Capítulo 10 #2
Sobre el tablero, junto a los papeles, Rodrigo había dejado la espada.
En Granada la dejaba apoyada contra la tierra, contra una piedra, contra la madera de un carro de suministros.
Aquí reposaba sobre madera noble y pulida y el sonido que había hecho al depositarla era distinto, más limpio, más corto, sin el eco sordo que daba la tierra.
Le había llamado la atención ese sonido. Era un detalle sin importancia.
El candil chisporroteó. La llama se inclinó, se recuperó, siguió quemando con la irregularidad de antes. Las líneas de los mapas temblaban con cada oscilación, y por un momento las rutas trazadas en tinta parda parecían ríos reales vistos desde muy alto, con corrientes propias.
Joaquín permanecía de pie junto a la pared con los brazos cruzados. Habló sin levantar la voz.
—Espinosa —dijo, y no hizo falta que señalara nada.
Rodrigo lo observó sin prisa. Luego, en voz baja, repitió el nombre.
—¿Tienes algo concreto o solo la sensación?
—De momento, la sensación —dijo Joaquín—. Pero llevo veinte años en esto y mis sensaciones rara vez se equivocan.
—Entonces vigilamos.
Joaquín asintió. Era un punto de partida.
La cámara tenía espacio para los cinco si nadie se movía demasiado.
Mateo ocupaba el centro sin pretenderlo, como siempre, porque el espacio central era el que ofrecía más ángulos de salida.
Diego no se había movido de la puerta. Los ojos recorrían techo, esquinas, puerta, en una cadencia que el cuerpo ya hacía sin pensarla.
Miguel seguía en el sitio que había elegido al entrar.
Joaquín, pegado a la pared del fondo, era casi una sombra con brazos.
Miguel se aflojó el cuello del jubón.
—Los del salón —dijo Miguel—. ¿Siempre miran así a los que vienen del campo?
—¿Cómo? —dijo Diego.
—Como si ya hubieran decidido algo sobre vosotros antes de hablaros.
Diego tardó un momento.
—En el campo el enemigo viene de cara y con un arma en la mano. Aquí no.
Miguel no dijo nada más.
Rodrigo dejó los pergaminos sobre la mesa.
—Lo que hay aquí —dijo— es suficiente para que la expedición no llegue a zarpar si alguien lo usa antes de que nosotros lo usemos.
Nadie respondió de inmediato.
—¿Qué clase de misión protege una expedición de mercaderes y navegantes? —dijo Mateo al fin. No objetaba. Necesitaba entender para qué servía aquello antes de saber cómo funcionaba—. En Granada había un muro. Aquí hay papeles.
—En Granada había un muro y detrás del muro había otro problema —respondió Rodrigo—. Aquí los problemas no tienen muro. Están en el salón tomando vino con nosotros.
Mateo quedó pensativo.
—Espero que lo que más falta haga sea la espada —dijo—. Porque de intrigas no entiendo.
—De eso nos encargamos los demás —dijo Joaquín desde el rincón, sin moverse.
Diego despegó la espalda de la pared lo justo.
—El enviado de Colón —dijo—. ¿Confías en él?
—No —dijo Rodrigo.
—¿Y en lo que te ha dicho?
—En eso sí. Son cosas distintas.
Diego volvió a la pared. Asintió una vez, con peso, como cerrando un archivo.
—Espinosa —dijo Miguel de repente.
Los cuatro lo miraron. El muchacho no se achicó, pero sí tardó un instante en continuar.
—Lo he visto tres veces esta tarde hablando con personas distintas en tres rincones distintos del salón. Cada vez que terminaba, el otro miraba hacia donde estabais vosotros. —Hizo una pausa—. No sé si eso significa algo o si estoy viendo intenciones donde no las hay.
—Significa algo —dijo Joaquín.
—¿Cómo lo sabes? —preguntó Miguel.
—Porque lo que describes no es curiosidad. La curiosidad mira una vez. Lo que describes es método.
Miguel lo sopesó. Rodrigo lo dejó pensar sin intervenir. El muchacho asimiló en silencio.
—¿Qué hacemos con Espinosa? —preguntó Mateo.
—De momento, nada —dijo Rodrigo.
Mateo frunció el ceño. La respuesta lo incomodaba.
—Si lo dejamos suelto, en dos días tiene tres caminos abiertos y nosotros ninguno.
—Dejar que un problema crea que se mueve libremente es distinto —dijo Joaquín—. Si lo tocamos ahora, se esconde. Si lo dejamos, nos enseña quién más se mueve con él.
Mateo consideró eso. No parecía convencido, pero no tenía con qué rebatirlo.
—No me gusta —dijo.
—A mí tampoco —dijo Rodrigo—. Pero lo hacemos igual.
—Pero lo hacemos igual —repitió Mateo.
Diego habló con la vista fija en la puerta.
—En la frontera mirábamos el vado antes de cruzar. —Calló un momento—. Aquí todavía no sabemos dónde está.
—Por eso no cruzamos esta noche —dijo Rodrigo.
El candil chisporroteó de nuevo. Una corriente de aire que no venía de ninguna ventana visible recorrió la cámara y estiró las sombras contra el muro antes de soltarlas.
—¿De verdad ninguno habéis comido desde esta mañana? —preguntó Miguel.
Nadie respondió.
Mateo soltó una carcajada.
Diego negó con la cabeza. La puerta seguía siendo lo único que miraba.
—En Loja estuve cuatro días con un mendrugo, muchacho —dijo Mateo—. Te acostumbras.
