Capítulo 10
Cuatro nombres
Rodrigo salió de la cámara y volvió al salón.
Joaquín lo esperaba junto a una de las columnas. Le bastó una mirada al rostro de Rodrigo para saber que algo había cambiado.
—¿Instrucciones? —preguntó Joaquín.
Rodrigo no se detuvo. Había entendido.
Joaquín ajustó el paso al suyo.
—Hay alguien que debéis conocer —dijo, y señaló con la barbilla hacia la tribuna de los escribanos—. Baltasar de Henares. Secretario menor del Consejo Real. Tiene más ojos que cargo y los usa bien. Trabaja para la reina, aunque su firma no aparece en ningún papel que lo diga.
Rodrigo se acercó a la tribuna. Henares le salió al paso con un movimiento perezoso, separándose un par de varas de la pared sin perder de vista la sala. Tenía la voz de seda raída y los ojos de mirón de cerraduras, y habló sin mirarlo directamente, como si comentara el tapiz más cercano.
—Espinosa. Y con él, Moncada, que despacha la pólvora del puerto de Sevilla. Los dos preguntan por vos desde esta mañana. No son curiosos. Son metódicos. Hay un tercero que no pisa palacio: un tal Galván, que trabaja para una casa genovesa y recoge lo que otros firman.
Rodrigo registró los nombres sin alterar el paso. A Moncada lo había visto en el salón. Galván no le decía nada. Todavía.
—Algo más —añadió Henares, más bajo—. Hay un nombre que os conviene recordar. Lorenzo Spínola. Genovés. Lo veréis en los puertos del mediodía si llegáis hasta allí. Buscadlo antes de que os encuentre.
Henares inclinó la cabeza apenas y se retiró sin añadir nada. Rodrigo fijó los cuatro nombres en la memoria con el método que daban años de frontera. Dos en el salón, dos en los muelles.
El corredor olía a humedad antigua y a pabilo frío. Las paredes sudaban.
Mientras Rodrigo se movía entre pasillos y cámaras sin ventanas, sus hombres habían resuelto la tarde a su manera.
Mateo había encontrado un banco de piedra junto a la puerta de las cocinas desde el que vigilaba los accesos sin que nadie le pidiera que lo hiciera.
Diego había recorrido el ala este entera y podía dibujar de memoria la disposición de puertas, escaleras y salidas. Miguel había bajado a las cocinas.
Más tarde, ya con la tarde avanzada, Rodrigo fue conducido a un pequeño salón al que se llegaba por una escalera estrecha y sin señales.
Una cámara lateral sin ventanas al exterior, con una sola vela sobre la mesa y el olor a cerrado de un espacio que se usaba poco y se ventilaba menos.
Dos sillas, una mesa, un candelabro. Nada que no fuera necesario.
El enviado de Colón ya estaba dentro.
Era un hombre de cuarenta años largos, desconfianza crónica y gestos medidos, de los que no adelantan nada en los primeros movimientos de una reunión.
Cargaba con un cuerpo enjuto, curtido por los puertos, una carpeta de cuero bajo el brazo y una memoria de agravios que no se molestaba en disimular del todo.
Rodrigo cerró la puerta al entrar. Se sentó frente a él sin quitarse los guantes. El otro no hizo comentario, aunque anotó el gesto. Solo entonces extrajo la carpeta de cuero, sacó los pergaminos y los extendió sobre la mesa con un gesto repetido hasta parecer natural.
—El navegante necesita garantías —dijo el enviado—. No de victoria, sino de que los preparativos no serán saboteados antes de zarpar.
—Eso es exactamente lo que he venido a asegurar —dijo Rodrigo, con la vista en los mapas.
El enviado no asintió de inmediato. Dejó pasar un instante, que usó para sopesar lo que acababa de escuchar. Luego habló.
—He oído eso antes, caballero. De hombres enviados por la Corona con cartas mejor selladas que la vuestra y más años de servicio en el lomo. Ninguno duró hasta el invierno.
—¿Qué les ocurrió?
—Unos comprendieron tarde que la misión era más grande de lo que habían calculado. Otros —dijo, y aquí hizo una pausa breve— comprendieron demasiado pronto que podía resultarles más rentable en otra dirección.
Rodrigo no apartó la mirada.
—Y vos ¿cómo distinguís cuál soy yo?
—Todavía no lo sé —dijo el enviado—. Por eso seguimos hablando.
Recogió dos de los pergaminos y los retiró al interior de su jubón sin explicación.
Los que quedaron sobre la mesa mostraban rutas marcadas en tinta parda sobre pergamino grueso, nombres de marineros con anotaciones al margen sobre lealtades y deudas, puntos de aprovisionamiento en los puertos del sur y contactos en Palos, en Moguer, en el convento de La Rábida.
Rodrigo los estudió. Primero el perímetro, luego los accesos, luego los puntos que no figuraban en el plano.
—Hay tres nudos donde la red es más fácil de cortar —dijo Rodrigo, señalando sin tocar el papel—.
El aprovisionamiento en Palos, porque depende de un contrato que todavía no está firmado.
