Rodrigo de Salazar: Enemigo sin bandera (Rodrigo de Salazar 1) Capítulo 9 #3
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Capítulo 9 #3

Rodrigo sostuvo la mirada de la reina. Llevaba días cargando con aquella información bajo el jubón, sopesando en quién confiar, midiendo cada conversación contra la posibilidad de que el interlocutor fuese una de las iniciales del documento.

La mujer que tenía delante era la única persona en Castilla a la que no necesitaba medir.

—Habla de la empresa del poniente, Majestad.

La expedición de Colón. El documento detalla una estructura de sabotaje que lleva meses en preparación.

Nombres en clave, tres al menos, designados por iniciales.

Rutas de suministro comprometidas, fechas de reuniones del Consejo, movimientos de fondos fuera de registro.

Quien lo redactó tiene acceso a los asuntos más reservados de la Corona.

No es un espía de campo. Es alguien que ha estado presente en las salas donde se toman las decisiones.

Isabel no respondió de inmediato. Rodrigo la observó sopesar cada parte de lo que acababa de oír, y lo que vio en aquel rostro no fue sorpresa. Isabel ya sospechaba algo. Lo que Rodrigo le estaba dando era la prueba que venía del otro lado de la muralla.

Isabel extendió la mano hacia la mesa, señalando la superficie con un gesto que no pedía sino que ordenaba.

—El documento.

Rodrigo se abrió el jubón y extrajo el pergamino que llevaba pegado al cuerpo desde la noche del descifrado.

Lo depositó sobre la mesa con la escritura cifrada hacia arriba.

Los caracteres árabes entrelazados con latinos devolvieron un fulgor corto a la luz del candelabro, indescifrables para cualquiera que no tuviera la clave. Isabel lo observó sin tocarlo.

—Aquí están las equivalencias —dijo Rodrigo, sacando la copia que había hecho en el campamento—. Cada símbolo con su correspondencia. La primera mitad usa sustitución simple. La segunda añade un desplazamiento con un número primo. González lo documentó todo.

Isabel tomó la copia y la leyó sin prisa, pasando el dedo por las columnas sin detenerse en ningún símbolo más de la cuenta. Rodrigo registró ese detalle. La reina sabía leer cifrados, o al menos sabía qué estaba mirando.

—¿Quién más ha visto esto? —preguntó sin alzar la vista.

—González y yo. Nadie más.

—¿Ni el capitán Fernández de Córdoba?

—Ni él —dijo Rodrigo—. No hasta saber quién está detrás de cada inicial.

Don Gonzalo es el hombre en quien más confío en Castilla, pero si quien redactó este documento tiene acceso a los consejos del rey, la cadena de confianza se acorta hasta que queden solo las manos en las que uno pondría la cabeza.

Isabel lo miró. Algo cruzó aquel rostro que Rodrigo no habría sabido nombrar, y que tampoco trató de nombrar. Apartó la vista a la mesa y esperó.

—Habéis hecho bien —dijo al fin—. Otros habrían buscado el mérito de la entrega antes que la prudencia de la reserva.

Rodrigo no respondió. No era un cumplido que requiriera respuesta.

—El pergamino debe quedar a buen recaudo, Majestad —dijo Rodrigo—. Es la única prueba física de que la red existe. Yo ya he memorizado el contenido y tengo la copia del descifrado. El original vale más como prueba en manos de la Corona que bajo el jubón de un capitán de campaña.

Isabel lo recogió de la mesa, lo enrolló y lo guardó en el pliegue de su manto con un gesto que no admitía discusión sobre el destino del documento.

—Quedará donde nadie pueda alcanzarlo —dijo—. Ni destruirlo.

Guardó silencio un momento. Cuando volvió a hablar, no miraba a Rodrigo sino a la mesa, como si lo que iba a decir fuera algo que llevara tiempo pensando y que solo ahora tuviera delante al hombre adecuado para escucharlo.

—El genovés lleva años llamando a mi puerta.

Su propuesta ha sido rechazada una vez. Mis consejeros están divididos.

La mitad cree que es un iluminado. La otra teme que, si no lo financiamos nosotros, lo financiará Portugal, y lo que Colón encuentre al otro lado del mar será portugués y no castellano.

—Hizo una pausa. La llama del candelabro se inclinó con una corriente que venía del corredor—.

Yo no he tomado aún la decisión. Pero lo que habéis encontrado en esa torre me confirma que hay quienes sí la han tomado, y han decidido que la empresa no debe existir.

No esperan a que yo firme para destruirla.

La están destruyendo ahora, antes de que exista, para que cuando llegue el momento de firmar no haya nada que firmar.

