Capítulo 5 #2
El tercero ya tenía la espada en la mano y sabía usarla.
Intercambiaron tres golpes reales: el primero le abrió a Rodrigo la palma derecha hasta el hueso, el segundo rozó la oreja lo suficiente para dejar un surco que ardió como brasa viva, el tercero no llegó porque Rodrigo hundió el hombro contra el pecho del
hombre y lo estampó contra la pared. El cráneo golpeó la piedra con un golpe seco.
La espada cayó. Rodrigo cambió la daga a la mano izquierda porque la derecha ya no cerraba, le aplastó la muñeca con la bota y le clavó la hoja en el costado, una vez, y cuando el hombre todavía se movía, otra vez más hondo.
Cuando terminó, respiraba con dificultad y la mano derecha chorreaba sobre las losas. El segundo hombre seguía vivo en el suelo, los labios moviéndose en algo que podía ser una oración. El primero, el del cuello, ya no se movía.
El tercero intentó arrastrarse hacia la puerta dejando un rastro oscuro en las losas. Al alcanzar el umbral, el reguero se cruzó con el agua que entraba del patio y se deshizo en hilos rojos que bajaban hacia el rincón.
—No es traición —murmuró con la boca llena de sangre—. Es dignidad.
Rodrigo lo miró un instante.
—Lo sé —dijo.
Le hundió la daga en la nuca y el cuerpo dejó de moverse. La sangre nueva se sumó a la corriente y siguió la pendiente detrás de la otra.
Se incorporó. Limpió la hoja en el manto del hombre.
Apretó la mano herida contra el costado de la capa para frenar la sangre que emanaba del corte.
Salió al callejón donde Tariq esperaba con el rostro blanquecino como un muro enjalbegado y los ojos fijos en la sangre que Rodrigo llevaba en la palma.
—¿Están...?
—Sí —respondió Rodrigo.
Tariq asintió una sola vez y no preguntó nada más.
Rodrigo se detuvo frente a él.
—Vuelve a tu casa. No salgas hasta mañana al mediodía.
—¿Y si preguntan?
—Estabas durmiendo. No sabes nada. No has visto nada.
Tariq no añadió nada. Desapareció por el callejón sin mirar atrás, con paso rápido, poniendo distancia entre él y lo que acababa de ocurrir antes de que las piernas cambiaran de opinión.
Rodrigo volvió por donde había venido. La lluvia había aflojado a un goteo fino, esparcido, ya casi nada.
Se metió hasta la cintura sin quitarse la ropa, porque quitársela habría costado tiempo y esa era la única moneda que no podía gastar a destajo aquella madrugada.
El Genil en enero no tenía el frío húmedo del campamento ni el quieto de los corredores de piedra: era corriente e intención, agua que empujaba contra las piernas buscando el camino hacia adentro y que encontraba todos los sitios donde la ropa estaba rasgada o mal ajustada.
Rodrigo se quedó inmóvil hasta que el cuerpo terminó de registrarlo y decidió que no había nada que hacer con ese dato excepto ignorarlo.
Dejó que el agua arrastrara lo que podía arrastrarse.
Había bastante. La manga derecha había absorbido más de lo que parecía a la luz de las lámparas del patio, y el río la fue tiñendo hasta que la tela y el agua eran la misma cosa.
El antebrazo izquierdo ardía donde el corte de la torre había dejado su marca; el agua fría del Genil lo lavó sin preguntar de dónde venía la sangre.
La oreja palpitaba con un calor propio, el surco todavía fresco y sensible al contacto del agua.
Se lavó la mano con cuidado, separando los dedos para ver el corte a la escasa luz de la luna.
Profundo pero limpio, sin tendones cortados: una herida que podía haber sido mucho peor, y que al menos le permitiría seguir usando la mano.
Los bordes del corte habían empezado a cerrarse solos con el frío, que era una de las pocas cosas útiles que hacía el frío.
Dolería un tiempo. Peores cosas había tenido en peores sitios.
En la orilla, rasgó un trozo de su camisa interior con los dientes porque la mano izquierda sola no daba para más, y se vendó la derecha con la tensión justa: ni demasiado apretada para no perder sensibilidad en los dedos, ni demasiado floja para que no sirviera de nada.
