Capítulo 8
Escolta a Jaén
El campamento quedaba ya casi desmontado.
Las tiendas dobladas formaban bultos oscuros sobre los carros, atadas con el nudo rápido que las manos repetían de memoria.
El fuego central había sido apagado con tierra, y la columna de humo fino que quedaba se torcía hacia el oeste con el primer viento de la mañana.
El barro del suelo, pisado durante días por hombres y caballos, había quedado marcado con la huella de todo lo que había ocurrido allí.
Surcos de ruedas, hoyos de postes arrancados, la mancha oscura donde el barbero había vaciado el cubo.
El barro tardaría unos días en cubrirlo todo.
Para la primavera no quedaría rastro de que allí había dormido, sangrado, muerto y sobrevivido un ejército.
Granada se iba quedando atrás, cada vez más pequeña en el fondo del valle, cada vez más parecida a una cosa que había ocurrido y ya no ocurría.
Mateo y Miguel se alinearon ante Rodrigo. Detrás, Diego comprobaba por última vez la cincha del caballo de carga de manera metódica. Joaquín estaba ya montado, inmóvil, la espalda recta y los ojos en el horizonte, sin necesidad de mirar atrás para confirmar hacia dónde iban.
Diego alzó la vista desde la cincha.
—¿Mendoza? —preguntó Rodrigo.
—No se movió.
—¿Seguro?
—La lona no se tocó en toda la noche —dijo Diego—. Pero la luz del farol cambió dos veces.
Rodrigo los repasó uno a uno durante un instante.
De los seis que habían salido del campamento antes del asalto a la torre quedaban cuatro, él incluido.
Dos nombres faltaban en la fila, uno tendido en la tabla del barbero con una pierna de menos y el otro con los ojos cerrados y el pulmón cediendo a plazos en una tienda donde el lino y la sangre se habían vuelto una sola cosa.
Joaquín no entraba en la cuenta. Había llegado después, con la torre ya tomada.
El pergamino seguía bajo el jubón, apretado contra el pecho. Llevaba ahí tantos días que había dejado de notar su peso.
—Marchamos.
Los hombres se pusieron en movimiento. El campamento quedó atrás con sus charcos de barro mezclados con sangre seca, sus fragmentos de madera carbonizada, sus rescoldos que el viento del norte removía sin conseguir apagar.
El camino a Jaén subía entre colinas peladas que el invierno había dejado del color de la ceniza.
Los carros de artillería avanzaban con la lentitud propia de su peso, arrastrados por mulas que no tenían prisa ni razón para fingirla.
Rodrigo cabalgaba al frente con Diego a la derecha y Mateo cerrando la retaguardia junto al último carro.
Miguel iba a la altura del segundo tiro, tirando de cada cincha dos veces y volviendo a mirarlas al cabo de unos pasos.
Joaquín cabalgaba solo, medio cuerpo por detrás de Rodrigo, con la vista puesta en los bordes del camino y esa quietud que no necesita girar la cabeza para ver lo que hay a los lados.
Llevaban dos jornadas desde el campamento.
El terreno se había ido cerrando a lo largo de la última legua, las laderas acercándose al camino como paredes que alguien hubiera empujado desde fuera.
La vegetación baja de retama y jara daba cobertura suficiente para que un hombre agazapado fuese invisible a treinta pasos.
Rodrigo lo sabía. Diego lo sabía antes que él.
—Hay marcas en el barro —dijo Diego sin girar la cabeza—. Pisadas frescas, de bota militar. El grueso, cuatro o cinco hombres, entró por la ladera norte y se ha detenido detrás de ese roquedal. Y hay otro par de rastros sueltos que se apartan hacia el sendero.
Rodrigo levantó la mano y la columna se detuvo sin ruido. Las mulas resoplaron. El metal de los carros crujió al perder la inercia.
—Desertores —dijo Joaquín en voz baja. No levantó los ojos del barro.
Rodrigo asintió. Después de cada guerra salían de debajo de las piedras.
Hombres que habían dejado la formación con las armas puestas y el hambre por delante, apostados en los pasos estrechos a esperar lo que la carretera les trajera.
Estos cinco habrían hecho daño a un correo.
No lo iban a hacer a una columna escoltada.
—Diego, llévate a Miguel y a un soldado por la ladera sur y cortadles la retirada. El chico aprende contigo. Mateo, conmigo al frente. Nadie actúa hasta que yo lo diga.
Las órdenes salieron limpias, y los hombres se movieron sin repetirlas.
Rodrigo desmontó, amarró las riendas al costado del carro más cercano y avanzó a pie por el centro del camino con Mateo a la izquierda y dos soldados de escolta detrás.
El barro estaba blando del rocío y las botas se hundían con un chapoteo que delataba cada paso. Lo dejó sonar. Quería que lo oyeran.
Salieron del roquedal cuando Rodrigo estaba a quince pasos.
Cinco hombres. Uno llevaba un arcabuz sin mecha encendida, lo primero que Rodrigo registró.
Sin mecha, no dispararía. Dos empuñaban espadas cortas melladas por el uso y la falta de mantenimiento.
