Capítulo 8 #2
—Y despacio —añadió el otro—. Sin hacer tonterías.
Joaquín no se movió. Tampoco los miró de frente. Se quedó quieto, la vista puesta en algún punto por detrás de ellos.
—¿Estáis seguros de lo que hacéis? —preguntó al fin.
El primero soltó una risa seca.
—¡Bájate! —dijo agarrando las riendas del caballo.
Joaquín se dejó caer por el lado ciego del animal, rozando el cuello, y antes de que el desertor terminara de tirar de las riendas ya tenía la daga clavada bajo la mandíbula.
La hoja entró por el hueco blando del cuello y subió hasta el paladar de un solo empuje.
El hombre soltó un ahogo espeso y dio un paso atrás tambaleándose, las dos manos en el cuello, la sangre corriéndole entre los dedos en pulsos cortos.
El segundo intentó reaccionar. Levantó la espada.
Llegó tarde.
Joaquín ya estaba girando cuando liberó la daga del primero con un quiebro seco. La sangre saltó en un arco oscuro contra la grupa del caballo. Sin detener el movimiento, lanzó la hoja. Apenas un chasquido de muñeca.
La daga cruzó los pasos que los separaban antes de que el desertor terminara de alzar el arma.
Le entró entre las costillas, a la izquierda del esternón.
El impacto lo dejó clavado donde estaba.
Bajó la cara hacia el mango que le asomaba del jubón, intentó coger aire y solo obtuvo un silbido roto.
La espada se le cayó al barro. Las rodillas le fallaron y se desplomó de costado, rígido, con la empuñadura oscilando sobre la herida con cada espasmo.
El primero seguía de rodillas, gorgoteando, intentando sujetarse la herida bajo la barbilla.
Joaquín caminó sin prisa hasta el segundo, puso la bota sobre el pecho y arrancó la daga con un tirón seco.
La hoja salió roja hasta la guarda. Volvió sobre sus pasos con la misma calma hasta el primero y le cortó el cuello por debajo de la oreja en un trazo corto.
El gorgoteo subió un instante y se apagó.
Limpió la hoja en la manga del muerto. Recogió las riendas. Volvió a montar. La silla crujió bajo su peso, el caballo resopló, y él ajustó el cinto sin mirar los cuerpos.
Seguía teniendo el mismo aspecto de antes. Un hombre corriente, austero, discreto. Pero ahora, junto a dos cadáveres en el barro, esa apariencia resultaba casi ofensiva. Como si la muerte misma hubiera pasado por allí vestida de hombre común.
Nadie se había enterado. Los soldados de escolta seguían atentos al roquedal, los carreteros a las mulas, y el ruido del combate principal había cubierto cualquier sonido corto que pudiera haber cruzado el flanco de los carros.
Rodrigo regresó a pie hacia la cabeza de los carros con los tres desertores atados y Mateo cerrando detrás.
Diego y Miguel bajaban de la ladera sur un paso por detrás.
Los cuatro se pararon al llegar al primer carro, cuando vieron los dos cuerpos en el barro junto al caballo de Joaquín.
Miraron los cuerpos. Miraron a Joaquín, que aflojaba las riendas y tenía la otra mano sobre la cadera.
Miraron alrededor. Quietud, ni un sonido fuera de lugar, ni un movimiento en las laderas.
Miraron otra vez a Joaquín. Después a los cuerpos. Después entre ellos.
A los que no lo conocían, les quedó claro en ese instante. Joaquín González sabía descifrar pliegos de cancillería. También sabía dónde entraba mejor una daga y cuánto tardaba un cuello cortado en dejar de gorgotear.
La columna reanudó la marcha. El barro del camino se tragó la sangre en menos de una hora.
Jaén apareció al atardecer del tercer día, recortada contra un cielo que se apagaba por el oeste con esa luz parda de los crepúsculos de invierno.
Las murallas eran gruesas y viejas, con remiendos de distintas épocas que contaban la historia de la ciudad mejor que cualquier crónica.
Piedra romana en la base, sillares árabes en el centro, argamasa castellana tapando las brechas más recientes.
Los estandartes de Castilla ondeaban flojos sobre la puerta principal, descoloridos y viejos.
La guarnición ocupaba el alcázar viejo, un edificio que olía a cuero engrasado, a tinta de inventario y a la humedad permanente de las paredes que llevan siglos sin ver el sol por dentro.
Rodrigo entregó la orden del capitán Fernández de Córdoba al centinela de la puerta y esperó.
El centinela la leyó moviendo los labios, pasando el dedo por cada línea, y la devolvió con cara de no haber entendido del todo.
Hizo una seña hacia el patio de armas y un cabo de guardia se acercó arrastrando los pies.
Detrás del último carro de la columna, los tres supervivientes de la escaramuza venían a pie, con las muñecas unidas por una misma cuerda atada al eje.
