Rodrigo de Salazar: Enemigo sin bandera (Rodrigo de Salazar 1) Capítulo 12
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Capítulo 12

Tinta y sombra

Dentro de la sala de archivos, Rodrigo llevaba horas revisando documentos con Joaquín.

Habían entrado juntos al amanecer, antes de que los escribanos de guardia ocuparan sus atriles, y habían elegido la mesa del fondo, donde la luz era más débil y los estantes más polvorientos.

Joaquín tenía una memoria de índice en la cabeza.

Rodrigo lo había reclamado al capitán Fernández de Córdoba la noche de la torre en Granada porque no había otro hombre al que confiara a la vez un cifrado y la espalda, y desde entonces no se habían separado.

El aire entraba intenso allí, filtrado desde el puerto a través de la piedra, mezclado con el acre del aceite de las lámparas y algo más difícil de nombrar, el poso particular de los pliegos que han movido cargamentos y hundido carreras y llevan años sin que nadie los reclame.

Las instrucciones de la reina eran sencillas en apariencia.

Proteger la expedición. Lo que Isabel no había escrito —porque no hacía falta— era que protegerla significaba encontrar primero quién intentaba hundirla.

La primera pista tenía nombre. Don Bernardo Espinosa, señalado por Baltasar en la corte de Santa Fe.

El hilo que lo unía a los archivos de Sevilla, Rodrigo aún no lo tenía. Lo tendría.

«En Granada, el enemigo alzaba banderas. Aquí no hay banderas. Solo papeles».

Fue Joaquín quien señaló con un dedo firme el pliegue de un pergamino.

—La tinta de esta carta. Mírala.

Rodrigo se inclinó. La diferencia era sutil. El texto original tenía la opacidad ocre del hierro envejecido. La anotación al margen brillaba todavía con el negro azulado de la tinta fresca. No era un error de copista. Alguien había tocado la tinta a propósito.

—Alguien ha modificado los registros de suministro —dijo Rodrigo en voz baja—. Rutas. Cantidades. Firmantes.

Fue el primero de una serie de pliegos. No el último.

Durante las dos horas siguientes, Rodrigo revisó los informes de provisión de la expedición de Colón como había aprendido a planificar asedios.

Primero el perímetro, luego el interior, luego el detalle que nadie había mirado todavía.

Velas, pólvora, alimentos, jarcias, aceite para los fanales.

Los nombres de los oficiales encargados de los transportes no concordaban en tres documentos distintos.

Algunos correspondían a hombres que no existían o que habían sido reasignados meses atrás.

Las órdenes se contradecían entre sí de una forma que producía exactamente el resultado contrario a un error.

El caos. Un caos calculado, con destinos distintos y sin firma responsable rastreable.

Entre los legajos de aprovisionamiento apareció un conjunto de notas al margen, escritas en un código de letras y números que no correspondía a ningún cifrado oficial conocido.

Los patrones eran repetitivos. Intervalos de tres caracteres, marcas de posición, instrucciones de redistribución.

No hacía falta descifrarlos por completo para entender su función. Eran órdenes.

Rodrigo apartó el legajo.

—Esto no lo levanta una sola mano en semanas.

Joaquín frunció el ceño. Había visto redes así en Granada. Sabía lo que significaban. Meses de trabajo, muchas manos, un sistema diseñado para sobrevivir a la caída de cualquiera de sus piezas.

Rodrigo se reclinó en la silla y se frotó los ojos con el pulgar y el índice.

Llevaban horas sin comer ni beber nada que no fuera el agua tibia del cántaro que un sirviente había dejado junto a la puerta.

El hambre no le molestaba —veinte años de campaña le habían enseñado a ignorar el estómago cuando la cabeza estaba ocupada—, pero notaba el cansancio en la nuca, en las muñecas de tanto pasar páginas.

—Hay algo más —dijo Joaquín, sacándolo de la fatiga—.

He encontrado tres pliegos con la firma de Espinosa.

Informes de tribunal, fechados antes de la campaña de Granada.

Los tres autorizan traslados de fondos a cuentas que no existen en los registros de la corona.

Las cantidades son pequeñas, lo bastante para no llamar la atención, pero constantes. Una cada mes durante seis meses.

—¿Adónde van los fondos?

—No lo dice. Pero los tres informes salen de la misma oficina de intendencia que supervisa Moncada.

Rodrigo pasó las cifras al cuaderno. Las piezas empezaban a encajar con la lentitud de un mapa de campaña. Líneas de avance que se cruzaban y se enredaban, y detrás una mano que llevaba meses trazándolas antes de que él supiera nada.

Al doblar un pasillo de regreso, Rodrigo acortó el paso.

Al fondo, junto a la puerta de la sala de archivos, un hombre conversaba en voz muy baja con el escribano de guardia.

El encuentro duró apenas un instante. Un papel doblado pasó de mano en mano sin que el ritmo del pasillo se alterara, y el hombre se alejó sin mirar atrás.

Rodrigo lo reconoció antes de verle bien la cara. El ropón de Santa Fe, el paso tranquilo, las manos de quien no había cargado nada más pesado que una pluma en años. Moncada.

