Capítulo 9
Ante la reina
El camino de Jaén a Santa Fe era más corto y menos agrio que el de ida.
Los carros ya no pesaban sobre la marcha y los caballos, liberados de escoltar el paso lento de las mulas, cubrían la distancia con un trote que no necesitaba espuela.
Rodrigo iba dentro del carruaje. Joaquín cabalgaba a su paso.
Fue al mediodía del segundo día cuando los vieron.
Venían por el camino en dirección contraria, en una columna larga y desigual que levantaba el polvo despacio, avanzando por donde el camino la llevaba.
Familias enteras. Hombres cargando bultos sobre la espalda, mujeres con niños pegados a las faldas, viejos que caminaban con bastón y la espalda recta.
Carros tirados por burros flacos con los enseres de una vida entera apilados sin orden.
Mudéjares. Gente de Granada o de las aldeas cercanas que la guerra había echado de sus casas sin reparar en ellas.
Rodrigo ordenó al cochero que se arrimara al borde del camino para dejar paso. La columna pasó sin pronunciar palabra. Nadie pidió nada. Al carruaje lo miraban apenas lo justo para esquivarlo.
Un niño de seis o siete años se detuvo junto a la rueda delantera.
Tenía los pies descalzos y sucios del camino y miraba el carruaje con los ojos muy abiertos, sin apartar la vista de la portezuela ni de la madera lacrada.
Una mujer lo tomó del brazo y tiró de él sin brusquedad.
No hizo falta que dijera nada. El niño se dejó llevar sin dejar de mirar.
Miguel, desde el pescante, seguía la columna con la vista fija. Rodrigo lo observó desde dentro del carruaje, a través de la abertura de la lona. El muchacho tenía la misma cara que junto al pozo de la aldea. Guardaba algo sin saber dónde ponerlo.
La columna tardó un rato largo en pasar. Cuando el último carro de burro desapareció tras la curva, el polvo siguió flotando sobre el camino, suspendido a la altura de las rodillas, sin viento que lo barriera, seco en la garganta de quienes lo respiraban.
Nadie dijo nada durante la legua siguiente.
Fue Mateo quien rompió el silencio. Tenía la vista perdida en la lona del techo.
—Esos andan así desde que tengo memoria. Cambia la bandera del que les echa y poco más.
Rodrigo no respondió. Pensó en Hernando, tendido en la tabla del campamento con la pierna que ya no estaba y el dolor que no se iba.
Pensó en Jaime, con los ojos cerrados y el pulmón trabajando a medias y las manos quietas por primera vez en toda su vida.
Los había dejado atrás. No sabía si volvería a verlos a los dos o solo a uno. O a ninguno.
El carruaje siguió adelante. Santa Fe no estaba lejos.
Tomaron la última curva antes del patio de acceso, al paso corto de las bestias que ya olían la cuadra.
Rodrigo llevaba la vista fija en la correa de cuero desgastado que cerraba la portezuela y escuchaba los cascos contra el empedrado —ese golpe hueco y calculable que marcaba la distancia que faltaba— sin pensar en otra cosa que en los primeros pasos que tendría que dar cuando bajara.
«Un gesto torcido en el sitio equivocado y se acaba».
Mateo Carvajal viajaba frente a él con los brazos cruzados y el ceño trabado que no se le había soltado desde Jaén.
Diego Quiroga ocupaba el rincón opuesto, la espalda recta contra la madera, los ojos cerrados.
Rodrigo sabía que no dormía. La respiración lo delataba, demasiado medida para el sueño.
Joaquín cabalgaba junto al carruaje con las riendas sueltas y atento a cada recodo del camino.
Miguel seguía en el pescante, donde había viajado toda la jornada sin que nadie le pidiera bajar ni él pidiera subir.
El carruaje se detuvo. Rodrigo bajó sin esperar.
Lo primero que le llegó fue el incienso, que alguien quemaba en la capilla próxima y que el viento traía en hilachos irregulares hasta el empedrado, mezclado con el olor a caballo y a paja húmeda que ningún protocolo había conseguido desterrar de los patios reales.
Los estandartes ondeaban sobre la fachada principal —el cuartelado de Castilla y León— con la pereza pesada de las banderas en los días de viento escaso.
Los guardias formaban doble fila desde el portón hasta el pórtico, armados con lanzas y viseras bajadas, inmóviles.
Rodrigo los observó un instante más de lo necesario.
Las torres almenadas recibían la luz de la mañana de costado. El viento cambió de dirección y trajo un golpe de frío desde la sierra que le cortó la nuca. Rodrigo no se detuvo a identificar los escudos labrados sobre los dinteles.
Mateo cruzó el patio a su izquierda, con el cardenal que se había traído de la última torre virado ya del morado al amarillo sucio.
El golpe ya no le dolía, pero la marca todavía no se había ido.
Diego caminaba medio paso detrás, y Miguel, que había bajado del pescante, se rezagó mirando hacia arriba con la boca levemente abierta.
