Capítulo 9 #2
Cada palabra resonó en las paredes con la claridad acústica de los espacios diseñados para eso. Rodrigo mantuvo la mirada de la reina el tiempo que el protocolo permitía y luego inclinó la cabeza.
—Juro servir a la Corona con lealtad, defender los intereses de Castilla y actuar siempre con honor, bajo vuestro mandato, Majestad.
El murmullo se reanudó como agua que vuelve a correr cuando se levanta una compuerta.
Se incorporó con el mismo cuidado con que se había arrodillado.
Las voces llegaron cuando Rodrigo se desplazó hacia un lateral del salón.
—Joven —dijo una voz a sus espaldas, cargada de una ironía que no se molestaba en disimular—. Pero con la espada bien pulida.
—La espada no basta aquí —dijo otra, más grave—. Que lo aprenda pronto.
Rodrigo no se volvió. En la corte, cuarenta años sin cargo de confianza eran juventud. Las palabras habían cumplido su función. Ponían a prueba el aplomo más que cualquier pregunta directa.
Isabel lo estudió despacio, con los ojos que buscaban sustancia y no gestos. Rodrigo la sostuvo sin desviar la vista, consciente de que desviarla habría sido responder a la pregunta equivocada.
Desde el lateral identificó al fondo de la sala a don Ferrán de Moncada, que lucía un ropón bordado en hilo de plata y manos sin callo, y que lo observaba desde lejos con un brillo calculador. Tenía decidido lo que pensaba de Rodrigo antes de cruzar con él una palabra.
Decidido a no quedarse estático en el centro de ninguna observación, se acercó a un pequeño grupo de caballeros que conversaban junto a la tribuna de los escribanos, la espalda suelta y el vino a medio acabar, sin urgencia de marcar territorio.
—Caballeros —dijo, con una venia breve—. Rodrigo de Salazar, al servicio de la Corona.
Algunos respondieron con asentimientos breves. El de mayor edad, un hombre de pelo entrecano con cicatrices en las manos que ningún guante disimulaba, habló.
—El campo de batalla otorga honor, caballero. La corte lo pone a prueba de otra manera.
Rodrigo inclinó la cabeza un grado.
Fue entonces cuando notó, al fondo del salón, junto a la segunda columna por la derecha, a Joaquín, treinta años de campañas a la espalda y una reserva difícil de doblegar, que se acercó sin hacerse anunciar, situándose al costado de Rodrigo, como si llevara ahí toda la tarde.
Rodrigo le dio una palmada breve en el brazo y no dijo nada.
Joaquín respondió con un asentimiento leve.
—No conviene movernos aún —dijo—. En un salón así se aprende más viendo cómo se sitúan los demás que dando un paso antes de entender el terreno.
Rodrigo recorrió el salón con la vista mientras Isabel y Fernando continuaban con las formalidades del acto.
Reconocimientos a oficiales de la campaña, palabras sobre el servicio a Castilla, discursos que decían mucho sin revelar nada.
Los tapices narraban victorias y ninguna derrota.
Se detuvo frente al que representaba la entrada en Antequera.
Los hilos dorados reproducían la entrada de los ejércitos castellanos limpia de sangre y de barro.
Recordó las palabras que Gonzalo Fernández de Córdoba le había dicho en más de una ocasión junto a algún fuego de campamento, en los días en que la jornada había sido larga y el vino escaso: «La guerra política tiene sus propios mapas.
Aprendedlos antes de que os lean a vos».
Los hilos dorados no respondieron. Rodrigo siguió su camino.
Alcanzó fragmentos de conversaciones que se interrumpían al notar su presencia.
—Un capitán recién ascendido y ya con audiencia privada. ¿Qué habrá hecho en Granada para merecer eso? —decía una voz.
—Lo que haya hecho, más le vale que le alcance para lo que viene —decía otra, más queda.
Al fondo, un hombre de rostro anguloso y cabello entrecano, vestido con sobriedad calculada que costaba más de lo que aparentaba, se inclinaba hacia un grupo selecto de asistentes junto a la tribuna real. Joaquín volvió a acercarse por la derecha, sin hacer ruido, y habló sin mirar a Rodrigo.
—Bernardo Espinosa —dijo.
Rodrigo tomó nota mental y pasó a lo siguiente.
Los criados comenzaron a distribuir bandejas con fruta y jarras de agua de limón, lo que generó el desplazamiento suave de los grupos y la distracción necesaria para que Rodrigo se acercara a un ventanal elevado desde el que observar las interacciones sin estar en el centro de ellas.
Fue Espinosa quien se acercó, lo cual ya era información.
Lo hizo durante el servicio, cuando el movimiento de criados y bandejas ofrecía cobertura natural para desplazarse sin que pareciera intencional.
Rodrigo lo vio venir desde el ventanal con el tiempo suficiente para decidir que no iba a moverse.
Don Bernardo Espinosa arrastraba cuarenta años de corte y una cautela tan bien afilada que cortaba sin que nadie viera el filo.
Se detuvo a su lado con un paso que parecía casual y costaba media vida de práctica.
—Caballero de Salazar —dijo, con una reverencia escueta—. Granada os ha dado mucho en poco tiempo.
