Rodrigo de Salazar: Enemigo sin bandera (Rodrigo de Salazar 1) Capítulo 11
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Capítulo 11

Leer el barro

Salieron de Santa Fe al amanecer del tercer día después de la audiencia con la reina, cuando la última estrella todavía resistía sobre el horizonte y el frío de enero mordía las manos a través de los guantes de cuero.

Rodrigo cabalgaba al frente con Joaquín medio cuerpo por detrás, las riendas sueltas y la espalda recta.

Miguel iba a la altura del segundo caballo de carga, vigilando las cinchas, todavía comprobando de vista lo que los veteranos sabían de oído. Mateo cerraba la columna.

Rodrigo frenó el caballo y esperó a que Diego se pusiera a su altura.

—Adelántate hasta el cruce de Priego. Quiero saber el estado del camino, si hay paso cerrado, y cuánta gente se mueve por la ruta. Nos alcanzas en la venta que haya antes de que el terreno se cierre.

Diego asintió, ajustó el arco cruzado sobre la espalda y espoleó sin decir nada. En menos de un minuto el camino se lo había tragado.

—¿Por qué lleva arco y no arcabuz? —preguntó Miguel, que lo miraba desaparecer entre los olivos.

—Porque se lo pedí yo —dijo Rodrigo—. Va a explorar el camino. El arcabuz se oye a media legua y el arco no.

Miguel no preguntó más y volvió a las cinchas. Mateo, desde la retaguardia, soltó una risa corta.

—También es que apunta mejor con el arco que con el arcabuz. Pero eso no se lo digas, que le da igual.

Diego los alcanzó al mediodía, saliendo de un olivar a la derecha del camino. Traía polvo en las botas y una rama de retama enganchada en la capa que no se molestó en quitarse.

—Camino limpio hasta el cruce. —Se puso a la altura de Rodrigo—. Hay una venta a dos leguas, con un pozo que sirve. Después el terreno se cierra durante media jornada. Encinas viejas, ladera cerrada por ambos lados, cobertura a veinte pasos.

—¿Gente?

—Un pastor con cabras en la cañada de abajo. Tres arrieros en el cruce, con mulas cargadas de aceite.

—¿Cómo sabes que son de aceite? —preguntó Miguel desde atrás.

Diego giró medio cuerpo en la silla.

—Por el olor. Por las manchas en los costales. Y por el paso. Las de aceite cargan más despacio que las de grano. El líquido se mueve dentro del odre y la mula compensa el balanceo. Mírales las patas la próxima vez.

Miguel se fijó en los animales de carga de su propia columna. No supo ver la diferencia, pero guardó la lección donde guardaba todas las que Diego le daba, en un sitio que aún no tenía nombre y que se llenaba deprisa.

Esa tarde, mientras los caballos descansaban junto a una fuente de piedra cuyo caño escupía un agua turbia y fría, Mateo se sentó junto a Rodrigo y habló en voz baja, procurando que los demás no oyeran.

—¿Sabes lo que me preocupa de este encargo?

—Dime.

—Que termine en un barco. —Mateo miraba el agua de la fuente como si prefiriera no verla—.

He peleado en cada agujero de frontera entre aquí y Almería.

He dormido en barro, en nieve, en la sangre de otro.

Pero un barco es distinto. En un barco no puedes irte a ningún lado.

Si algo va mal, estás rodeado de agua por todas partes y el único sitio al que puedes huir es al fondo.

—No sabía que le tuvieras miedo al mar.

—Al mar no. En tierra, si te tuercen el flanco, abres camino con el hierro. En un barco, el hierro no abre agua. Lo que decida la corriente, decidido está.

Rodrigo no respondió. Mateo tenía razón, y los dos lo sabían. La orden estaba dada y los caballos seguirían andando hacia el sur con o sin ellos cómodos encima.

—Aprenderemos —dijo Rodrigo.

—A nadar, espero —dijo Mateo. Soltó un sonido corto que no llegó a risa.

Al cuarto día, Diego cabalgaba junto a Miguel en la retaguardia cuando detuvo su caballo junto a un arroyo seco y desmontó.

—Baja —dijo.

Miguel desmontó. Diego se agachó junto al cauce y señaló el barro con el dedo.

—¿Qué ves?

Miguel miró.

—Barro.

—Mira otra vez.

Miguel se agachó a su lado. Al cabo de un momento señaló unas marcas alargadas en el lodo.

—Huellas. De bota.

—De dos botas distintas. Esta tiene la suela lisa, de cuero nuevo. Un hombre que no camina mucho. Esta otra tiene clavos, como las de soldado. Cruzaron hace menos de una hora. El barro todavía no se ha secado en el fondo de la marca. Iban en la misma dirección que nosotros.

—¿Es importante?

—Probablemente no —dijo Diego—. Pero algún día lo será. Aprende a leerlas ahora.

Montaron de nuevo. Miguel se sorprendió mirando el suelo del camino con otros ojos el resto de la tarde.

Al quinto día vieron el cortejo desde una loma.

Cuatro hombres cargaban una caja de tablas sin desbastar, tan estrecha que el muerto debía de ser niño o pobre, y un cura caminaba detrás recitando un latín que el viento se llevaba antes de que terminara las frases.

