Capítulo 5 #3
«Todavía no. Primero entender qué dice. Después decidir a quién se lo doy».
Fernando cerró la conversación con un gesto breve. Quedaban cosas por decidir, pero no en esa tienda.
Isabel se acercó un paso. La vela proyectaba su sombra hacia atrás y hacia arriba, alargándola contra la lona de la tienda, y en esa luz baja su rostro tenía las arrugas más marcadas que al inicio del día. Había firmado demasiadas cosas antes del amanecer.
—Cada vida que se pierde antes de la firma pesa sobre mi conciencia —dijo con voz baja—. Pero cada vida que se salve después de ella justificará esta noche.
Era cálculo hecho en voz alta, y los dos lo sabían. Rodrigo le sostuvo la mirada el tiempo necesario para que quedara claro que la había entendido.
Fernando se puso en pie sin prisa. El aire de la tienda cambió de peso.
—Si mañana Boabdil titubea ante la firma —dijo—, recordará que nosotros mantenemos el orden hasta en su propio Albaicín. Que dentro de sus muros ya no tiene la fuerza necesaria para oponerse.
Hizo una pausa. Sus ojos recorrieron a Rodrigo de arriba abajo, buscando lo que el parte no decía.
—Lo que habéis hecho esta noche no figurará en ninguna parte. No habrá mención en ningún registro. —Otra pausa, más corta—. Pero quienes importan lo saben ya.
Rodrigo comprendió el alcance, no solo habían impedido una rebelión, habían demostrado que el aparato castellano llegaba a cualquier rincón de Granada antes de que la ciudad misma pudiera defenderse.
Era una demostración de poder más elocuente que diez cañonazos.
Y era también un servicio que la Corona iba a deber largamente, y no en oro.
—Retiraos —ordenó Isabel—. Mañana puede ser el día que cambie nuestra historia.
Rodrigo hizo una reverencia y salió.
En el exterior, el aire frío de la vega le dio en la cara como agua, y con él llegó el olor a humo de hoguera y a tierra húmeda y a la fatiga de la noche entera pegada a los huesos. Se detuvo un momento fuera del umbral, respirando.
Hacia el mediodía, entre la visita al campamento del maestre de artillería y la vuelta a su tienda, Rodrigo redactó la petición para el capitán Fernández de Córdoba con letra apretada y pocas palabras. La dejó en la tienda de mando a través de un paje.
Al día siguiente, el 2 de enero de 1492 amaneció frío y despejado, con un cielo limpio que no estaba a la altura de lo que ocurría bajo él.
Desde la colina, Rodrigo observó el momento que iba a contarse luego con menos detalles de los que tenía: las llaves de Granada entregadas de mano en mano con la ceremonia de los gestos que nadie olvida, y sobre la Torre de la Vela, uno tras otro, los tres pendones que alguien había decidido que debían subir en ese orden.
Primero una cruz de plata, llevada por Talavera con paso de hombre que llevaba toda la vida esperando ese momento.
Luego el pendón de Santiago, rojo sobre blanco, que el viento de enero desplegó con más gracia de la que merecía la mañana.
Y al final el estandarte real, los castillos y los leones cuartelados con las barras de Aragón juntos por primera vez sobre una ciudad que había tardado ocho siglos en rendirse.
Llegaron débiles desde la distancia, aquellos crujidos de asta y tela, pero llegaron.
Boabdil descendía en algún lugar más allá de la fortaleza roja, camino de las Alpujarras y de la vida que había elegido sobre la muerte que otros habrían elegido por él.
No hubo gritos entre los castellanos de la colina.
No hubo saqueo. Solo un silencio contenido y denso, con el viento moviéndose entre los pendones.
Gonzalo se situó a su lado.
—Hemos vencido.
Rodrigo no apartó la vista de la Alhambra.
—Sí señor.
—No suenas convencido.
Rodrigo dejó pasar un momento. Las campanas de la ciudad comenzaron a sonar desde puntos distintos, con la descoordinación de las improvisadas, y el sonido viajó por la vega con la claridad del aire seco de enero, que lo llevaba lejos.
—Anoche maté a hombres que creían defender lo mismo que nosotros señor. Su mundo, sus muros. El derecho a que las cosas no cambien.
Gonzalo lo miró de perfil, sin condescendencia, porque la pregunta no le resultaba fácil a él tampoco.
—Eso es la guerra.
—¿Y ahora mi señor?
Gonzalo esbozó la sombra de una sonrisa.
—Ahora empieza algo mayor. Italia. El mar. Lo que aún no imaginamos.
Rodrigo pensó en Tariq ibn Saad, que a esa hora estaría en algún callejón del Albaicín preguntándose si había elegido bien.
En los tres hombres del patio, que habían decidido que la dignidad merecía ese precio y no habían tenido tiempo de saber si tenían razón.
También en la reina hablando de conciencias en voz baja y de vidas salvadas como si fueran sumas en un libro de cuentas.
Por último en Jaime de Cuéllar, en el apretón de la mano callosa en su antebrazo y en el mendrugo de pan partido en seis trozos sobre el manto de la maza, con el trozo más grande para Miguel y el más pequeño para él mismo.
«Ocho siglos. Una mañana de campanas desafinadas. Ya está».