—No me fío de estos salones, donde lo que un hombre calla dice más de sus intenciones que lo que se decide a responder en voz alta —dijo Joaquín en voz muy baja, a la espalda de Rodrigo.
—Lo sé —dijo Rodrigo sin apartar la vista de los estandartes—. Por eso no pienso decir nada que no sea necesario.
Miguel giró levemente la cabeza.
—No sabía que los techos podían ser tan altos —murmuró, casi para sí.
Mateo lo miró de reojo.
—Cierra la boca y mira al frente —dijo, sin dureza, pero sin margen.
Miguel obedeció. Los ojos no.
Rodrigo lo oyó todo. No dijo nada. En Granada, Miguel había pasado tres meses calculando muros y ángulos de tiro. Aquí tenía que leer las caras de los demás, y todavía no sabía hacerlo.
Se habían adecentado en las dependencias de la guarnición antes de cruzar el patio.
La armadura, cepillada con arena y trapo hasta sacarle un brillo aceptable, las capas sacudidas del polvo del camino, las botas rascadas con cuchillo.
No era el lustre de un cortesano, pero era lo que cinco hombres de guerra podían hacer con una hora y un cubo de agua.
Cruzaron el pórtico, la luz blanca y cortante entraba de sesgo por los ventanales.
El mármol empezó a sonar bajo las botas con una contundencia que Rodrigo no esperaba.
Un golpe seco, militar, que rebotaba contra las paredes y volvía amplificado, demasiado alto para un espacio de conversaciones medidas.
Los cortesanos que cruzaban en dirección contraria apenas hacían ruido.
Las suelas de cuero suave sobre la piedra producían un siseo casi inaudible, ensayado hasta volverse instinto.
Las botas de Rodrigo sonaban como una acusación. Las de Mateo, como dos.
A ambos lados del corredor, los retratos de monarcas anteriores ocupaban los espacios entre columnas con la quietud muerta de la pintura al óleo.
Rodrigo los recorrió sin detenerse. Fernando III, Alfonso X, Juan II, todos mirando hacia un punto que ya no existía.
Uno de los marcos estaba torcido dos dedos hacia la izquierda. Nadie lo había corregido.
Rodrigo ajustó el paso sobre el mármol. El frío llegaba de la piedra hacia arriba, por las suelas, por los tobillos. Un frío quieto y acumulado, de siglos, que no olía a nada. El de los campamentos era húmedo y móvil. Este estaba muerto.
Rodrigo mantuvo el paso cadencioso, ni apresurado ni ceremonioso.
Veinte años de campañas le habían enseñado que la entrada se olvida pronto y que todo lo que cuenta empieza después.
Pero las botas seguían sonando, y los retratos seguían mirando, y el corredor era más largo de lo que parecía desde el principio.
El salón principal era grande, bien iluminado y estaba lleno de gente que fingía no verlo mientras lo estudiaba.
Rodrigo lo captó en los primeros diez pasos.
La manera en que las conversaciones bajaban de volumen sin interrumpirse, el ángulo en que los abanicos de las damas cambiaban de posición sin cambiar de mano, los ojos que se apartaban un instante antes de que los suyos llegaran a ellos.
Nobles de distintas casas ocupaban el espacio con una disciplina que no venía de ningún campo de batalla, y cada grupo guardaba con el siguiente la distancia calculada al dedo.
Los tapices mostraban hazañas de la Casa de Trastámara —entradas triunfales, ceremonias de vasallaje, batallas que en los bordados parecían limpias—, y las alfombras de lana y oro amortiguaban los pasos sin anularlos del todo.
El sebo de las velas que llevaban horas ardiendo había dejado en el aire un rastro acre y antiguo, mezclado con el agua de rosas que alguien había rociado sobre los cortinajes de terciopelo antes de que llegaran los asistentes.
Frente a él, en el estrado elevado, Isabel y Fernando aguardaban.
La reina vestía jubón de brocado carmesí con mangas bordadas en oro y tenía la mirada clavada en Rodrigo desde antes de que él llegara a la mitad del salón.
Llevaba tiempo calculando cuánto faltaba.
Fernando permanecía a su derecha, un palmo por detrás, con semblante serio, evaluando sin prisa y sin afecto.
Los ojos pasaban de un asistente a otro sin urgencia, deteniéndose donde quería y el tiempo que quería.
Rodrigo avanzó hasta la distancia reglamentaria del estrado y se arrodilló.
Apoyó el guantelete izquierdo sobre la rodilla, la mano derecha libre junto al muslo a distancia medida de la empuñadura.
La armadura, recién pulida, devolvió fragmentos de luz de vela sobre los mármoles.
La capa roja cayó recta sobre su espalda.
El crujido del metal al doblar la rodilla fue el único sonido del salón durante ese instante.
Isabel dio un leve gesto con la mano. La corte guardó silencio.
—Caballero Rodrigo de Salazar —dijo la soberana con voz clara, sin afectación—, habéis demostrado en Granada valor y honor que bien merecen la confianza de la Corona. Hoy, frente a esta asamblea de nobles, ratificáis la fidelidad a los Reyes de Castilla y a la salvaguarda de nuestra nación.