obediencia. En ese puerto, los Pinzón cobran más caro que el sello real.
—Por eso Isabel firmó las Capitulaciones —respondió Rodrigo—. Y por eso nos manda a nosotros.
A finales de mayo, Colón pasó por Sevilla camino de Palos. Rodrigo no se presentó. No era el momento.
Diego lo vio primero desde el patio de la posada y avisó con un golpe en la pared. Rodrigo se acercó a la ventana y miró.
El genovés cruzó la puerta de Triana montado en una mula parda que llevaba con mano firme pero sin gracia de jinete.
Iba acompañado por un fraile franciscano —hábito raído, sandalias gastadas, la cara quemada por un sol acumulado de muchos caminos— y dos mozos de carga que llevaban arcones con documentos e instrumentos de navegación sujetos con cuerdas de cáñamo.
El fraile cabalgaba medio cuerpo detrás de Colón, atento, con los ojos puestos en él y en el camino y en nada más.
Los cascos de la mula sonaban contra el empedrado con un compás más corto que el de un caballo.
Colón vestía austero, sin adorno ni disculpa.
Cabalgaba erguido, con la mirada fija en el camino y la barbilla alzada hacia un horizonte que parecía deberle algo.
Tenía el pelo canoso bajo un bonete oscuro, las manos grandes agarradas a las riendas con más fuerza de la necesaria, y una delgadez nerviosa, sostenida más por la idea que llevaba dentro que por el pan.
No miró a los lados. No saludó a nadie. Cruzó la puerta sin detenerse y sin volver la cabeza.