Rodrigo escuchó sin moverse. Conocía aquella cadencia. Isabel no pedía consejo, exponía lo que ya había resuelto.

—No voy a comprometer el tesoro de Castilla ni el nombre de esta Corona en una empresa que puede ser ahogada en puerto antes de tocar el agua —continuó—.

Primero necesito saber quién conspira, con qué medios y para quién trabaja.

Y necesito que quien lo averigüe no responda ante el Consejo, ni ante los secretarios, ni ante nadie que pueda estar en ese pergamino que acabo de guardarme. —Lo miró—. Responde ante mí.

Isabel se sentó por primera vez desde que Rodrigo había entrado.

Apartó el candelabro hacia el borde de la mesa, abrió un cajón bajo el tablero y sacó un pliego en blanco, un tintero de viaje y una pluma de ave recortada con filo limpio.

Los dispuso sobre la madera uno al lado del otro, cada objeto en su sitio antes de que nadie hablara.

—Aguardad.

Rodrigo aguardó. No había silla para él, ni la habría habido aunque la cámara tuviera veinte. Permaneció de pie mientras la reina escribía.

Isabel mojó la pluma y escribió sin vacilar, con la letra menuda y apretada que Rodrigo había visto en el decreto de Málaga y en las instrucciones que llegaban a los campamentos selladas con lacre rojo.

No consultó nada. No tachó nada. La pluma se movía sobre el pliego a pulso limpio, cada línea trazada una sola vez antes de pasar a la siguiente.

El rasgueo era el único sonido en la cámara, y Rodrigo lo escuchó como el engranaje de un reloj, preciso e inevitable, sin nada de sobra.

Tardó el tiempo que tarda una reina en redactar algo que no admite borrador. Cuando terminó, dejó la pluma en el tintero, sopló la tinta con un gesto que no era ceremonia sino costumbre, y giró el pliego hacia Rodrigo.

—Leed.

Rodrigo se inclinó sobre la mesa.

«Nos, doña Isabel, por la gracia de Dios Reina de Castilla y de León, encomendamos al capitán Rodrigo de Salazar investigar y desmantelar toda trama, conspiración o acto de sabotaje que amenace la empresa del poniente propuesta por el navegante Cristóbal Colón.

Le facultamos para actuar en nuestro nombre en cuantos puertos, archivos, despachos y dependencias de la Corona sea necesario, pudiendo requerir información y obediencia a oficiales, funcionarios y cualesquiera personas al servicio del reino.

Le ordenamos preservar la seguridad de cuanto concierna a dicha empresa: provisiones, correspondencia, rutas, acuerdos y las personas implicadas en su preparación.

Cuanto haga en cumplimiento de esta orden lo hace con nuestra autoridad y bajo nuestra protección.

Dado en Santa Fe en el presente año de gracia de 1492. Yo la Reina».

Rodrigo terminó de leer. Isabel lo observaba.

—¿Alguna duda? ¿Algo que convenga añadir?

—Así está bien, Majestad.

Isabel recuperó el pliego. De la repisa tras la mesa tomó una barra de lacre y la acercó a la llama del candelabro.

El lacre tardó en ceder. Cuando la gota cayó sobre el pliego doblado, roja y espesa, Isabel presionó el anillo del sello real contra la cera con el pulgar, mantuvo la presión el tiempo justo y retiró la mano.

El escudo de Castilla quedó impreso con la nitidez que solo da la práctica.

Le tendió el documento.

—Este sello os acredita ante quien debáis tratar en nombre de la Corona.

Sin él, sois un capitán más. Con él, habláis con mi voz.

—Mantuvo el documento un instante antes de soltarlo—.

Pero usadla con juicio. El lacre se rompe una sola vez.

Una vez abierto, cualquiera podrá alegar que el contenido fue alterado después de quebrar el sello.

Mientras esté cerrado, es mi palabra. Abierto, es un pergamino con una firma. Elegid bien el momento.

Al tomar aquel pliego, Rodrigo entendió que la firma de la empresa del poniente dependía de lo que él encontrase en las semanas siguientes.

Si la red seguía intacta, Isabel no firmaría.

Si Rodrigo la desarticulaba, la expedición tendría vía libre.

El mandato no protegía una empresa que ya existía.

Creaba las condiciones para que pudiera existir.

Dobló el pliego y lo guardó en el interior de la capa, junto al cuerpo, en el mismo sitio que el cifrado había ocupado durante días y que ahora estaba vacío.

Isabel lo observó hacer eso. No miraba el gesto. Miraba lo que había detrás.

—No me falléis —dijo.

Rodrigo inclinó la cabeza.

—No lo haré, Majestad.

Isabel no añadió nada más.