Rodrigo de Salazar: Enemigo sin bandera (Rodrigo de Salazar 1) Capítulo 14
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Capítulo 14

El edicto

Febrero terminó con lluvia y marzo empezó con más lluvia. Sevilla era una ciudad que olía a barro, a azahar y a aceite de oliva rancio, según el barrio y la hora.

La primera semana de marzo, Rodrigo y Miguel cruzaron la plaza de San Francisco camino del archivo y se encontraron con una procesión que les cortó el paso.

Treinta penitentes descalzos avanzaban en fila de a dos, con sambenitos amarillos y cirios que el viento de marzo apagaba cada diez pasos.

Se oía el roce de los pies sobre las piedras y, por debajo, el latín del dominico, que no subía la voz.

Detrás, cuatro familiares del Santo Oficio a caballo, otros seis a pie abriendo la fila y dos más apostados en las bocacalles, y otro religioso con la cruz alzada que no miraba a los condenados sino al público, buscando en los rostros la expresión correcta.

Ojos desorbitados, bocas resecas y el silencio tenso de quienes tragan bilis rogando por sus vidas.

La gente se apartaba. Los tenderos bajaban los toldos. Un niño de la calle recogió un cirio que un penitente había dejado caer y lo devolvió corriendo, como si quemara.

Miguel se detuvo. Rodrigo le puso la mano en el hombro y lo empujó hacia el callejón lateral sin decir nada.

Desde el callejón, mientras esperaban a que la procesión pasara, Miguel habló en voz baja.

—¿Cuántos van?

—Treinta. Los que se ven. Los que no se ven son más.

—¿Conversos?

—Judaizantes, según el tribunal —dijo Rodrigo sin retirar la mano del hombro de Miguel—. No es lo mismo. Pero acaban en la misma hoguera.

Miguel se quedó mirando la cola de la procesión hasta que desapareció por la calle de las Sierpes. Rodrigo lo observó. El muchacho tenía la espalda rígida y los nudillos blancos.

—En Granada luchábamos contra un ejército —dijo Miguel—. Esto es distinto.

—No es distinto —respondió Rodrigo—. Solo cambia quién manda, quién cae y quién queda en medio.

Retomaron el camino al archivo por la calle de atrás.

Rodrigo no volvió a mencionar la procesión.

Pero esa noche, en la libreta, anotó el número de familiares del Santo Oficio que había contado en la plaza.

Doce hombres armados con jurisdicción propia en una ciudad donde él operaba con cinco y una carta sellada bajo el jubón que solo serviría contra funcionarios de la Corona, no contra el brazo que juzgaba en nombre de Dios.

Una noche de esas primeras semanas de marzo, cuando la posada estaba en silencio y los demás dormían, Rodrigo se sentó a la mesa con un pliego de papel, el tintero de Joaquín y una vela que ya llevaba media vida consumida.

«Hernando. No puedo decirte dónde estoy ni qué hago. Confía en que es lo que debe hacerse.

Necesito saber cómo va el muñón. Si ha cerrado limpio. Si puedes moverte. Si necesitas dinero, dilo sin orgullo, que el orgullo no paga posadas ni cirujanos.

Dime cómo está Jaime.

No te pido que contestes rápido. Solo que contestes.

Rodrigo.»

Selló la carta con cera de la vela —no llevaba sello propio— y la entregó al día siguiente a un arriero que hacía la ruta de Sevilla a Córdoba y que, por dos reales de plata, se comprometió a dejarla en la posta de Granada antes de que acabara el mes.

Su carta viajaría como todo en Castilla, despacio, por caminos malos, pasando de mano en mano hasta que alguien la dejara más o menos donde tocaba.

Podía tardar semanas. Podía no llegar nunca. Pero la envió.

Joaquín llenaba cuadernos. Diego recorría muelles. Miguel practicaba la vigilancia con un esfuerzo que aún se le notaba en los hombros. Y Mateo esperaba. Limpiaba el messer, vigilaba la puerta y no rompía nada. Todavía.

Rodrigo los dirigía con el mismo método que había usado al frente de compañías.

Distribuir tareas al amanecer, revisar informes al anochecer, ajustar posiciones cuando los datos cambiaban.

Cada tres días movía los puestos de vigilancia para que nadie se acostumbrara a la misma esquina ni a la misma hora.

Cada semana cambiaba la ruta que cada uno usaba entre la posada y los puntos de observación.

Enseñó a Miguel a comunicarse sin hablar. Un pañuelo atado a la muñeca izquierda significaba que el objetivo se había movido. Un pañuelo en la derecha, que había peligro. Sin pañuelo, que todo seguía igual.

Mateo no tenía la sutileza de Diego ni la paciencia de Joaquín, pero lograba algo que ninguno de los otros conseguía.

Estar en un sitio durante horas sin que nadie se acercara a preguntarle qué hacía allí.

Se sentaba en un poyo de piedra frente a la casa de Triana con el montante apoyado en las rodillas, la espalda contra el muro y los ojos entrecerrados, y los vecinos cruzaban de acera sin darse cuenta de que lo hacían.

