Capítulo 7 #2
—Esto no se monta en semanas —dijo Joaquín.
—Ni en meses —dijo Rodrigo—. Viene de antes de la campaña. Probablemente de mucho antes. Hay un nombre que me ronda desde antes del asalto. Álvaro Mendoza.
Joaquín no respondió de inmediato. El nombre quedó entre los dos como una piedra lanzada a un pozo, esperando el sonido del fondo.
—¿Pruebas?
—Nada que se pueda llevar ante nadie. Movimientos que no encajan. Presencias donde no debería haber presencias. Lo suficiente para no ignorarlo, no lo suficiente para acusarlo.
—Entonces hay que conseguirlas —dijo Joaquín.
—Por eso no sale de aquí. Todavía.
Joaquín asintió. No necesitaba que se lo explicaran mejor.
El fuego central del campamento había bajado a brasas. Rodrigo se incorporó y miró hacia el valle. Apenas se distinguía ya un hilo gris que se deshacía contra la primera claridad del este.
Habían ganado la guerra. Eso era indudable. Los estandartes de Castilla ondeaban sobre la Alhambra y el último rey nazarí había entregado las llaves con las manos temblorosas.
Aquello bajo el jubón decía que había otra guerra, sin torres que asaltar ni murallas que escalar, sin banderas visibles ni enemigos que gritaran su nombre antes de atacar. Una guerra que llevaba meses en marcha antes de que él supiera que existía. Y acababa de entrar en ella.
El sol del mediodía siguiente calentaba sin convicción cuando Mateo se acercó a Miguel con cara de problema y poca paciencia para resolverlo solo.
—Miguel. El capitán quiere que reviséis la pieza de artillería ligera que va en el segundo carro.
Dice que han perdido la llave del cañón y sin ella no se puede ajustar el ánima antes del siguiente disparo.
Buscadla entre los pertrechos del carro de cola y si no aparece, preguntad al artillero gordo, el de la barba partida.
Miguel asintió y se fue sin preguntar, con paso firme, agradecido de tener algo concreto que hacer. Mateo lo vio alejarse y se sentó junto a Diego, que afilaba la punta de una flecha con parsimonia.
—¿Cuánto le dais? —preguntó Mateo.
—Dos carros —dijo Diego sin levantar los ojos de la flecha.
—Yo le doy tres. El muchacho es tenaz.
Joaquín, recostado contra la rueda del primer carro con los brazos cruzados, negó con la cabeza, pero la comisura derecha lo delataba.
Miguel volvió al cabo de un rato largo, con barro en las rodillas de haber rebuscado entre cajones y el ceño fruncido, empezando a sospechar que el mundo no funciona como le habían dicho. Se plantó delante de Mateo.
—No hay ninguna llave del cañón.
—No —confirmó Mateo, masticando una brizna de hierba seca—. No la hay.
Miguel los miró uno por uno. Diego seguía afilando. Joaquín estudiaba el horizonte con una dedicación repentina. Mateo le sostuvo la mirada con la cara más inocente que su cicatriz le permitía, que no era mucha.
—El artillero gordo me ha mandado a buscar al armero. El armero me ha mandado al herrero. El herrero me ha preguntado si también quería la aguja de engrasar el viento.
—Buen hombre, ese herrero —dijo Mateo—. Siempre colabora.
Miguel apretó los labios. Algo que no era del todo enfado le cruzó la cara, luchó un instante con la dignidad, y perdió. La sonrisa le salió a su pesar, torcida.
Fue Mateo el primero. Un ruido corto, ronco, que le salió por la nariz antes de poder tragárselo.
Diego soltó el aire con un temblor en los hombros que él habría negado bajo juramento.
Joaquín se limitó a cerrar los ojos, pero la comisura lo delataba por segunda vez.
Aranda los vio rendirse uno por uno y entonces se rio él también.
—La próxima vez —dijo Diego, recuperando la flecha— preguntad primero qué forma tiene lo que os mandan buscar. Si nadie sabe describirla, ya tenéis respuesta.
La noche del cuarto día cayó con una quietud que Rodrigo no se fiaba de creer.
El fuego central ardía bajo control, protegido por piedras para que las llamas no delataran su posición a ojos distantes.
Rodrigo caminaba entre los puestos de guardia, comprobando relevos, escuchando el silencio con la misma atención con que se escucha el ruido.
En uno de los extremos encontró a un soldado joven que sostenía la lanza con las manos tensas y el mentón alto, tan tieso de edad y de miedo que ambas cosas resultaban indistinguibles.
—¿Tu nombre? —preguntó Rodrigo.
—Nicolás Perea, mi señor —respondió el joven.
Rodrigo observó un momento la postura rígida. Los ojos del muchacho miraban al frente sin moverse, fijos en un punto que no existía.
—La vigilancia no es solo mirar al frente. Escucha el viento. Aprende a distinguir pasos de hojas. Y respira despacio. Si tiemblas, no oyes.
Perea se irguió aún más, con una solemnidad que en otro contexto habría resultado cómica. Rodrigo continuó la ronda.
