Rodrigo de Salazar: Enemigo sin bandera (Rodrigo de Salazar 1) Capítulo 12 #2
41%

Capítulo 12 #2

—Yo cubriré el otro acceso del muelle. El callejón que da al almacén de sal. Si alguien se acerca por detrás, lo veré antes que vosotros.

Rodrigo asintió y se volvió hacia Joaquín.

—Necesitamos el sello de la oficina de aprovisionamiento. ¿Puedes conseguirlo?

Joaquín lo pensó un momento.

—Hay un escribano en la oficina del puerto que me debe un favor de Granada. Dame una hora.

Salió y volvió antes de que la vela consumiera un dedo de cera. Dejó el sello junto al candil sin explicar cómo.

—Ten cuidado con lo que escribas —dijo—. Un contramaestre de puerto sabe cómo huele un papel oficial y cómo huele uno que no lo es.

Mateo se levantó.

—Miguel y yo nos vamos ya. El sitio cerca del muelle que dije antes.

Mateo y Miguel salieron. Diego detrás. Joaquín se tumbó en su jergón y se quedó dormido antes de terminar un padrenuestro.

Rodrigo se quedó solo con la vela y la posada en silencio alrededor.

Podía presentarse ante el contramaestre con la firma de Isabel y exigir obediencia.

Tenía autoridad para hacerlo. Pero usar la carta era revelar su identidad y su misión ante cada funcionario del puerto, y esa información llegaría a oídos de la red antes del mediodía.

La carta era un arma de un solo disparo.

En cuanto la mostrara, los conspiradores sabrían exactamente quién les pisaba los talones.

Lo que estaba a punto de hacer no tenía amparo formal en ningún papel.

Si salía mal, la contrafirma se convertiría en una acusación directa contra él.

Falsificación de órdenes. Obstrucción de aprovisionamiento real.

En tiempos de preparación de una empresa de la Corona, eso podía costar más que el cargo.

Aun así tomó la pluma. Escribió despacio, con la letra apretada y regular que había aprendido a producir cuando las manos temblaban de frío o de falta de sueño.

Primero el encabezado con el sello de la oficina de aprovisionamiento, luego la fórmula de anulación, luego la justificación que tenía que sonar como una corrección rutinaria.

Un desajuste en los destinos. Una discrepancia en las cifras.

Nada que requiriera explicación posterior.

Secó la tinta con arena, dobló el pergamino y lo guardó en el jubón junto al pliego sellado de Isabel.

La vela tenía aún para tres o cuatro horas. Rodrigo la apagó de todas formas y esperó en la oscuridad hasta que la penumbra del ventanuco le devolvió las formas. Luego se levantó, se ciñó la capa y salió.

Mateo lo esperaba en la boca del callejón que conectaba la posada con los almacenes del puerto, envuelto en la capa con solo el brillo mate de los ojos visible bajo la capucha.

—Sabía que no ibas a esperar al amanecer. Llevo aquí desde las tres.

Caminaron juntos los cien pasos que separaban el callejón del último recodo antes del muelle sin cruzar palabra. Mateo se detuvo en la esquina y se pegó al muro.

—Estaré aquí cuando vuelvas.

Rodrigo siguió adelante. El Guadalquivir olía a limo y a madera empapada, con ese fondo de pescado podrido que ningún viento llega a disolver del todo.

La marea estaba baja. El agua trabajaba los pilotes con un chapoteo monótono y, en algún amarre, un cabo suelto golpeaba la madera a intervalos largos.

El frío húmedo de la madrugada hacía que los marineros de guardia parpadearan con los ojos llorosos.

El contramaestre de noche era un tipo de cara ancha y manos enormes que apestaba a vino del día anterior y al sudor frío de las guardias que nadie quiere hacer.

Rodrigo lo encontró sentado en un taburete junto al farol de la garita, con los pies apoyados en un barril de brea y la barbilla hundida en el pecho.

Rodrigo se detuvo a un paso de la garita.

—Contramaestre.

El contramaestre levantó la cabeza como si le pesara más de la cuenta.

—¿Quién pregunta?

—Oficina de aprovisionamiento. Hay un desajuste en la orden de embarque de esta mañana. Carga de pólvora consignada al nombre de Alonso Briceño. Necesito que firméis la corrección antes de que salga.

Le tendió el pergamino con la contrafirma. El contramaestre lo tomó con las dos manos, lo acercó al farol y lo leyó moviendo los labios. Rodrigo esperó con las manos quietas y la expresión de un hombre que hace trámites a deshora porque alguien más arriba se ha equivocado y él tiene que arreglarlo.

—Briceño… —murmuró el contramaestre, pasando el dedo por el nombre—. No me suena.

—Por eso estoy aquí. El nombre no cuadra con los registros. La carga se retiene hasta que la oficina lo aclare.

El contramaestre repasó el sello, la firma, y levantó la vista hacia Rodrigo. Tenía los ojos pequeños y acuosos, pero detrás había algo que no era estupidez.

—¿Y esto no puede esperar a que amanezca y venga el supervisor?

—Si esperamos a que amanezca, la carga estará en el barco. Y entonces el problema sube por la cadena hasta donde ni vos ni yo queremos. Prefiero que se quede aquí, en este muelle, esta noche, con su firma y la mía.