No se detuvieron. Nadie los llamó y nadie los esperaba.

Miguel se descubrió la cabeza. Mateo bajó la vista al barro del camino.

Joaquín se santiguó con un gesto que Rodrigo no le había visto hacer en toda la campaña de Granada, lento, con los ojos cerrados, la mano pasando por la frente, el pecho y los hombros sin prisa, marcando cada punto como se cierra un trato.

Diego no hizo nada. Miró el hoyo cavado junto al camino, miró a los cuatro hombres que bajaban la caja, miró la tierra apilada junto al borde, y volvió a mirar la senda.

Rodrigo escuchó los primeros puñados de tierra golpear la madera.

El sonido le siguió mucho después de que el cortejo quedara atrás, y a la altura de la siguiente loma todavía le venía a la cabeza.

Esa noche acamparon en un cortijo abandonado cuyo techo dejaba entrar más estrellas que las que tapaba.

Mientras Mateo encendía el fuego y Miguel desensillaba los caballos, Rodrigo llamó a Joaquín aparte.

Se sentaron junto a un muro medio derruido, lejos del resplandor de las llamas, y Rodrigo sacó el cuaderno donde llevaba semanas anotando nombres, fechas y sospechas con letra pequeña y apretada.

La palma derecha protestó al cerrar los dedos sobre la pluma.

El corte del Albaicín había dejado de sangrar hacía días, pero la costra nueva tiraba cada vez que abría o cerraba la mano.

—En Sevilla vamos a revisar archivos. Mucho papel, poco tiempo, y gente mirando. No podemos comentar lo que encontremos en voz alta ni en los pasillos.

—¿Qué propones?

—Unas señas convenidas. Si encuentras un documento que no cuadra, le haces un doblez en la esquina inferior derecha. Dos dobleces si es urgente. No escribas nada en el margen, no señales nada, no cambies el documento de sitio. Al final del día cruzamos lo que cada uno haya encontrado.

Joaquín lo pensó un momento.

—¿Y si alguien lo nota?

—Los legajos viejos siempre tienen dobleces. Nadie repara en uno más.

Joaquín no dijo nada más.

Más tarde, cuando los demás dormían, Rodrigo salió a orinar y encontró a Diego sentado sobre el muro del cortijo, de espaldas al campamento, con los ojos puestos en la oscuridad del campo abierto.

No hacía nada. Solo miraba. El arco descansaba a su lado, con una flecha suelta apoyada contra la piedra.

—¿Algo? —preguntó Rodrigo.

—Un zorro hace una hora. Nada más.

Rodrigo se apoyó en el muro a su lado. El frío era seco y limpio, distinto al de Granada, que siempre olía a humo y a ceniza. Del campo abierto solo llegaba el silbo del viento contra las encinas y, muy de tarde en tarde, el chasquido de una rama que alguien o algo había pisado.

—¿Cuántas noches llevas sin dormir más de tres horas? —preguntó Rodrigo.

Diego tardó en responder. No le costaba la respuesta. Estaba decidiendo si la pregunta merecía una.

—Las suficientes para que ya no importe.

Rodrigo no insistió. Había visto a otros así en campaña. Aguantaban un mes, dos, tres, hasta que una mañana no se levantaban del jergón y nadie había sabido leer la víspera.

—Duerme. Yo hago la segunda guardia.

Diego lo miró un instante. Sus ojos hundidos reflejaron la poca luz que llegaba del campamento. Asintió una vez. Recogió el arco y la flecha y bajó del muro sin hacer ruido. Rodrigo no lo oyó entrar en el cortijo.

La sexta noche pararon en una venta pegada al cruce de Écija. Rodrigo mandó a Diego por delante. Llevaban seis días en el camino y aún no sabían si alguien los seguía por encargo o por costumbre. Conviniera saberlo o no, alguien iba detrás.

—Entra, mira y sal —dijo Rodrigo—. Si está limpio, nos dices.

Diego desmontó, se quitó el arco y lo dejó en la silla. Entró por la puerta con las manos vacías y la cabeza baja. Salió al cabo de un momento y levantó el mentón una vez. Los demás desmontaron y entraron. El interior era bajo de techo y negro de hollín, con una chimenea que tiraba mal.

El ventero era un hombre gordo, sudoroso, con una voz que llenaba la sala más que el humo de la chimenea.

Les sirvió un guiso de garbanzos duros y tocino rancio y se quedó de pie junto a la mesa, secándose las manos en el delantal, esperando conversación con la misma paciencia con que esperaba la propina al final del servicio.

—¿Soldados? —preguntó, mirando las espadas.

—Viajeros —dijo Rodrigo.

—Ya. Viajeros con acero y espuelas de campaña.

—El ventero sonrió con los pocos dientes que le quedaban—.

Aquí paran muchos viajeros así últimamente.

Todos van para el sur. ¿Sabéis lo que dicen en Córdoba?

Que la reina quiere darle barcos a un genovés para que se caiga por el borde del mundo.

Tres naves, dicen. O cuatro. Según a quién le preguntes.

—¿Y usted qué cree? —preguntó Miguel.

Mateo le dio una patada bajo la mesa. Miguel cerró la boca.