Cerró el perímetro de guardia, comprobando que los relevos estuvieran donde debían, que los hombres de la segunda guardia estuvieran despiertos y no solo en pie, y que nadie hubiera movido las antorchas de los puntos de señal.
Al pasar frente al sector norte, la tienda de Mendoza estaba a oscuras y la lona no se movía.
Rodrigo la miró más de lo necesario y siguió andando. Todo en orden.
Al regresar al centro, Diego, Mateo y Miguel lo aguardaban junto a la mesa improvisada donde descansaba el mapa de ruta. Mateo afilaba el messer con movimientos lentos. Quiroga tenía los ojos en el perímetro. Aranda estaba de pie, con la quietud del que espera órdenes.
—¿Novedades? —preguntó Diego.
—Mañana —dijo Rodrigo—. Descansad mientras podáis.
Diego asintió y se volvió. Rodrigo lo detuvo antes de que diera el segundo paso.
—Si Mendoza se mueve de su tienda esta noche, quiero saberlo.
Diego lo miró algo más de lo habitual. Luego asintió y se fue.
Fue entonces cuando el centinela del perímetro dio la señal, dos silbidos cortos, sin tensión pero con urgencia. Rodrigo se levantó antes de que el eco se apagara.
—Diego, conmigo. Mateo y Miguel, mantened el centro.
Avanzaron hacia el límite del campamento con paso rápido y cauteloso, la mano en la empuñadura pero sin desenvainar, que desenvainar antes de necesitarlo es el error de los impacientes y de los muertos.
La humedad de la madrugada se metía en los huesos con más constancia que el viento.
Las antorchas del perímetro proyectaban sombras largas sobre el barro endurecido, y entre dos de esas sombras había una tercera que no debería estar.
Desde la arboleda distinguieron la figura, agazapada, estática, las manos visibles, los dedos separados. Rodrigo calculó la distancia, el ángulo, las salidas posibles. Diego lo había calculado ya.
—Sal a la luz —dijo Rodrigo—. Sin prisa y con las manos delante.
La figura emergió. Era un hombre de mediana edad, de complexión discreta y porte que no llamaba la atención a primera vista.
A segunda vista sí. Las ropas eran de buena hechura, el tipo de discreto que cuesta dinero, que no engaña a quien ha aprendido a mirar aunque sí a quien mira sin pensar.
Llevaba los dedos abiertos y quietos a los costados, una bolsa pequeña colgada al izquierdo, y caminaba sin apretar el paso ni aflojarlo.
Se detuvo a cuatro pasos. No más cerca. Eso también era información.
—Vengo en son de paz —dijo—. Traigo noticias para Rodrigo de Salazar.
Diego, que llevaba una flecha entre los dedos índice y corazón ya colocada en la cuerda del arco, hizo el gesto de tensarla.
Rodrigo levantó la mano para detenerlo. Estudió al hombre un instante.
Los zapatos con barro de camino reciente pero sin el desgaste de las leguas, las manos sin callos de trabajo manual, una cicatriz fina y reciente en el índice derecho que podía ser de cuchillo o de pluma según el oficio.
Le faltaba la rigidez del soldado y le faltaban las manos endurecidas del campesino.
Vestido y andares se acomodaban a uno y a otro sin dejar reconocer a cuál pertenecía.
—Habla.
—En la Corte circulan rumores —dijo, midiendo cada palabra—. Se cuestiona la conducta de ciertos capitanes en Granada. Hay quienes desean revisar méritos… y responsabilidades.
—¿Qué clase de revisión?
—Del tipo que no llega con previo aviso —respondió el hombre—. Del tipo que conviene conocer antes de que llegue.
Rodrigo no respondió de inmediato. Dejó que el silencio trabajara. Lo que el mensajero hiciera con él —añadir algo o sostenerlo— le diría más que cualquier respuesta calculada.
El mensajero se mantuvo, sin añadir nada.
—¿Nombres?
—Aún no. Pero se os observa. Y no todos celebran vuestra cercanía a don Gonzalo.
—¿Quién te envía?
—Alguien que prefiere mantener equilibrio antes que conflicto —fue la respuesta, sin una pausa, sin un nombre, sin nada a lo que asirse.
Rodrigo dio un paso atrás. Lo miró el tiempo de dos respiraciones, contando mentalmente todo lo que ese hombre no había dicho y cuánto de ello era deliberado.
—Regresa —dijo Rodrigo— y transmite esto: no temo revisión alguna. Cada orden dada en Granada puede sostenerse ante cualquier tribunal. Y cada hombre bajo mi mando responde por su honor.
El mensajero inclinó la cabeza apenas, acusó recibo sin comentarlo. Luego se retiró hacia la arboleda con paso regular, ni apresurado ni demasiado lento, y desapareció entre los árboles.
Rodrigo esperó hasta que el último sonido de pasos se apagó. Luego otro tanto. Diego también esperaba, la mano todavía cerca de la empuñadura.
—¿Confiáis en él? —preguntó Diego en voz baja.
—No. Pero tampoco necesitaba confiar. Necesitaba confirmar.
—¿Confirmar qué?
—Que ya nos observan. Que la Corte no ha esperado a que llegáramos.