Aun así, cambiaba de esquina cada tres días.

Las noches eran de Rodrigo. Los demás se retiraban y la posada se quedaba en silencio salvo por la respiración de cuatro hombres que dormían como duermen los soldados, a medias.

Rodrigo se sentaba frente a la mesa y cruzaba los datos del día con los del anterior.

Nombres, horarios, cargas, rutas. El cuaderno de Joaquín crecía página a página con una caligrafía que se iba haciendo más apretada conforme el espacio se agotaba y la información no.

La espalda le dolía de otra forma que en Granada. En campaña, el dolor venía del peso de la cota y se iba con el baño caliente en la taberna de turno. Aquí venía de las horas sentado sobre un jergón demasiado bajo, leyendo letras demasiado pequeñas a una luz demasiado mala, y no se iba con nada.

A veces, en esas horas de trabajo nocturno, Rodrigo pensaba en lo que habría dicho don Gonzalo Fernández de Córdoba si pudiera verlo.

Un capitán de campaña convertido en contador de sombras.

Se preguntaba si don Gonzalo lo habría aprobado o lo habría mandado de vuelta al campo con una palmada en el hombro y una frase sobre los hombres que piensan demasiado y los que actúan a tiempo.

Pero Gonzalo estaba lejos.

La carta sellada seguía intacta bajo su jubón.

Cada vez que la tocaba con los dedos, recordaba la advertencia de Isabel.

«Una sola vez» . Y cada vez, la tentación de romper el sello y usarla contra Mendoza, contra Moncada, contra Spínola, contra todos los nombres que iban acumulándose en el cuaderno de Joaquín, le subía por el pecho y se le quedaba en la garganta con la acidez agria de la bilis.

No la abrió. Todavía podría encontrar una situación donde la necesitase.

A mediados de marzo, Rodrigo encargó a Miguel su primera misión en solitario. Lo mandó al muelle de poniente con una instrucción sencilla. Contar los carros que entraban en el almacén de Spínola entre el amanecer y el mediodía, y anotar las marcas de los barriles que descargaban.

—Once carros. —Miguel sacó el trozo de cuero de la bota y lo extendió sobre la mesa—. Tres con marca de tonelero de Moguer, cuatro sin marca visible, dos con el sello de la casa genovesa y dos con un sello que no he visto antes. Tres círculos concéntricos. Lo he copiado.

Rodrigo examinó el dibujo. Tres círculos. No los conocía. Se lo pasó a Joaquín, que lo estudió con la lupa que guardaba en el forro del jubón. Le dio la vuelta al cuero, lo acercó a la vela, entrecerró los ojos.

—Tres círculos es marca de la casa de aduanas de Lisboa —dijo, dejando la lupa sobre la mesa—. No debería aparecer en mercancía descargada en Sevilla. Si esos barriles cruzaron la frontera, lo hicieron sin registro castellano.

Diego se separó de la pared donde estaba apoyado.

—Contrabando.

—O diplomacia con las manos sucias —respondió Joaquín—. Portugal y Castilla comparten frontera y compiten por las rutas del Atlántico. Un barril de cáñamo portugués en un almacén genovés de Sevilla no es un error de inventario. Es un mensaje.

Rodrigo miró a Miguel.

—¿Te vieron?

—No lo sé. Nadie me miró. Pero eso no significa que nadie me viera.

Diego, desde la pared, cruzó una mirada breve con Rodrigo. Ninguno de los dos dijo nada.

El último día de marzo, el pregonero recorrió las calles de Sevilla con la voz cascada por el uso y un pergamino que no necesitaba desenrollar porque se lo sabía de memoria.

El edicto de los Reyes ordenaba a todos los judíos de Castilla y Aragón abandonar los reinos antes de finales de julio o aceptar el bautismo.

Cuatro meses de plazo para deshacer vidas enteras.

Rodrigo oyó el pregón desde la ventana de la posada, mientras se recortaba la barba con un cuchillo de hoja corta que Mateo le había afilado la noche anterior.

El agua del barreño estaba fría y el jabón no terminaba de hacer espuma.

Abajo, en la calle, el silencio que siguió al pregón duró más de lo habitual.

Nadie corrió a comentarlo. La noticia llevaba meses esperándose y aun así pesaba.

La ciudad cambió en una semana. No de golpe.

Desde dentro, despacio, como se pudre una viga que nadie mira.

Los talleres del barrio de la judería empezaron a cerrar.

Las puertas con la estrella tallada en el dintel amanecían con marcas de tiza que nadie reconocía pero que todos entendían.

Las carretas se llenaron de muebles, de ropa, de cajas de libros que pesaban más que el hombre que las cargaba.

Las semanas del edicto cambiaron el ritmo del puerto.

Los funcionarios de aduana, que habitualmente dedicaban sus mañanas a registrar mercancía y sus tardes a no registrarla, tenían ahora órdenes de supervisar la salida de familias judías, contar bultos, verificar que no sacaran oro ni plata en cantidad prohibida, sellar salvoconductos que los portadores guardaban como si fueran la última prueba de que habían existido en un reino que ya no los quería.