Capítulo 11 #2
—Yo creo —dijo el ventero, que no había notado la patada o fingía no haberla visto— que cuando un rey pone barcos en el agua, alguien va a ahogarse.
Si es el genovés, le quitan los barcos. Si es otro, le quitan algo peor.
—Se inclinó hacia la mesa con el aliento agrio del vino barato—.
¿Sabéis quién pasa mucho por aquí estos meses?
Gente de Cádiz. Un tal Spínola, genovés también, y un correo de la casa de Medinaceli que sube y baja cada dos semanas como si le hubieran puesto ruedas.
Preguntadle a ellos adónde van esos barcos. Yo solo sirvo garbanzos.
Rodrigo no levantó la vista del plato. Cuando el ventero se alejó a servir a otra mesa, pasó ambos nombres al cuaderno.
Hablaba demasiado. Repetiría a la siguiente mesa lo que acababa de oír en la suya, y lo que acababa de oír eran cinco viajeros con acero que no habían dado sus nombres.
Para el amanecer, cualquiera que preguntara en el cruce de Écija sabría que habían pasado por allí.
En el rincón más oscuro de la venta había un hombre solo, con una pierna que no doblaba y una jarra de vino que no llenaba.
—Las fiebres de Málaga —dijo, sin que nadie le preguntara—.
Eso es lo que nadie os cuenta de la guerra.
No os cuentan que el pan llegaba con gusanos ni que el frío mataba más soldados que los moros.
Os cuentan las banderas y las trompetas.
—Escupió en el suelo—. Los que mandan siempre dan las órdenes desde donde no llega el barro.
Rodrigo lo escuchó sin asentir ni discutir. Al marcharse, el viejo les miró las espadas y las capas de viaje.
—Suerte —dijo sin mirarlos.
Al séptimo día, Diego se acercó a Rodrigo al paso, con la vista puesta en la línea de encinas que flanqueaba el camino.
—Hay un jinete que lleva medio día detrás de nosotros. Mantiene la distancia, no se acerca ni se aleja. Cuando paramos, para. Cuando reanudamos, el vuelve a seguir.
—¿Armado?
—No lo he visto lo bastante de cerca.
—Ve a comprobarlo. Rodéalo por la ladera y vuelve con algo concreto.
Diego espoleó el caballo y se adelantó al trote. En el primer recodo giró a la derecha, se metió entre las encinas y desapareció. Rodrigo contó hasta veinte antes de reanudar la marcha. Si alguien observaba la columna desde la ladera, acababa de ver salir a un jinete solo. Eso ya era un aviso.
Mateo lo siguió con la mirada.
—Algún día le voy a preguntar quién le enseñó a moverse así.
Diego volvió una hora después, por la izquierda, desde una dirección que nadie esperaba.
—Un arriero. Lleva dos mulas vacías y un fardo que no pesa lo que debería. Vigila más el camino que las mulas. Le he dado la vuelta por la ladera y lo he visto de frente. Tiene cara de desconfianza y de no querer que nadie sepa adónde va.
—¿Peligroso?
—No para nosotros. Pero va en la misma dirección.
Rodrigo lo retuvo. Otro apunte para el cuaderno. Otra hebra suelta que aún no ataba con las demás, pero que convenía no perder. Cualquier correo que hubiera salido de Écija ya estaría llegando al puerto con la cuenta de jinetes y la descripción de las capas.
El octavo día transcurrió sin incidentes. El arriero no volvió a aparecer y el terreno se fue abriendo en llanura hacia el sur. Nadie habló más de lo necesario.
El noveno día, el aire cambió. El viento traía sal, brea y ese olor particular de los ríos grandes cuando se acercan al mar, cargados de limo y de tráfico.
Los olivares dieron paso a huertas, las huertas a almacenes, los almacenes a muros de piedra y ladrillo que se apretaban contra el camino con la densidad de las ciudades que llevan siglos creciendo hacia dentro.
Sevilla apareció al final del camino bajo un cielo plomizo.
Cruzaron la puerta de la Macarena al mediodía, entre carros de hortalizas y recuas de mulas que olían a estiércol fresco.
El ruido de la ciudad los recibió de golpe.
Pregoneros, herreros, el ladrido de los perros callejeros y el murmullo denso de miles de voces hablando a la vez.
Rodrigo notó que Diego se pegaba a las paredes, buscando las sombras por instinto, y que Miguel, en cambio, giraba la cabeza en todas direcciones con la boca entreabierta.
Encontrar alojamiento cerca del puerto llevó el resto de la tarde.
La carta de la reina abría puertas, pero Rodrigo no quería usarla todavía.
Mostrarla significaba que cada oficial, cada escribano y cada guardia del edificio supiera quiénes eran y a qué venían.
Necesitaban un sitio discreto, cercano a los archivos, con más de una salida.
Fue Diego quien lo encontró. Rodrigo lo mandó a recorrer las calles alrededor del puerto mientras los demás esperaban con los caballos junto a una fuente.
—Hay una casa de posadas en el callejón detrás de los almacenes de sal —dijo al volver—.
Dos plantas, cuatro cuartos en la segunda, escalera por delante y un patio trasero que da a un callejón sin nombre.
El posadero es viejo, sordo del oído izquierdo y no ha preguntado nada cuando he entrado a mirar.
—¿Accesos al edificio de archivos?
—Cuatro que he visto. Dos vigilados, dos sin guardia. El más cercano a la posada es el del callejón del muelle, a cien pasos.
Rodrigo lo dio por bueno sin hablar.
—Nos quedamos ahí. Mateo, paga dos noches por adelantado. No des nombres.