—El hombre de la pólvora —dijo Joaquín sin levantar la vista—. Y ahora también pasa papeles en un pasillo.

Retomó el paso sin detenerse. Si se paraba, el escribano de guardia entendería que el nombre de Moncada le había golpeado, y para el final de la tarde Moncada lo sabría también.

A media tarde, uno de los escribanos de guardia levantó la vista de su atril por tercera vez en una hora.

No miraba a Rodrigo. Miraba el pliego que Rodrigo tenía abierto.

Llevaban demasiadas horas en el mismo sitio, consultando registros que llevaban meses sin salir de sus estantes, y aquel escribano llevaba toda la mañana sin nada que copiar, y a un escribano sin trabajo le sobra la lengua a la hora de comer.

Rodrigo buscó a Joaquín en el pasillo.

—Tú revisarás los registros del muelle norte. Yo los del almacén interior. En distintas horas. Si encuentras algo, el doblez que acordamos. Nada de comentarios. Nada.

Joaquín recogió sus papeles sin responder.

Llevaban dos días en el archivo y no tenían un solo nombre que no conocieran ya antes de llegar. El cuaderno crecía, pero las piezas seguían sueltas, y cada hora que pasaban en aquella sala era una hora más en la que alguien podía estar contando las suyas.

Mateo apareció al fondo de la galería cuando Joaquín ya se había marchado. Se apoyó contra la jamba con los brazos cruzados y la mirada fija en Rodrigo.

—¿Vas a decirme lo que piensas o vas a quedarte ahí hasta que lo adivine? —dijo Rodrigo sin levantar la vista de los pergaminos.

—Esto no es Granada.

Rodrigo levantó la vista.

—Ya lo sé.

—No estoy seguro. En Granada teníamos una compañía detrás.

Si algo salía mal, había hombres con armas que respondían a tu nombre.

Aquí somos cinco en un edificio lleno de funcionarios que no nos conocen y guardias que no nos deben nada.

Si alguien decide que estamos donde no debemos, no hay muro al que retirarse.

—Tenemos la carta de la reina —señaló Rodrigo.

—La carta de la reina es un sello de lacre y unas líneas de tinta. Sirve si la persona que la lee tiene miedo de la persona que la firmó.

«¿Y si no lo tiene? ¿Y si la persona que la lee es precisamente la que estamos buscando?».

Rodrigo sintió el peso del pliego sellado contra las costillas, bajo el jubón. Lo llevaba encima desde Santa Fe y cada día pesaba un poco más.

—¿Qué propones? —preguntó Rodrigo.

—Que no durmamos todos en el mismo sitio esta noche. Que Miguel y yo nos busquemos un techo cerca del muelle, con dos salidas. Si vienen a por ti, que tengan que buscarnos en dos sitios distintos.

Rodrigo lo consideró un momento. Mateo nunca proponía la precaución que cerraba el asunto. Proponía la que dejaba margen para cerrarlo al día siguiente.

—Hazlo. Si no oyes nada antes del alba, vuelve al archivo a primera hora.

Mateo descolgó los brazos y se enderezó.

—Una cosa más. El hombre del sayo pardo no ha vuelto a aparecer. Eso puede significar dos cosas, y ninguna es buena.

Se marchó sin esperar respuesta.

El escribano del atril había dejado de mirarlos hacía rato. Eso tampoco era bueno. Que hubiera dejado de mirarlos significaba que ya tenía la información que iba a llevar a otra parte.

Cuando las antorchas del pasillo empezaron a humear con el aceite bajo, Rodrigo recogió sus papeles y volvió a la posada.

Los cinco se reunieron en el cuarto de la posada. Rodrigo cerró la puerta.

Joaquín extendió sobre la mesa un pergamino que había apartado antes del cierre, un informe de aprovisionamiento de pólvora destinado al almacén de armamento del muelle.

—La fecha no es pasada —dijo—. Es de mañana al amanecer.

Si esa carga sale del muelle, desaparece de cualquier registro durante tres días.

Va consignada a nombre de un tal Alonso Briceño, que según los papeles es oficial de intendencia del puerto.

El problema es que ese nombre no aparece en ningún otro registro del archivo.

—Alguien que no existe mueve un cargamento real —dijo Rodrigo.

—Y la rúbrica que cierra el documento es la de Moncada —añadió Joaquín.

Rodrigo clavó la vista en él. La cera del candil goteó entre los papeles y se endureció formando un disco irregular que ninguno apartó.

«Maquinación».

—No hay tiempo para más observación —dijo Rodrigo—. Hay que actuar antes del amanecer. Anulando la orden de embarque. Una contrafirma con sello de la oficina de aprovisionamiento.

—¿A qué hora? —preguntó Mateo.

—Antes del alba.

—Voy contigo.

—Voy solo.

—Vas solo al muelle, a las tres de la mañana, a enseñar un documento falso a un contramaestre que no te conoce, en una ciudad donde alguien ya sabe que estamos mirando cosas que no deberíamos mirar —Mateo fue contando con los dedos—.

Iré delante hasta la esquina del almacén.

De ahí en adelante, estarás solo de verdad.

Rodrigo no discutió.

Diego habló desde la puerta.