Capítulo 14 #2
Rodrigo bajó al muelle tres mañanas consecutivas para medir el desorden.
Los embarcaderos del sur estaban atascados de carretas, fardos, arcones y familias que esperaban turno para subir a bordo de barcos que no tenían espacio suficiente y que cobraban por la travesía lo que un mes antes habría costado un pasaje a Génova.
Los niños lloraban un llanto monótono, sin lágrimas, agotados ya de no entender.
Los adultos no abrían la boca. Un hombre de barba canosa llevaba un rollo de pergaminos atado con cuerda bajo el brazo y no lo soltaba ni para comer.
Entre la confusión, las líneas habituales de control del puerto se habían desdibujado.
Los almacenes que quedaban libres cuando los mercaderes judíos embarcaban sus existencias se llenaban con mercancía nueva antes de que el polvo se asentara.
Los registros de aduana mostraban huecos de tres y cuatro días donde no figuraba entrada ni salida.
Rodrigo lo anotó todo en la libreta con la letra apretada que usaba cuando la información era demasiada para la memoria y demasiado valiosa para perderla.
Preguntó por la carta al mesonero tres veces en las semanas siguientes. La primera, el hombre revisó detrás del mostrador y negó con la cabeza. La segunda, ni siquiera miró.
—Si llega algo para vos, os lo subo. No hace falta que bajéis cada vez.
La tercera, a mediados de abril, Rodrigo bajó a la hora en que el correo de Granada solía dejar las sacas en la posta de la calle del Candilejo.
Esperó en la puerta hasta que el arriero terminó de descargar.
No había nada. El hombre le dijo que la ruta de Granada estaba cortada por lluvias y que los envíos se acumulaban en Córdoba sin fecha de salida.
Rodrigo subió a la habitación y no volvió a preguntar. Cada mañana, al pasar junto al mostrador, miraba el estante donde el mesonero dejaba las cartas. Seguía vacío.
Mateo no habló del edicto durante dos días. Al tercero, mientras limpiaba el montante en el patio trasero de la posada, dijo algo que Rodrigo no esperaba.
—El herrero de Baza. El que nos forjaba las puntas en el cerco. ¿Te acuerdas?
Rodrigo se detuvo. Dejó el cubo de agua que llevaba en las manos y se sentó en el banco de piedra, frente a Mateo.
—Efraín.
—El mismo. —Mateo pasó el paño por la hoja con un movimiento más lento de lo habitual—.
Nos forjaba puntas de lanza que duraban el doble que las del almacén de intendencia.
Se quedaba hasta medianoche afinando el temple porque decía que una punta mal templada era una promesa rota al hombre que la clavaba.
No cobraba más por el trabajo de noche. Cobraba lo mismo y dormía menos.
Rodrigo esperó. Mateo no solía hablar tanto seguido.
—Lo he visto esta mañana en el muelle —continuó Mateo, sin levantar la vista del acero—.
Cargando un carro con todo lo que tenía.
Su mujer, dos hijos, las herramientas del taller envueltas en mantas.
Se iban a Portugal, me ha dicho. Ni siquiera me ha reconocido.
O me ha reconocido y ha bajado los ojos.
Un cristiano viejo armado, en este puerto, ahora mismo, no es alguien a quien pararse a saludar.
Mateo pasó el paño por la hoja una vez más. La mano se detuvo a mitad del recorrido.
—Forjaba las mejores puntas de lanza que he visto en treinta años de campaña. Y ahora carga un carro hacia la frontera porque alguien en la Corte ha decidido que su Dios no es el correcto.
Rodrigo guardó silencio. La misma firma que autorizaba el edicto era la que él llevaba bajo el jubón. Miró el arma que Mateo limpiaba y pensó que aquel acero probablemente lo había templado un hombre como Efraín, en un taller como el de Baza, en una noche como las que ya no se repetirían.
