Capítulo 13 #2
—Dejemos al perro donde está. —Rodrigo se apartó de la tabla y se sentó en el borde de la mesa, cruzando los brazos—. Si desaparece, alguien notará que falta. Por ahora solo necesitamos saber qué entra y qué sale.
Diego no volvió a buscar a Gaspar. La segunda visita ya lo habría hecho contacto. La tercera, objetivo.
Desde el catre del fondo, Miguel se quitó una bota con lentitud.
—¿Por qué triplicar? —preguntó, con la bota en la mano y la otra todavía puesta.
Joaquín contestó con la vista clavada en las notas.
—Porque si la expedición de Colón se aprueba, los puertos del sur van a necesitar provisiones que ahora mismo están en manos de quien las haya acaparado primero. Si controlas la cera y el cáñamo antes de que nadie los pida, controlas el precio cuando todos los pidan.
Miguel frunció el ceño. Se sacó la otra bota y la dejó en el suelo junto a la primera.
—¿Y eso es sabotaje o comercio?
—Depende de lo que hagas después con el control. —Joaquín levantó la pluma y la señaló hacia Miguel como si fuera un dedo—. Vender más caro a quien lo necesita es comercio. Retener para que falte, o entregar defectuoso a propósito, ya entra en otra cuenta.
Miguel se quedó quieto, pensando. Rodrigo lo observó.
Fue Miguel quien trajo el primer resultado sólido de la vigilancia a pie de calle.
Una mañana de finales de febrero, siguió a Galván desde el almacén de Spínola hasta una escribanía del barrio de San Vicente, en la otra orilla del río, lejos del muelle y lejos de cualquier razón comercial que justificara el viaje.
Galván entró con un legajo bajo el brazo y salió sin él.
Miguel esperó a que se alejara y observó lo que pudo.
El escribano era un hombre joven, de barba rala, que guardaba el legajo en un armario cerrado con llave que no era la del mostrador principal.
El armario tenía una cerradura de hierro distinta de las demás, nueva, sin óxido, instalada sobre madera vieja.
Miguel volvió a la posada y describió el armario, la cerradura, la ubicación exacta de la escribanía y la cara del escribano. Tres meses atrás no habría sabido hacerlo. Joaquín anotó todo. Diego preguntó la calle, el número, las salidas.
—¿Te ha visto? —preguntó Rodrigo.
—Me ha visto entrar. No me ha visto observar.
Rodrigo asintió.
Diego fue a la escribanía tres días después, con otra excusa y otro pretexto. Confirmó que el legajo seguía en el armario y que el escribano —un tal Fonseca, según el cartel de la puerta— recibía visitas del mismo tipo. Hombres que dejaban documentos y no los recogían. Un buzón.
—Si pudiéramos ver esos legajos —dijo Joaquín, cerrando el cuaderno por primera vez en toda la noche.
—Si pudiéramos, sabríamos más de lo que Mendoza quiere que sepamos.
—Rodrigo se frotó los ojos con el pulgar y el índice, apretando el puente de la nariz—.
Pero entrar en esa escribanía sin autorización es delito, y el delito nos pondría en manos de la justicia antes de que pudiésemos usar lo que encontrásemos.
La carta de Isabel no cubre robos de documentos a escribanos civiles.
Joaquín tamborileó con la pluma sobre la mesa.
—¿Entonces?
—Esperamos a que alguien saque algo. Y cuando lo saque, lo seguimos hasta saber adónde va.
La espera duró once días. El doce, Galván recogió de la escribanía un tubo de cuero que él no había dejado y lo llevó directamente a la casa de Triana.
Esa misma noche, Mendoza salió con alforjas de viaje por primera vez desde que lo vigilaban.
No fue hacia el muelle. Fue hacia el camino de Córdoba, hacia el norte.
—¿Córdoba? —Mateo se incorporó del poyo donde estaba sentado—. Si va al norte, no va a Palos.
—Si va a Córdoba, puede ir a la Corte —dijo Joaquín, sin despegar la vista del cuaderno—. O a medio camino de ella.
Rodrigo estudió el mapa que Joaquín había dibujado en la última página. Mendoza hacia el norte. Spínola en el muelle. Moncada en su despacho. Tres puntos, tres direcciones, ninguna casual.
—Que no se sepa que lo hemos perdido —dijo, pasando el dedo por la línea del camino de Córdoba—. Cuando vuelva, quiero que crea que seguimos mirando la casa de Triana. No el camino de Córdoba.
El hombre del sayo pardo eligió a Joaquín.
Lo siguió durante tres días consecutivos, del archivo a la posada, de la posada al muelle, del muelle a la taberna donde Joaquín copiaba documentos a la luz de una vela.
Siempre a la misma distancia. Siempre con la misma disciplina.
Un profesional. No un matón del puerto ni un curioso pagado por monedas sueltas.
Mateo resolvió el problema a su manera. La cuarta noche, en lugar de cubrir a Joaquín desde atrás, lo cubrió desde delante. Esperó en un callejón por el que el perseguidor tendría que pasar y le salió al encuentro con la mano cerrada sobre el pomo del messer.
El hombre se detuvo. Evaluó a Mateo —la altura, la anchura, la mano en el cuchillo— y tomó la decisión correcta. Dio media vuelta y desapareció por la bocacalle sin correr.
No volvieron a verlo.
—Ahora sabe que estamos aquí —dijo Diego.
—Ya lo sabía —respondió Rodrigo—. Nos vio en el archivo la primera noche. Lo que ha cambiado es que ahora sabe que nosotros también lo hemos visto a él.
Diego no dijo nada. Se limitó a pasar el pulgar por la parte superior del arco que estaba apoyado en la pared.