La marinería que haya de enrolarse en Palos, porque en ese puerto los hombres deben lealtad a los Pinzón antes que a la Corona, y los Pinzón tienen ambiciones propias sobre lo que se encuentre al otro lado.
Y los mapas, porque si alguien ha copiado estos antes de que lleguen a manos de Colón, la expedición zarpa con información que ya no es solo suya.
El enviado lo miraba sin interrumpirle.
—¿Os han informado de todo eso en un solo día de corte? —dijo cuando Rodrigo terminó.
—Me han dado documentos. Yo he leído los documentos.
Otro silencio. Más corto que el anterior. Luego el enviado extendió sobre la mesa uno de los pergaminos que había retirado, lo giró hacia Rodrigo y lo acercó con dos dedos.
—Hay un cuarto nudo —dijo—. Que vos no podíais saber todavía porque no está en ningún papel que la Corona os haya entregado.
Rodrigo leyó. Era un nombre, una fecha y un puerto. El nombre no lo conocía. La fecha era posterior a la rendición de Granada. El puerto era Cádiz.
—¿Quién es? —preguntó.
—Un mercader que lleva dos años vendiendo información sobre rutas atlánticas a intereses que no son castellanos.
Ha visto parte de los planos de navegación.
No todos. Los suficientes para que si zarpa la expedición sin que ese asunto esté resuelto, alguien llegue antes que Colón a lo que Colón va a buscar, o al menos antes de que Colón pueda reclamar que llegó primero.
Rodrigo dobló la hoja y la dejó sobre la mesa, entre los dos.
—¿Por qué me lo decís a mí y no a la Corona directamente?
El enviado la recogió.
—Porque lo he dicho a la Corona directamente —respondió el enviado— y llevo tres meses esperando que alguien haga algo al respecto.
Se incorporó, guardó los pergaminos que había apartado con la misma soltura con que los había desplegado y dejó los mapas de rutas sobre la mesa.
—Vos sois lo que ha llegado —dijo—. Así que trabajo con lo que hay.
Rodrigo se puso en pie.
—Necesito un modo de contactaros que no pase por ningún escribano del palacio.
El enviado ya estaba en la puerta. Se volvió lo justo.
—El guardián de La Rábida recibe mis cartas antes que nadie y las guarda mejor que nadie. Lo que le enviéis con el sello de la Corona y sin nombre de remitente llegará a mis manos en menos de una semana.
—¿Y si necesito menos de una semana?
—Entonces rezad para no necesitarlo —dijo, y salió.
La vela había menguado casi un dedo durante la conversación. Rodrigo permaneció un momento en la cámara vacía, con la vista en la mesa donde ya no había nada, y pensó en el mercader de Cádiz y en los tres meses que llevaba el enviado esperando que alguien hiciera algo al respecto.
Alguien. Ahora él.
Al cruzar el salón de vuelta, notó que algo había cambiado. Algunos nobles que horas antes lo observaban con distancia calculada ahora apartaban la mirada un instante más tarde, como si el precio de ignorarlo hubiera subido durante la tarde.
Las dependencias que les habían asignado ocupaban el fondo del ala sur.
Una sala amplia con mesa larga, sillas y candiles suficientes, y tres cámaras contiguas con jergones para los cinco.
No era lujo, pero era limpio, caliente y más de lo que la mayoría de los capitanes recibía en su primera noche en la corte.
Rodrigo supuso que la reina había dado la orden antes de recibirlo. Eso también era información.
Se reunieron en la sala principal. El candil de aceite sobre el tablero tenía la cazoleta llena y la llama ardía recta. El calor de la piedra era distinto al de las tiendas de campaña, seco, quieto, sin corrientes que lo torcieran.
Mateo fue el primero en entrar. Miró la cámara, miró el jergón, miró la madera pulida.
—He dormido en sitios peores —dijo—. Pero nunca con menos ganas.
Diego llegó después, sin prisa, barrió las esquinas de la habitación con una mirada antes de elegir su sitio junto a la puerta, la espalda contra la piedra.
A continuación entró Miguel, con los carrillos apretados y la mandíbula moviéndose con una discreción que no engañaba a nadie. Rodrigo levantó una ceja.
—Traga antes de sentarte —dijo.
Miguel tragó. Le costó dos intentos.
—No había cenado, señor.
—Ninguno hemos cenado. Tú eres el único que le ha puesto remedio.
Mateo soltó una media sonrisa. Miguel se limpió las migas de la comisura con el dorso de la mano y se situó junto al tablero sin apoyarse en él.
Joaquín entró el último, sin que la puerta hiciera ruido al cerrarse, se situó en el rincón más alejado del candil y no dijo nada.
Rodrigo desplegó los pergaminos sobre la mesa y los dispuso en paralelo, sin que ninguno rozara al de al lado.
El tacto del papel cambiaba según el origen.
El de la Corona, cerrado aún con el lacre rojo del sello de Isabel.
El del enviado de Colón, más delgado, con los bordes irregulares del pergamino que ha viajado doblado mucho tiempo.