El nudo lo hizo con los dientes también, tirando del extremo libre mientras sujetaba el otro contra la palma.
Quedó aceptable. Había visto vendajes peores hechos con dos manos.
Volvió a su tienda por el camino largo, arrimado a los muros de lona, porque cruzar el campamento chorreando agua y sangre a esas horas levantaría las preguntas que nadie debía hacer.
Se cambió la ropa mojada por otra que no estaba limpia pero al menos estaba seca, y rehizo el vendaje de la mano con lino y más cuidado del que los dientes permiten.
La ropa del río la enrolló y la metió debajo del catre, donde nadie miraría hasta que él decidiera quemarla.
Diego apareció en la entrada de la tienda sin anunciarse. Le devolvió el pergamino sin una palabra y se fue. Rodrigo lo guardó contra el costado, bajo el jubón seco.
Se sentó en el borde del catre con la daga sobre las rodillas.
No se tumbó. Nunca lo hacía después de algo así.
El cuerpo pedía descanso pero la cabeza todavía estaba en el patio del Albaicín, repasando los tres cuerpos, el orden de los golpes, la cara del nazarí que había dicho que era dignidad.
El cuerpo todavía no había salido del combate.
Salía despacio, sin avisar. Los párpados le pesaban antes que los músculos; los músculos avisarían más tarde, cuando se acordaran de las horas sin descansar.
Rodrigo veló hasta el amanecer con los ojos abiertos.
Al amanecer, la noticia había corrido en silencio entre los círculos cercanos al sultán, de boca a oído entre los que tenían que enterarse. La conjura había sido desarticulada. Boabdil dormiría una noche más.
En el campamento castellano, Rodrigo fue conducido ante los Reyes por un oficial.
La tienda era pequeña para lo que contenía: una mesa, dos sillas, un brasero que llevaba horas encendido y que había calentado el aire hasta un punto que contrastaba con el frío que Rodrigo traía pegado al cuerpo después de una noche despierto.
Sobre la mesa, una vela casi consumida que nadie se había ocupado de reponer, y junto a ella un mapa de Granada doblado con las marcas de muchas manos.
Isabel no llevaba corona. Vestía de modo sobrio.
No le hacía falta más. Estaba de pie cuando Rodrigo entró, lo cual decía algo: no era postura de espera; llevaba tiempo sin poder quedarse quieta.
Su mirada firme lo recorrió de arriba abajo en el instante que tardó en cruzar el umbral, registrando la ropa húmeda, la mano vendada, el surco abierto en la oreja, el corte del antebrazo que la manga no terminaba de ocultar, la herida de la mejilla todavía oscura bajo la costra.
Fernando estaba sentado a su derecha, los brazos cruzados, sopesando cada dato sin esperar a tenerlos todos para sacar conclusiones.
No habló cuando Rodrigo entró. Solo lo miró, que con Fernando era lo mismo que hablar.
—Hablad —dijo Isabel.
Rodrigo relató lo sucedido sin adornos, como se redacta un parte: los hechos, el orden, el resultado.
Nada sobre lo que había sentido en el patio, nada sobre Tariq y la cara que puso al salir, nada sobre el nazarí que dijo que era dignidad.
Eso no servía en un informe, y los reyes no necesitaban ruido a esa hora.
Mientras hablaba, Isabel no apartó los ojos de él ni una sola vez, atenta a los espacios entre las palabras, buscando lo que Rodrigo había elegido no contarle.
—¿Estás seguro de que no hay más? —preguntó Fernando.
La voz no delataba nada.
—No puedo asegurarlo —respondió Rodrigo—. Pero estos eran los decididos. Los que tenían plan y noche elegida.
El pergamino le pesaba contra el costado, bajo la ropa, con la insistencia del secreto guardado para una sola persona.
Rodrigo sostuvo la mirada de Fernando sin cambiar la postura ni el ritmo de la respiración.
Sabía que cualquier reajuste del peso, cualquier cruce de manos, le habría contestado a Fernando antes que la voz.