Capítulo 12 #3
Cinco de los dieciséis mostraban la rúbrica auténtica de Alarcón.
Los once restantes, fechados todos entre agosto y la primera semana de octubre, llevaban el trazo imitado.
Once órdenes de suministro alteradas en dos meses, todas relacionadas con pertrechos de navegación almacenados en los depósitos del puerto, aceite, cera, cuerda de cáñamo y cuatro partidas de pólvora.
Rodrigo alineó los once sobre la mesa. Fue entonces cuando lo vio.
En la esquina inferior derecha de cada uno de los once registros falsos había una marca diminuta estampada con sello de mano, del tamaño de una moneda pequeña.
Tres líneas paralelas cruzadas por una diagonal, con un punto en el ángulo superior.
Discreta hasta la invisibilidad para quien no la buscara.
Perfectamente legible para quien supiera qué buscar.
Rodrigo no la había visto en las primeras revisiones porque había estado mirando las rúbricas, las fechas, las cantidades. El sello estaba donde nadie mira. En el margen inferior, entre el borde del texto y el pliegue del pergamino.
Lo señaló con el dedo sin tocarlo.
—¿Lo veis?
Joaquín se inclinó. Diego, que había entrado en la sala poco antes, se acercó por primera vez y se apoyó en el borde de la mesa. Miguel estiró el cuello desde el otro lado y arrimó un segundo candil al pliego. La marca no se dejaba leer con una sola llama.
—Tres líneas y una diagonal —murmuró Joaquín—. No es ningún sello oficial que yo reconozca.
La quietud que siguió duró lo que tarda un hombre en tragar saliva cuando tiene la boca seca. Los cuatro miraban la marca como si fuese la huella de un animal que no debería estar en ese bosque.
—Es un sello de verificación —dijo Rodrigo—. Quien lo estampó quería saber, al recuperar el pliego, si había sido alterado o sustituido.
—¿Por qué iba a marcar lo suyo? —preguntó Diego.
Rodrigo tardó en responder. Era la pregunta correcta.
—Para asegurarte de que nadie más lo falsifica por encima de ti.
Joaquín apartó la vista del pliego.
—Eso no es un conspirador de paso. Eso es alguien que lleva años operando de esta manera.
Rodrigo recogió uno de los once pliegos, sosteniéndolo por los bordes, y lo llevó a la luz del candil. La marca era seca, limpia, estampada con un sello de metal, no de madera. Un instrumento hecho a medida. No comprado en ningún mercado.
Once documentos a lo largo de dos meses. Un solo sello. Y nadie lo había buscado hasta esa noche.
Apagó el segundo candil. Trabajarían con una sola luz. Menos visible desde la galería.
Pasó otra hora. Quizás dos. Nadie habló más de lo necesario.
Fue Miguel quien encontró el segundo sello, en un registro de alistamiento de marineros fechado tres semanas antes. La misma marca, ángulo y punto.
Lo dejó delante de Rodrigo sin articular palabra.
Rodrigo bajó la vista al papel. Luego la levantó hacia Miguel. El muchacho tenía los ojos fijos en el documento, no en Rodrigo. La mandíbula apretada, los labios en línea.
Rodrigo recordó la primera vez que había visto a Miguel en la campaña de Granada. Demasiado joven, demasiado visible, incapaz de cruzar un campamento sin que cada centinela supiera por dónde había pasado. Del muchacho de entonces quedaban los huesos y poco más.
Rodrigo cubrió ambos documentos con una hoja en blanco y los guardó bajo el jubón.
—Necesito saber si esta marca aparece en algún otro archivo. No solo en los de aprovisionamiento. Contratos, correspondencia, registros de tripulación. Todo.
Joaquín cerró un momento los ojos.
—Revisar contratos, correspondencia y registros de tripulación lleva días, no horas.
—No tenemos días. Buscamos hoy mismo —dijo Rodrigo.
Trabajaron en silencio durante lo que quedó de la tarde.
Joaquín revisó los contratos de carga. Diego se ocupó de la correspondencia administrativa, leyendo renglón a renglón, sin saltarse una línea.
Miguel seguía con las listas de la tripulación.
Rodrigo volvió a los informes de aprovisionamiento, los más antiguos, los que nadie había pedido en meses.
Fue en los más antiguos donde apareció. Un informe de artillería fechado en septiembre del año anterior, durante los últimos meses del cerco de Granada.
Un inventario de piezas elaborado para el capitán Fernández de Córdoba, con anotaciones al margen sobre posiciones de tiro y cálculos de alcance.
En la esquina inferior derecha, la misma impronta.
Tres líneas, una diagonal, un punto. Y al pie del documento, una firma que Rodrigo conocía.
Álvaro Mendoza.
El nombre quedó flotando entre los cuatro como humo de mecha. Joaquín lo leyó y miró a Rodrigo.
—Lo sabíamos desde Granada —dijo Rodrigo en voz baja—. Ahora lo tenemos en un papel.
Rodrigo soltó el pliego con cuidado. Mientras Mendoza fuera un rumor de Granada, podía estar en cualquier parte. Con la firma delante, estaba en algún sitio concreto y faltaba poco para que dejara de estarlo.
La marca de tres líneas unía los documentos de Sevilla con los de Granada.
Unía la falsificación de suministros con los informes de artillería del cerco.
Unía todo con un solo hombre que había tenido acceso a ambos y que había operado en los márgenes de dos campañas distintas con la misma invisibilidad.
Mateo entró por la puerta lateral cuando la luz de los ventanales ya no alcanzaba la mesa. Se apoyó en el marco sin hablar y recorrió los papeles con la mirada. No preguntó qué habían encontrado. La cara de Rodrigo se lo decía.
—La sombra del muelle no ha vuelto —dijo—. He vigilado el almacén desde el mediodía.
—Bien. Que no haya vuelto no significa que haya desaparecido. —Rodrigo apartó los legajos y miró a los cuatro—. Nada de lo que hemos visto sale de esta sala. Ni esta noche ni mañana. Lo que hay aquí no existe hasta que yo diga que existe.
Nadie preguntó por qué. Todos se quedaron quietos un instante más del necesario. Algo había cambiado en la sala y ninguno iba a ser el primero en moverse.
Afuera, en el pasillo, alguien pasó con una antorcha. La luz se filtró bajo la puerta y desapareció. Pasos regulares, sin prisa.
Rodrigo esperó a que el último reflejo se extinguiera antes de hablar.
—Quiero saber si Álvaro Mendoza está en Sevilla. Y si está, dónde se aloja, quién lo visita, a qué hora sale y por qué puerta.
Diego asintió desde su rincón junto a la puerta. Era su tipo de trabajo.
—Y quiero saberlo antes de que él sepa que lo quiero saber.