Rodrigo de Salazar: Enemigo sin bandera (Rodrigo de Salazar 1) Capítulo 13
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Capítulo 13

La casa de Triana

Diego regresó al anochecer con la ropa empapada de lluvia y una dirección. Se sentó frente a Rodrigo en la mesa de la posada, pidió vino con un gesto al mesonero y no habló hasta que el jarro estuvo delante.

—Puerta de Triana. Una casa con balcón de forja en la segunda planta, entre el taller de un guarnicionero y un almacén de aceite.

Sale al amanecer. Vuelve a media tarde. Siempre por la misma calle, siempre por la misma puerta.

No lleva escolta visible, pero en la azotea de enfrente hay un hombre apostado desde que amanece hasta que Mendoza entra.

—¿El del humo es suyo? —preguntó Rodrigo.

Diego giró el jarro entre las manos antes de responder.

—Suyo o de quien lo paga. Lleva cuatro días en la misma azotea. No es un vecino que toma el aire.

Rodrigo bebió del vino sin apartar la vista de Diego. Fuera, la lluvia golpeaba el empedrado sin parar.

—¿Visitas? —Rodrigo se cruzó de brazos.

—Dos que he visto. —Diego bajó la voz medio tono—. Un hombre bajo, de capa oscura, que entra por la puerta trasera y sale antes de una hora. Y otro que llega en carro desde el muelle, descarga algo y se va sin entrar. La carga la mete un criado.

Rodrigo entornó los ojos.

—¿El bajo lo has podido identificar?

—Rasgos finos, barba recortada, manos de escribano. —Diego negó con la cabeza—. No lo he identificado.

—El del carro es más fácil —dijo Rodrigo—. Si viene del muelle, alguien lo conoce.

—Ya he preguntado. —Diego dejó el jarro sobre la mesa con un golpe seco que hizo temblar la vela—. Es Galván. El de tu lista. El nombre del patrón genovés no me lo han dado, pero el taller donde recoge la carga tiene una enseña con dos leones y un ancla.

Rodrigo sacó del cinturón la libreta de cuero que Joaquín le había preparado antes de salir de Santa Fe. Pasó las hojas hasta la que llevaba el nombre de Baltasar y la referencia que el secretario les había dado en la Corte. Un genovés al que encontraréis en los puertos del sur. Spínola.

—Dos leones y un ancla —repitió Rodrigo, pasando el dedo por la anotación—. Averigua si esa enseña corresponde a la casa de Lorenzo Spínola.

Diego asintió y se terminó el vino de un trago. Se limpió la boca con el dorso de la mano y miró hacia la puerta de la posada antes de preguntar.

—¿Nos acercamos a Mendoza? —preguntó Diego.

—No. Observamos. —Rodrigo cerró la libreta y la dejó sobre la mesa, con la palma encima, sellando lo que contenía—. Quiero saber qué mueve, con quién habla, qué mercancía entra. No tocamos nada hasta que tengamos el dibujo completo.

Mateo, que llevaba un rato callado en el extremo de la mesa con la espalda contra la pared y el messer apoyado en la rodilla, soltó el aire por la nariz.

—¿Cuánto tiempo?

—El que haga falta.

Mateo dejó pasar un instante. Cuando habló, la voz le salió más baja de lo habitual.

—En Granada, cuando sabíamos dónde estaba el enemigo, lo sacábamos de ahí antes de que cambiara de sitio.

—En Granada, el enemigo llevaba cota y espada —respondió Rodrigo, sosteniéndole la mirada—. Este lleva tinta y sellos. Si lo tocamos antes de tiempo, desaparecen los papeles y nos quedamos con un hombre y ninguna prueba.

Mateo no respondió. La mandíbula se le endureció y los ojos se quedaron clavados en Rodrigo un instante más de lo necesario.

Joaquín habló desde la silla del rincón, sin levantar la vista de las cuentas del cifrado. La pluma seguía moviéndose mientras hablaba.

—El hombre del sayo pardo. El que nos vigilaba en el archivo.

Rodrigo se giró hacia él.

—¿Qué pasa con él?

—Lo he visto dos veces esta semana. —Joaquín mojó la punta en el tintero sin dejar de escribir—. La primera, en la calle del muelle, caminando en dirección contraria a la nuestra. La segunda, sentado en la taberna de enfrente del archivo, con una jarra de vino que no tocó en dos horas.

—¿Nos sigue a nosotros o vigila el archivo?

Joaquín levantó la vista por primera vez. La llama de la vela le marcaba las arrugas de los ojos y le daba al rostro un relieve de madera tallada.

—Las dos cosas no se excluyen.

Rodrigo se quedó un momento en silencio, mirando la mesa. Cuando habló, distribuyó los turnos con la voz baja.

—A partir de mañana, nadie sale solo. Mateo cubre a Joaquín. Diego cubre a Miguel. Yo me muevo aparte. Si el del sayo nos sigue, quiero saber a cuál de nosotros elige.

La primera semana de vigilancia mostró la forma en que Mendoza ocupaba el espacio.

No se movía como un conspirador. Se movía como un hombre de negocios.

Visitaba el consulado genovés por las mañanas.

Almorzaba en una fonda cerca de la Catedral donde los mercaderes cerraban tratos entre plato y plato.

Paseaba por la orilla del río al atardecer, sin prisa, con las manos a la espalda, el paso corto y satisfecho de después de cenar.