Estaban sucios de barro, sangre seca y ese miedo animal que se huele antes de verse.
—Tres desertores —dijo Rodrigo al cabo—. Nos asaltaron en el camino, a dos leguas de aquí.
El cabo los miró sin curiosidad. Tres cuerpos atados, tres entradas que rellenar mañana en el parte de horca.
Uno de los presos, el que había soltado el arcabuz, intentó decir algo, pero el cabo le cruzó la cara con el revés de la mano.
El sonido del golpe, carnoso y apagado, resonó en el silencio del patio.
—Llevadlos al calabozo —ordenó el cabo a dos soldados que descansaban sobre sus picas—. Que el sargento les tome razón antes de que se enfríen. Mañana habrá soga para tres en el baluarte.
Los soldados arrearon a los cautivos con la culata de los arcabuces.
Rodrigo vio cómo se perdían por un portón lateral, hacia la oscuridad de las mazmorras, sin que a ninguno de sus hombres se le moviera un músculo.
Mañana al alba se abriría el baluarte y las cuerdas estarían listas. Nadie iba a perder tiempo con ellos.
—El veedor os espera en el almacén de bastimentos —añadió el cabo, señalando una puerta bajo la galería—. Se llama Bravo. Y no le gusta que le falten números.
Rodrigo se dirigió hacia allí sin más.
Bravo llevaba el apellido con menos convicción de la que el nombre sugería.
Era un hombre de mesa y registro que cargaba con una barriga de oficio sedentario y una desconfianza hacia cualquier cosa que llegara de fuera con papeles firmados.
Un papel firmado era responsabilidad, y la responsabilidad podía volverse contra él si algo faltaba.
—Tres carros —dijo Bravo, repasando el inventario con el dedo—. Dos de pertrechos de artillería. Uno de provisiones. ¿Dónde está el cuarto?
—Perdimos una rueda en el puerto de montaña, media jornada atrás—respondió Rodrigo—. La carga se repartió entre los otros tres. Está todo. Contadlo.
—Contarlo es precisamente lo que estoy haciendo —dijo Bravo sin levantar la vista del papel—. Y lo que pienso seguir haciendo hasta que las cifras me cuadren, capitán, con vuestro permiso o sin él.
Rodrigo no respondió. Se cruzó de brazos y esperó mientras Bravo repasaba cada línea del inventario, señalaba con el dedo cada carro, enviaba a un subalterno a verificar cada carga y anotaba las discrepancias con una pluma que rascaba el papel una y otra vez, dispuesto a ejercer hasta la última cifra el único poder que tenía.
La operación llevó dos horas. Mateo, sentado en un poyo de piedra junto a la puerta del almacén, afilaba el cuchillo con parsimonia.
Diego había desaparecido en algún punto del alcázar, recorriendo cada corredor y memorizando su disposición sin que nadie lo viera hacerlo.
Miguel cargaba y descargaba bultos con los soldados de la guarnición, porque quedarse quieto le resultaba más difícil que el esfuerzo.
—Falta un barril de pólvora —dijo Bravo al fin.
—Ese barril se gastó en el asalto a la torre noreste de Granada —dijo Rodrigo—. Está recogido en el parte del capitán Fernández de Córdoba, que tenéis delante.
Bravo buscó la referencia en el documento, la encontró, la releyó dos veces, y firmó. La pluma cayó sobre el papel como si pesara. No había encontrado el error que buscaba.
—Necesito un carruaje —dijo Rodrigo—. Tengo orden de presentarme ante los Reyes en Santa Fe.
—No tengo carruajes de sobra, capitán.
—No os he pedido uno de sobra. Os he pedido uno.
Bravo lo miró por primera vez directamente a los ojos.
Lo que vio debió de convencerle de que aquella conversación no iba a terminar de otra manera, porque se levantó, llamó al subalterno, y en menos de media hora había un carruaje de dos ejes con toldo de lona preparado en el patio.
Un carro de transporte con un banco dentro y cuatro paredes. Serviría.
—Vuestra firma aquí —dijo Bravo, tendiendo un último papel—. Por el carruaje.
Rodrigo firmó.
—Que Dios os acompañe en la corte, capitán —dijo Bravo, recogiendo el papel—. Yo me quedo con los números. Son más fáciles de entender que los reyes.
Rodrigo salió del almacén de bastimentos y cruzó la galería hacia el patio de armas.
El carruaje ya esperaba junto a la puerta principal, con el toldo de lona tensado contra el viento de la sierra, el carretero en el pescante y dos caballos enganchados.
Mateo se levantó del poyo guardando el cuchillo.
Miguel soltó el bulto que cargaba. Diego apareció por un corredor lateral sin ruido.
Joaquín llegó del establo con las monturas de la mano.
—Al alba —dijo Rodrigo—. Santa Fe.
Nadie preguntó. Los números ya estaban firmados. Los reyes esperaban.