—Mañana hay que moverse temprano —dijo Rodrigo—. Descansad lo que podáis.
Los hombres se retiraron a las cámaras contiguas. Miguel se detuvo en el umbral.
—Voy a tomar el aire —dijo, y salió hacia el patio interior.
Joaquín no salió de la sala. Se detuvo un momento junto a la mesa, miró los pergaminos sin tocarlos, y luego miró a Rodrigo.
—El nombre que te dio el enviado —dijo en voz muy baja—. El mercader de Cádiz. Lo conozco.
Rodrigo esperó.
—No de vista —dijo Joaquín—. De trabajo. Hace tres años intercepté una carta suya en Almería. La dejé pasar porque en ese momento no era mi problema. —Hizo una de sus pausas—. Ahora sí lo es.
Salió sin añadir nada más.
Rodrigo se quedó solo con la vela y los pergaminos y el nombre del mercader de Cádiz y los tres años que Joaquín llevaba cargando con aquella carta sin que hubiera sido todavía el momento de descargarla.
Esa noche, cuando los demás dormían, Rodrigo encontró a Miguel despierto en el patio interior, apoyado en el borde del pilón de piedra, con los ojos en el cielo y la cara quieta. Rumiaba algo que aún no sabía nombrar.
—¿No duermes? —preguntó Rodrigo.
—No puedo, señor.
Rodrigo se sentó en el borde del pilón. La piedra estaba fría incluso a través del cuero de los calzones. Del agua quieta subía un olor a cal y a musgo viejo. No le preguntó por qué no podía dormir. Fue Miguel quien habló.
—En Granada sabía qué debía hacer en cada momento. Aquí no sé ni dónde poner los ojos.
—Aquí todos fingen saber más de lo que saben —respondió Rodrigo—. Esa es la primera cosa que hay que entender.
—¿Y la segunda?
—Que tú todavía no sabes, y eso te obliga a mirar. Aquí dentro la mitad ya ha dejado de hacerlo. Aprovéchalo mientras dure.
Miguel consideró eso durante unos instantes. El agua del pilón estaba quieta, negra. La luna no llegaba al patio interior desde ese ángulo.
—No parece gran consuelo.
—No lo es —dijo Rodrigo—. Pero es lo que hay.
Al otro lado del patio, uno de los guardias nocturnos cruzó el arco de la galería con paso cadencioso. El sonido de las botas sobre la piedra se perdió en el corredor. Miguel siguió con los ojos en el cielo.
Rodrigo regresó al interior. Joaquín ya estaba en la cámara con el mapa más grande desplegado sobre la mesa. Rutas marítimas, villas costeras del sur, profundidades anotadas, corrientes marcadas en los márgenes con el trazo de un navegante experimentado.
—¿Cuántos de estos nombres crees que ya saben que estamos aquí? —preguntó Rodrigo, señalando una de las rutas marcadas.
Joaquín reflexionó antes de responder.
—Los suficientes para que tengamos que actuar antes de que ellos lo hagan.
Rodrigo recorrió con los dedos las líneas del mapa. Las rutas estaban trazadas con mano firme. Puntos de aguada señalados, corrientes anotadas, fondeos identificados. Aquel documento lo había preparado una mano experta. La misma pericia podía volverlo contra Colón.
—Entonces mañana empezamos a mover piezas.
Rodrigo enrolló el mapa y apagó la vela con los dedos.
Rodrigo se sentó en el borde del pilón. La piedra estaba fría incluso a través del cuero de los calzones. Del agua quieta subía un olor a cal y a musgo viejo. No le preguntó por qué no podía dormir. Fue Miguel quien habló:
—En Granada sabía qué debía hacer en cada momento. Aquí no sé ni dónde poner los ojos.
—Aquí todos fingen saber más de lo que saben —respondió Rodrigo—. Esa es la primera cosa que hay que entender.
—¿Y la segunda?
—Que tú todavía no sabes, y eso te obliga a mirar. Aquí dentro la mitad ya ha dejado de hacerlo. Aprovéchalo mientras dure.
Miguel consideró eso durante unos instantes. El agua del pilón estaba quieta, negra. La luna no llegaba al patio interior desde ese ángulo.
—No parece gran consuelo.
—No lo es —admitió Rodrigo—. Pero es lo que hay.
Al otro lado del patio, uno de los guardias nocturnos cruzó el arco de la galería con paso cadencioso. El sonido de las botas sobre la piedra se perdió en el corredor. El patio recuperó su serenidad. Miguel no dijo nada más.
Rodrigo regresó al interior. Joaquín ya estaba en la cámara con el mapa más grande desplegado sobre la mesa: rutas marítimas, villas costeras del sur, profundidades anotadas, corrientes marcadas en los márgenes con el trazo de un navegante experimentado.
—¿Cuántos de estos nombres crees que ya saben que estamos aquí? —preguntó Rodrigo, señalando una de las rutas marcadas.
Joaquín reflexionó antes de responder.
—Los suficientes para que tengamos que actuar antes de que ellos lo hagan.
Rodrigo recorrió con los dedos las líneas del mapa.
Las rutas estaban trazadas con mano firme: puntos de aguada señalados, corrientes anotadas, fondeos identificados.
Alguien que sabía lo que hacía había preparado aquel documento, y alguien que sabía lo que hacía podía emplearlo también para deshacer lo que Colón quería construir.
—Entonces mañana empezamos a mover piezas.
Rodrigo enrolló el mapa y apagó la vela con los dedos.