Y a la noche, la puerta trasera de la casa junto al guarnicionero recibía visitas que no se quedaban a cenar.

El hombre de la azotea dejó de aparecer al tercer día.

Diego lo comprobó el resto de la semana. No volvió.

Rodrigo aprendió sus horarios como se aprenden los de una pieza de caza, paso a paso, sin prisa, sin acercarse.

Joaquín registraba cada observación en un legajo cifrado con una clave que cambiaba cada tres días.

Diego se ocupaba del muelle, identificando a los hombres de Galván y rastreando las cargas que entraban en la casa.

Miguel hacía lo que Diego le había enseñado a hacer en Granada, caminar sin llamar la atención, mirar sin girar la cabeza, recordar sin anotar.

Rotaban. Miguel cambiaba de capa cada dos jornadas y Diego no volvía a beber dos veces en la misma taberna.

El primer resultado de la semana llegó de una taberna del arrabal.

Diego se sentó una tarde en el figón de la calle de la Sal, frente a un jarro de vino que no pensaba tocar, y esperó.

El local era estrecho, con tres mesas largas y un mostrador de tabla donde el tabernero servía sin preguntar y cobraba por adelantado.

Los parroquianos eran estibadores, calafates y algún escribiente del puerto que bebía solo porque no tenía con quién hacerlo acompañado.

Al fondo, junto a la pared donde colgaban los ajos, dos hombres hablaban sin bajar la voz.

Uno llevaba las manos vendadas con trapos sucios —calafate, por la brea que le manchaba los nudillos—.

El otro tenía la piel curtida por el aire libre y un acento que no era sevillano.

Hablaban de carga. De un barco fondeado en el embarcadero de levante que había descargado cáñamo durante tres noches seguidas sin que los registros de aduana reflejaran una sola entrada.

El calafate dijo que el contramaestre cobraba en moneda portuguesa.

El otro dijo que eso no era asunto suyo y pidió más vino.

Diego memorizó la hora, el nombre del barco —Santa Lucía, matrícula de Faro—, y la cara del hombre del acento. Cuando salió, dejó el jarro lleno y una moneda de cobre sobre la mesa. El tabernero ni lo miró.

Esa noche, Rodrigo cruzó el nombre del barco con los registros que Joaquín había copiado del archivo.

La Santa Lucía no figuraba en ninguno. La Santa Lucía había descargado tres noches y no figuraba en los libros.

Alguien la había borrado. Y borrarla de los registros requiere acceso al archivo y tinta fresca sobre tinta vieja. Rodrigo cerró el cuaderno despacio.

—Moncada —dijo Joaquín, sin levantar la pluma del papel.

—O alguien en su oficina que firma lo que le ponen delante —respondió Rodrigo.

La segunda semana, Diego confirmó lo que Rodrigo sospechaba. Lo hizo en un figón del arrabal, sentado frente a un hombre que se llamaba Gaspar y que cargaba barriles para la casa genovesa desde hacía tres años.

Diego no lo buscó. Lo encontró. Gaspar bebía solo en un rincón con la espalda encorvada y las manos grandes cerradas alrededor del jarro. No esperaba compañía. Diego se sentó enfrente sin pedir permiso, pidió dos jarros y puso una moneda de plata sobre la mesa.

—No sé quién eres —dijo Gaspar, mirando la moneda.

—No hace falta que lo sepas. Solo necesito que me cuentes lo que ves cada mañana cuando entras al almacén de los dos leones.

Gaspar miró la moneda. Miró a Diego. Miró la puerta. Volvió a bajar los ojos hacia la plata.

—Debo seis meses al casero. Mañana viene con el alguacil.

—Esto cubre tres. —Diego empujó la moneda con el dedo—. El resto depende de lo que me cuentes.

Gaspar no tocó la plata. Bebió un trago largo, se limpió la boca y habló mirando el jarro.

Diego tenía los ojos puestos en la puerta del figón y los oídos en Gaspar. Si alguien entraba en ese momento y lo reconocía hablando con un desconocido, no vería el siguiente amanecer.

Lo que salió de aquella boca fue el mapa completo de la operación de Spínola. Gaspar lo soltó deprisa, sin adornos, barril por barril, número por número.

Spínola operaba desde un almacén amplio, con puerta doble al muelle y portón trasero a un callejón sin salida.

Tenía seis hombres fijos y contrataba jornaleros según la carga.

Los contratos activos incluían tres proveedores de jarcia del bajo Guadalquivir, dos fabricantes de velas de Triana y un suministrador de sebo de Carmona cuya mercancía llegaba en carretas cada jueves antes del alba.

Desde hacía cuatro meses, la casa había triplicado los pedidos de cera, cáñamo y sebo.

Diego dibujó el almacén de memoria sobre una tabla de la posada, con carboncillo, marcando los accesos, las ventanas, la posición de los barriles y las cajas, la ubicación del escritorio donde Galván llevaba los registros.

Rodrigo estudió el dibujo con la misma atención que habría dedicado a un plano de fortificación enemiga.

—La puerta trasera no tiene vigilancia de noche —señaló Diego, tocando el dibujo con la punta del carboncillo—. Pero hay un perro atado al poste del callejón.

—¿Grande? —preguntó Rodrigo.

—Lo bastante para hacer ruido. No lo bastante para detener a nadie que sepa lo que hace.