Capítulo 11 #3
Esa noche, con los jergones dispuestos y la puerta atrancada, Rodrigo extendió el cuaderno sobre la mesa y repasó con Joaquín los indicios del cifrado de Granada y los dos nombres que traían de la corte, Bernardo Espinosa y el genovés Lorenzo Spínola.
A Spínola lo había nombrado Baltasar en Santa Fe, y el ventero de Écija lo había repetido sin que nadie se lo pidiera.
Dos bocas distintas, el mismo hombre. Todo apuntaba a los archivos del puerto. Todo empezaba ahí al amanecer.
Habían salido de la posada antes del alba. En el callejón del muelle, a cien pasos del acceso lateral del archivo, Rodrigo se detuvo y habló en voz baja.
—Mateo, te quedas fuera. Busca un sitio desde el que veas la entrada principal sin que te vean a ti. Diego, tú con Miguel en el pasillo de dentro. Miguel aprende, tú enseñas. Si veis algo raro, el doblez que acordamos. Joaquín, conmigo a los legajos.
—¿Y si alguien pregunta quiénes somos? —dijo Miguel.
—Inspección de la proveeduría, por orden del veedor. No des más detalles.
Se separaron. Mateo cruzó hacia la fachada principal. Diego entró por el acceso lateral con Miguel detrás.
En el archivo del puerto la mañana entraba por los ventanales con una luz amarillenta que hería más que iluminaba, manchando de oro sucio los estantes de roble donde los legajos dormían apilados como muertos en una fosa común.
El primer error llegó a los veinte minutos.
Un oficial cruzó el pasillo con un pliego bajo el brazo y Miguel giró la cabeza para seguirlo con la mirada, un giro completo, de toda la cabeza y el cuello.
Diego no dijo nada. Esperó a que el oficial doblara la esquina y entonces se acercó a Miguel por el flanco.
—¿Qué has visto?
—Un oficial con papeles. Sayo de paño oscuro. Cuarenta años, calvo por el centro.
—¿Y qué ha visto él?
Miguel tardó un instante.
—A alguien que lo estaba mirando.
—A alguien que lo estaba mirando —repitió Diego, sin alzar la voz—. Ya tiene tu cara. Daba igual lo que fuera.
Miguel hizo una mueca con la boca. Diego se alejó dos pasos y volvió a apoyarse contra la pared.
—Mira sin que se note —dijo sin girar la cabeza, con la vista fija en el extremo vacío de la galería—. Los ojos quietos. Abiertos. Cuando oigas un ruido a oscuras, no gires. Espera sin moverte. El ruido se mueve solo.
Miguel fijó la vista en la galería. Pasaron varios minutos. Solo se oía el rasgueo de una pluma en algún atril, y del suelo subía el olor a polvo y a cuero viejo de los legajos. Lejos, un portón se cerró con un golpe sordo que se notó en los estantes.
Cuando el siguiente oficial cruzó a paso vivo, Miguel no giró la cabeza. Lo dejó pasar por el borde de la vista y aun así retuvo el color del jubón y el modo de caminar.
A media mañana, un funcionario de sayo pardo recorrió el tramo dos veces seguidas en el mismo sentido. Sin pergaminos. Sin recado. Sin prisa y sin destino visible. Miguel lo notó la primera vez y no dijo nada. La segunda tampoco. Esperó a la tercera.
Entonces se acercó a Diego.
—Ese tipo lleva media hora recorriendo el mismo tramo. Va de vacío, sin fardo ni recado.
—¿Seguro?
—Completamente.
Diego bajó el mentón en un gesto breve y fue a comunicárselo a Rodrigo. Cuando salió de la sala de archivos, miró a Miguel un instante más largo que las veces anteriores.
Mateo cruzó el patio a media mañana y entró en la sala de archivos. Se acercó a Rodrigo con paso tranquilo, sin prisa.
—Había un hombre apostado en la esquina del almacén sur —dijo sin preámbulo—. Ha pasado dos veces frente a la entrada. La primera siguió de largo. La segunda se detuvo junto al abrevadero el tiempo justo para contar las ventanas.
—¿Sigue ahí? —Rodrigo soltó la pluma.
—Se fue hace un cuarto de hora. Hacia el muelle, no hacia el centro.
—¿Solo?
—Sí. Y no miraba al suelo al caminar. Miraba los tejados. Eso lo hace quien comprueba si lo siguen, no el que pasea.
—Que Diego lo siga si vuelve a aparecer. Sin acercarse. Solo quiero saber adónde va.
Mateo no se movió de inmediato después de la orden. Se quedó quieto el tiempo justo para avisar de que aún tenía algo que decir.
—Llevamos medio día aquí. Los escribanos nos han visto entrar y salir. Si ese hombre vigila este edificio por encargo, ya tiene nuestras caras.
—Probablemente.
—¿Y no te preocupa? —Mateo no apartó los ojos de él.
—Me preocupa más lo que hay en estos papeles.
Mateo soltó el aire por la nariz y salió por donde había entrado.
—Solo. Pero no miraba al suelo al caminar. Miraba los tejados. Eso lo hace quien comprueba si lo siguen, no el que pasea.
—Que Diego lo siga si vuelve a aparecer. Sin acercarse. Solo quiero saber adónde va.
Mateo no se movió de inmediato después de la orden. Se quedó quieto el tiempo justo para avisar de que aún tenía algo que decir.
—Llevamos medio día aquí. Los escribanos nos han visto entrar y salir. Si ese hombre vigila este edificio por encargo, ya tiene nuestras caras.
—Probablemente.
—¿Y no te preocupa? —Mateo no apartó los ojos de él.
—Me preocupa más lo que hay en estos papeles.
Mateo soltó el aire por la nariz y salió por donde había entrado.