Mateo envainó y entró en la posada sin añadir nada más.
Rodrigo se quedó en el banco sin levantarse.
Diego confirmó esa misma tarde lo que el desorden permitía suponer. Se sentó frente a Rodrigo con las manos todavía sucias de la grasa del muelle y habló sin preámbulos.
—Spínola ha duplicado los envíos. Ocupa las bodegas que dejan los judíos al embarcar. Llena huecos antes del cierre.
Rodrigo apartó el cuaderno que tenía delante.
—¿Qué mercancía?
—Cáñamo, cera, sebo. Lo mismo de siempre, pero el doble. —Diego se limpió las manos en los calzones y bajó la voz—. Y algo más. Tres cajas de madera con cerradura de hierro que Galván metió en el almacén con dos hombres armados a los lados.
—¿Has podido ver qué llevaban dentro?
—No. Pero por el peso y el tamaño, no es cáñamo.
Mateo, sentado en el catre con el acero cruzado sobre las rodillas, habló sin levantar la vista.
—Armas. O dinero. No se escoltan cajas de velas con hombres armados.
Rodrigo dejó la frase en el aire.
Esa misma noche, mientras recorría el callejón que separaba los almacenes de sal del muelle de poniente, Rodrigo se detuvo junto a un portal donde la sombra era espesa y el olor a salmuera cubría cualquier otro rastro.
Desde allí veía la puerta lateral del almacén de Spínola.
Esperó. El frío de la noche le calaba por la costura abierta de la manga que Mateo le había prometido coser dos semanas atrás y aún no había cosido.
El puerto no dormía del todo. De algún casco lejano llegaba el golpe de un cabo mal atado y una polea crujía a intervalos contra el palo, sin viento que la moviera.
Una hora después de la medianoche, la puerta se abrió.
Salió Galván con un farol tapado y detrás de él un hombre que Rodrigo no había visto antes.
Alto, delgado, con capa de viaje y botas de montar.
No era marinero ni estibador. Se movía ligero de equipaje y pesado de instrucciones.
Galván le entregó un tubo de cuero del tamaño de un antebrazo, el hombre se lo guardó bajo la capa y desapareció hacia el sur, hacia la puerta de Jerez, hacia el camino que llevaba a Cádiz o más allá.
Rodrigo memorizó la hora, la estatura, la dirección. No lo siguió. Seguirlo habría significado abandonar el puesto y perder lo que pudiera ocurrir después en el almacén.
Lo que ocurrió fue que la puerta no se cerró.
Galván se quedó dentro y durante la siguiente media hora, Rodrigo escuchó el sonido inconfundible de barriles que se mueven sobre madera.
El chirrido de las duelas contra el suelo, el golpe sordo de los aros contra los tablones.
Alguien reorganizaba la bodega de noche, sin luz de antorcha visible desde fuera, procurando que la mercancía de la mañana no coincidiera con la de la noche.
Volvió a la posada con las manos heladas. Joaquín lo esperaba despierto, como siempre, con el cuaderno abierto y la vela a punto de consumirse. Rodrigo acercó las manos a la vela.
—El tubo de cuero —dijo Rodrigo, sentándose frente a él—. Documentos. Mapas o correspondencia. Se lo llevó hacia el sur.
—¿Cádiz?
—O más lejos. Alguien espera esos papeles fuera de Sevilla.
Joaquín registró la hora y la descripción con la letra diminuta que solo él y Rodrigo podían descifrar.
—Si Spínola pasa documentos a agentes que viajan al sur, la red tiene ramificaciones en los puertos de Cádiz y quizás en los de Portugal. La marca de los tres círculos lo confirma.
—Es más grande de lo que pensábamos —dijo Rodrigo.
—Es el primer nudo de una red mayor —respondió Joaquín, y cerró el cuaderno.
La mecha se consumió antes de que ninguno de los dos volviera a hablar. Ninguno buscó otra.