—Granada me ha dado lo que hay en Granada —dijo Rodrigo—. Ni más ni menos.
Espinosa sonrió. Era una sonrisa funcional, sin calor. Ganaba el instante sin comprometer el siguiente.
—La modestia os honra. Aunque en esta casa —dijo, con un gesto vago que abarcaba el salón entero sin señalar a nadie en particular— la modestia puede confundirse fácilmente con otra cosa.
—¿Con qué cosa?
—Con incertidumbre —dijo Espinosa—. Y la incertidumbre en un hombre al que se le confían responsabilidades grandes genera preguntas entre quienes las comparten.
Rodrigo lo miró un momento. El ruido del salón continuaba a su alrededor con la misma intensidad de antes, como si aquella conversación transcurriera en un registro que el salón no podía oír.
—Las preguntas son útiles —dijo Rodrigo—. Depende de quién las hace y para qué.
Espinosa inclinó levemente la cabeza, como concediendo un punto menor en una discusión que llevaba tiempo sin interesarle del todo.
—Naturalmente. —Tomó una copa de una bandeja que pasaba sin dejar de mirarlo—.
He servido a la Corona treinta y ocho años, caballero.
He visto llegar a hombres con mucho valor y poca paciencia, y he visto cómo el valor sin paciencia se convierte en un problema para todos.
—Dejó que el vino le durara algo más de lo normal—.
No digo que sea vuestro caso. Solo digo que la Corona lo observará.
—La Corona —dijo Rodrigo— sabe lo que hace cuando elige a sus hombres. Y yo sé lo que le debo.
El silencio que siguió duró apenas un suspiro. Pero duró. Espinosa esperaba algo más. Un dato, una queja, una justificación que abriera una rendija por donde mirar. No lo consiguió.
Espinosa volvió a sonreír, y esta vez la sonrisa tenía un matiz diferente, apenas perceptible. Algo acababa de moverse detrás de aquellos ojos, y todavía no había decidido hacia dónde.
—Entonces confiáis en que baste con eso —dijo al fin.
—Confío en hacer lo que me corresponde. —Rodrigo sostuvo la pausa un instante—. Lo demás no es asunto mío ni vuestro.
Rodrigo permaneció junto al ventanal sin moverse durante el tiempo que tardó en calcular qué había ganado y qué había perdido en aquella conversación.
Espinosa no sabía nada nuevo. Rodrigo, en cambio, sabía ahora que Espinosa era exactamente lo que aparentaba ser.
Un hombre que busca información porque lleva años haciéndolo y rara vez vuelve con las manos vacías.
Esta vez las llevaba vacías. No volvería a cometer el mismo error.
«Primer cruce. Sin sangre».
Gonzalo Fernández de Córdoba estaba al fondo de la sala, junto a una de las columnas laterales, observando sin necesidad de participar.
Granada ya no necesitaba su presencia permanente y Gonzalo solía llegar a los sitios antes de que lo reclamaran, como llevaba haciendo en campaña.
Rodrigo cruzó la mirada con él al pasar.
—¿Recordáis lo que os dije sobre los hombres que sonríen demasiado en los salones? —dijo Gonzalo en voz muy baja, sin detenerse.
—Lo recuerdo, señor —dijo Rodrigo en el mismo tono.
—Bien.
Y Gonzalo se alejó sin otra palabra.
Un paje se acercó con discreción y murmuró que Su Majestad requería su presencia. Rodrigo siguió al muchacho por un corredor lateral que no figuraba en el recorrido oficial de la recepción, hasta una cámara sin ventanas con dos guardias de espaldas a la puerta.
Isabel estaba de pie junto a la mesa. Sin Fernando, sin escribanos, sin público. La luz de un candelabro de tres brazos endurecía los ángulos de su rostro y proyectaba contra la pared del fondo una sombra de la reina agrandada, más quieta aún que la mujer que la producía.
—Cerrad la puerta —dijo.
Rodrigo obedeció. El golpe de la madera contra el marco dejó un mutismo de emboscada.
Isabel no se sentó. Lo estudió con los ojos quietos y sin parpadeo que Rodrigo le había visto usar en la tienda de campaña, la noche del Albaicín, cuando le examinó la ropa mojada, la mano vendada y la herida de la cara sin decir una palabra hasta haber terminado de calcular lo que tenía delante.
—El capitán Gonzalo Fernández de Córdoba me ha informado de que encontrasteis un documento cifrado en la torre del noreste —dijo—. Y de que lo retuvisteis en lugar de entregarlo al campamento.
No era una acusación ni una pregunta. Rodrigo podía defenderse o explicarse, y lo que eligiera diría más que cualquier respuesta.
—Lo retuve porque no podía leerlo, Majestad —dijo Rodrigo—. Y porque no podía controlar lo que no era capaz de leer. Si lo hubiera entregado sin saber qué contenía, habría acabado en manos de alguien que podría ser exactamente la persona que lo redactó.
Isabel no alteró la expresión. Esperó.
—Lo descifré con ayuda de Joaquín González, la noche antes de partir del campamento. González tiene veinte años de experiencia en cifrados de frontera. Le costó dos horas romper la clave.
—¿Y qué dice?