Rodrigo de Salazar: Enemigo sin bandera (Rodrigo de Salazar 1) Capítulo 7 #3
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Capítulo 7 #3

Caminaron de vuelta al campamento sin hablar. El barro crujía bajo las botas con ese sonido particular de la tierra que ha helado por la superficie pero no por debajo, y el humo de los rescoldos se arrastraba bajo en el aire frío, pegándose a las ropas.

De vuelta en su tienda, esperó a que Diego se alejara.

Tomó un pliego en blanco. El tirón del corte en el antebrazo izquierdo le recordaba que llevaba dos días sin cambiar la venda.

Anotó con letra pequeña y apretada la descripción del mensajero, las manos sin callos, la cicatriz reciente en el índice derecho, la hora, las palabras exactas en el orden en que habían sido dichas. La forma en que había desaparecido.

Mañana no recordaría la mitad. El papel, sí.

Anotó también la pregunta sin respuesta, quién en la Corte tenía acceso tanto a los planes de la empresa del poniente como a los movimientos de los capitanes en Granada. Y cuánto tiempo llevaba ese alguien sabiendo que llegaría con el pergamino en la alforja.

La lista de posibilidades era demasiado larga para la hora que era. La guardó.

Al romper el campamento, los dieciséis hombres asignados a la escolta de los carros se pusieron en marcha cargando provisiones, revisando herrajes y doblando tiendas con la economía de quien lo ha hecho cien veces.

Rodrigo los observaba. Ninguno hablaba más de lo que el trabajo exigía, y ninguno se detenía sin motivo.

Hombres de campaña. Los había elegido a ojo entre los que quedaban en pie después del asalto final.

La carretera se estrechó entre dos laderas al reemprender la marcha, y Rodrigo colocó a sus hombres en formación defensiva sin ordenarlo en voz alta, porque en una tropa bien entrenada no hace falta.

Diego fue delante con Perea y otro soldado hacia el puente de piedra, recorrió la estructura de extremo a extremo y comprobó la orilla opuesta antes de dar la señal.

Perea volvió con la respiración controlada y los ojos bien abiertos, cumpliendo sin hablar, que era exactamente lo que Rodrigo le había pedido la noche anterior.

El grupo cruzó. El puente era viejo y firme, con los sillares pulidos por muchas botas y la traza todavía recta después de siglos.

Cuando el sol subió, divisaron una pequeña aldea en la distancia.

Rodrigo ordenó acercarse con cautela y envió dos hombres por delante, que volvieron sin sorpresas.

Puertas medio cerradas, ojos asomados sin abrirse, comida disponible para quien la pidiera primero.

Los habitantes ofrecieron pan y aceite. Rodrigo aceptó, sacó unas monedas del jubón y las dejó en la mano del hombre de la aldea antes de que el hombre supiera si debía abrirla.

El pan era duro y el aceite tenía el regusto agrio de lo poco que queda cuando el resto ya se ha vendido o escondido. Lo comió sin comentarios.

Miguel observó a una mujer que recogía agua del pozo con un niño agarrado a la falda. Miraba al grupo de soldados con una quietud tensa, calculando si lo que venía era peor que lo que ya conocían. El niño no calculaba nada, miraba las espadas con los ojos abiertos de par en par.

—No tenía que pagar —dijo Miguel a Mateo, en voz baja—. Nadie se lo habría reprochado.

—Él sí —dijo Mateo, masticando el pan duro con la misma cara de siempre—. Lleva veinte años pagando lo que come. No iba a empezar hoy.

Miguel no respondió. Pero Rodrigo, que había oído sin girar la cabeza, registró que el muchacho seguía mirando a la mujer mientras el grupo retomaba la marcha, guardando algo que todavía no sabía dónde poner.

Rodrigo inspeccionó cada rincón con mirada de hombre que sabe lo que busca, puertas entornadas, ojos que se desvían demasiado pronto, movimientos que no corresponden a la hora. No encontró nada que no fuera miedo y alivio ordinario, los dos estados habituales en la frontera de cualquier guerra.

La noche llegó de nuevo con tranquilidad sobre el claro donde habían acampado.

Rodrigo montó guardia junto a Diego durante la primera mitad de la noche, con la mente ocupada en cosas que el silencio no conseguía callar.

La madrugada apretaba húmeda en las articulaciones.

Rodrigo lo notó en la rodilla izquierda, que llevaba diciéndole la edad que tenía desde una caída en Nápoles. La ignoró. Llevaba años haciéndolo.

La noche avanzó sin nuevos incidentes y dejó paso a la primera luz, que llegó envuelta en una bruma tenue.

Granada quedaba ya a varias horas de camino a espaldas del grupo pero seguía estando presente de alguna manera: en el olor que el viento traía a ratos, en la ceniza que se asentaba sobre las piedras del camino, en la memoria de cada hombre que había estado en sus calles durante el asedio y que llevaría esas calles consigo durante años sin haberlo pedido.

Rodrigo inspeccionó los preparativos finales de la marcha.

Las alforjas bien equilibradas para que el caballo no cargue un costado más que el otro.

Los caballos herrados sin cojera visible, los cascos revisados por debajo con el pulgar buscando piedras encajadas que a la legua se convierten en cojera y a las dos leguas en animal inútil.

Las armas accesibles sin estorbar. Cada detalle en su sitio.