Los otros dos cargaban con hachas de leñador, que no eran arma de soldado pero partían cráneos igual si el brazo era firme.
Las ropas eran de milicia, sucias y descosidas, con los colores de una compañía que Rodrigo no reconoció.
Llevaban semanas fuera de formación, quizá más.
El del arcabuz dio un paso al frente.
—Los carros —dijo—. Dejad los carros y seguid vuestro camino.
Rodrigo no se detuvo. Siguió avanzando hasta quedar a seis pasos de él, la distancia en la que ya no se negocia.
—Soy el capitán Rodrigo de Salazar, al servicio de la Corona. Los carros son propiedad real y van escoltados. Tenéis la oportunidad de bajar las armas y apartaros del camino.
El del arcabuz miró a los suyos. Era el jefe porque era el que tenía el arma más cara.
La forma habitual de repartirse el mando entre quienes nunca lo han recibido por otra vía.
Los otros cuatro esperaban la señal. Habían llegado demasiado lejos para retroceder y no lo bastante para saber hacia dónde.
No bajaron las armas.
El primero vino por la derecha con el hacha en alto, en un arco descendente que buscaba el hombro y que habría llegado si Rodrigo no hubiera entrado en su guardia antes de que el arco se completara.
Le trabó el brazo con el antebrazo izquierdo —el corte de la torre respondió con un tirón agrio que dejó pasar— y le hundió la espada bajo el esternón, de abajo arriba, buscando el corazón por la ruta corta.
La hoja entró hasta la guarda y se detuvo contra el espinazo con un golpe seco que Rodrigo sintió en la muñeca.
El hombre soltó el hacha, abrió la boca sin que saliera nada y cayó hacia delante cuando Rodrigo retiró el acero. Cambió el agarre sin detenerse.
A la izquierda, el segundo cargó contra Mateo con el hacha ya levantada.
Mateo lo recibió con el hombro en el pecho para quebrarle el impulso, y antes de que pudiese recuperarse siquiera, le golpeó con el montante con tanta fuerza que entró por la unión del cuello con el hombro izquierdo y bajó en diagonal hasta el esternón, partiendo la clavícula con un chasquido húmedo y abriendo el pecho en una línea que dejó a la vista las costillas seccionadas.
El pulmón se desinfló con un silbido corto, como un fuelle al que le hubieran rajado el cuero.
El hombre cayó de rodillas con la boca abierta y los ojos todavía intentando entender lo que le había pasado.
Mateo arrancó la hoja del cuerpo de un tirón, llevando el montante por encima de la cabeza en un arco completo que cargó todo el peso del acero y el impulso sobre la hoja.
Descargó el segundo tajo sobre el cuello expuesto.
La cabeza se separó limpia, cayó al suelo con un golpe blando, rodó dos palmos sobre el barro y quedó boca arriba con la misma expresión que tenía cuando todavía estaba unida al resto.
Mateo se volvió hacia Rodrigo con el montante todavía goteando.
—Disculpad, capitán. Lo de no actuar hasta que lo dijerais… no me ha salido.
Rodrigo no apartó los ojos del que tenía el arcabuz.
—Ya lo veo.
Los tres restantes dejaron de respirar. El del arcabuz retrocedió un paso con los ojos clavados en la cabeza que había dejado de rodar y que lo miraba desde el barro con la boca aún desencajada.
Uno de los de las hachas soltó el arma sin darse cuenta de que lo estaba haciendo.
El otro empezó a temblar desde las manos, un temblor que le subió por los brazos hasta los hombros y que no podía controlar aunque hubiera querido, porque acababa de ver cómo Mateo abría a un hombre de un tajo, con la misma economía con que se parte leña.
Mateo los miraba con la hoja aún chorreando y la respiración apenas alterada.
Fue el instante que Diego necesitaba. Apareció por la ladera sur con Miguel y un soldado y les cortó la única salida.
El del arcabuz dejó caer el arma y levantó las manos.
Los otros dos tardaron un momento más, mirándose entre sí comprendiendo lo que les acababa de costar el cálculo.
—Atadlos —dijo Rodrigo, limpiando la hoja en la ropa del caído—. Van con nosotros hasta Jaén. Los entregamos en la guarnición con los carros.
Mateo bajó la vista hacia los dos cuerpos en el barro.
—Desertores —dijo, y se limpió las manos en los calzones.
—Y muertos —añadió Rodrigo—. Que es lo que pasa cuando desertas y luego te pones delante de un carro que no es tuyo.
Mientras, Joaquín seguía en la silla, inmóvil. Recorría la escena con una mirada lenta que medía sombras y ángulos de escape sin mover un músculo de la cara.
A simple vista parecía un hombre cansado, casi corriente. Ni hombros de soldado, ni mirada de matón, ni manos de verdugo, el rostro afeitado y las ropas oscuras de quien viaja sin jactarse.
Eso fue lo que vieron los dos desertores al salir del borde del sendero, sucios, armados con una lanza corta y una espada mellada.
—¡Eh! —gruñó uno, plantándose delante del caballo—. Baja al suelo.
El otro se colocó a un lado para cerrarle la salida.