El contramaestre sopesó aquello. Luego tomó la pluma del tintero de la garita, la mojó y firmó al pie del documento con un trazo ancho y poco elegante.

—Hecho. Pero si mañana alguien viene preguntando, yo tengo este papel y vuestra cara. ¿Estamos?

—Estamos.

La pólvora fue trasladada a un almacén bajo custodia directa antes de que el sol terminara de asomarse sobre el río.

Mateo estaba donde había dicho que estaría. Se incorporó al verlo llegar.

—¿Ha firmado? —Mateo acomodó el paso al suyo.

—Ha firmado.

—¿Sin preguntas?

—Con las preguntas justas.

Rodrigo se detuvo antes de llegar a la posada.

—Alguien me ha visto desde el almacén contiguo al muelle. Una figura inmóvil, entre las sombras. No era un marinero.

Mateo no cambió la expresión.

—Mañana hay que moverse más deprisa.

—Mañana hay que moverse mejor —corrigió Rodrigo.

Mateo se fue hacia el alojamiento del muelle sin despedirse.

Rodrigo volvió a la posada, se quitó la capa húmeda por el relente y la colgó sobre la silla. Se sentó en el borde del jergón y se miró las manos un instante. Limpias. El barro era solo barro. Se lavó la cara en el aguamanil.

Mateo y Miguel entraron en la posada al amanecer.

Diego llegó poco después por la puerta trasera.

Rodrigo y Joaquín llevaban una hora levantados.

Nadie había dormido más de cuatro horas.

La fatiga se notaba en las manos. Mateo tardó dos intentos en partir el pan, y Miguel se sirvió agua del cántaro sin darse cuenta de que estaba vacío.

—¿Novedades? —preguntó Rodrigo.

—El alojamiento del muelle huele a pescado muerto y a meado de rata.

Aparte de eso, perfecto. —Mateo se dejó caer en una silla y aceptó el pan que Joaquín le tendió—.

Hemos oído movimiento en los almacenes a las dos de la mañana.

Cargadores, cuatro o cinco, moviendo barriles.

Olía a vino, no a pólvora. Pero lo hacían en silencio, sin antorchas.

—Quien mueve carga de noche sin luz no quiere que la carga deje recuerdo. —Rodrigo apartó el pan—. ¿Has visto caras?

—Una. El mismo hombre de ayer. El del almacén sur. Esta vez no vigilaba el edificio. Vigilaba el muelle.

A media mañana los cinco estaban de nuevo en posición.

Mateo cubría la entrada principal, con ojeras nuevas y el mismo ánimo de siempre.

Diego había vuelto del callejón del muelle sin novedad y se había situado en la galería junto a la sala de archivos, donde podía vigilar el tránsito sin ser visto desde dentro.

Miguel, a su lado, practicaba la inmovilidad con un poco menos de esfuerzo que el día anterior.

Joaquín estaba ya dentro cuando Rodrigo llegó.

Habían encendido un solo candil. Joaquín trabajaba de espaldas a la puerta, inclinado sobre los legajos del día anterior.

Llevaban tres días pidiendo los mismos registros.

En un archivo donde nadie consulta nada dos veces, tres días era una declaración.

Señaló una firma sin apartar los ojos del pliego.

Alguien había sustituido el nombre de un oficial leal por el de un hombre recién llegado a Sevilla, lo bastante nuevo para no tener enemigos y lo bastante desconocido para que nadie cuestionara su rúbrica.

Rodrigo mandó a Miguel a buscar los listados que había copiado en Santa Fe. Miguel volvió al cabo de un rato con los pliegos bajo el brazo y la cara tensa. Se acercó a la mesa y dejó los papeles delante de Rodrigo.

—Los que copié antes de salir —dijo en voz baja—. El trazo del encargado cambia según el día. Unas veces apoya la pluma más, otras apenas marca. Como si no fuera siempre la misma mano.

Rodrigo y Joaquín se inclinaron sobre los pliegos.

El mismo oficial —Blas Alarcón, encargado de los registros de cera y aceite para las naves— había firmado con una letra distinta en tres fechas diferentes.

Rodrigo apartó las manos del pliego. Tenía los nudillos blancos de haberlo apretado sin darse cuenta.

La presión de la pluma en la firma auténtica era ligeramente más pesada en la letra inicial que en las otras dos.

Copias excelentes, hechas por alguien con formación en escritura administrativa, no por un falsificador de mercado.

—¿Cuántos registros más firmó este hombre entre agosto y octubre? —preguntó Rodrigo.

—Dieciséis —respondió Miguel sin dudar—. Los conté mientras volvía.

«Contarlos mientras caminaba. Hacía unos meses ese muchacho no sabía fingir que se ataba las botas».

—Tráeme los dieciséis.

Mientras Miguel salía, Rodrigo se volvió hacia Joaquín.

—¿Quién supervisaba a Alarcón?

—Depende de la oficina de aprovisionamiento del puerto. —Joaquín hizo una pausa—. Que a su vez rinde cuentas a Ferrán Moncada.

Nadie habló. El candil chisporroteó y la llama proyectó sombras nuevas sobre los documentos.

Miguel regresó con los dieciséis documentos. Los había ordenado por fecha y dispuesto en dos columnas sobre la mesa.

—Bien hecho.