Capítulo 5
Castilla y oro
Rodrigo cruzó el río solo con la daga y la ropa de un hombre sin rango. En la orilla, una gota fría le cayó en el dorso de la mano. Otra en la frente. Levantó un instante la cara hacia el cielo cubierto y bajó.
El agua hasta la cintura y el frío que calaba los huesos sin prisa, el invierno granadino no había terminado todavía con él.
No era el frío lo que mantenía sus sentidos alerta, sino la quietud.
Demasiada quietud para una ciudad que agoniza.
Faltaban los gritos, los perros, las riñas.
Aire detenido, balcones cerrados. Esto era otra cosa. Era la calma del aliento contenido.
La puerta menor estaba donde le habían dicho: un arco bajo y discreto, casi oculto por la maleza del margen del río, una entrada que en tiempos normales usa el pescadero y el aguador, no el soldado. Tres golpes breves, dos pausados.
Nada.
Rodrigo esperó. Repitió la señal.
La madera crujió apenas, con la cautela del miedo cuando intenta pasar desapercibido. Un ojo oscuro apareció en la rendija.
—¿Castilla?
—Oro —respondió Rodrigo. La contraseña había sido elegida por alguien con sentido del humor o del cinismo; en cualquier caso, era una que nadie adivinaría por azar.
El cerrojo se deslizó.
El hombre que abrió era joven, con barba rala y la mirada asustada. Llevaba semanas pensando en qué platillo de la balanza poner su vida, y ya había elegido pero todavía no estaba del todo convencido de haberlo hecho bien.
—Me llamo Tariq ibn Saad —susurró en un castellano torpe pero funcional—. No quiero morir por los orgullos de otros.
Rodrigo lo empujó adentro y cerró la puerta tras él.
—¿Quién quiere romper el acuerdo?
Tariq dudó un momento. La duda le torció la boca antes de hablar.
—Los Abencerrajes que quedan. No todos. Pero algunos de los más decididos. Dicen que Boabdil vende el islam por salvar su vida.
—¿Cuántos?
—Los suficientes para hacer daño esta noche.
Rodrigo examinó la calle estrecha a través de la rendija: balcones cerrados, sombras entre las celosías, una antorcha distante que proyectaba más oscuridad que luz. La ciudad respiraba como respira la fiebre: hacia adentro, contenida, sin mostrar lo que hierve debajo.
—¿Dónde están?
—En el Albaicín. En una casa junto a la mezquita mayor. —Tariq hizo una pausa—. He visto sus caras. No son cobardes. Son hombres que han decidido que la muerte es preferible a la alternativa de lo que viene.
—Los entiendo —dijo Rodrigo—. Eso no cambia nada. Llévame hasta ellos.
Tariq echó a andar sin replicar.
La ciudad nocturna tenía otro olor. Desde el campamento llegaba el humo y la pólvora y el olor metálico de los incendios.
Aquí dentro era otra cosa: jazmín pisado mezclado con ceniza, agua estancada en las acequias que nadie había limpiado en semanas, el aceite rancio de las lámparas apagadas deprisa cuando los pasos se acercaban.
El olor de un Albaicín que llevaba meses cerrando las casas antes de que cayera el sol.
Los callejones del Albaicín parecían trazados para que nadie los encontrara: torciéndose sobre sí mismos, escalando y bajando sin lógica aparente, una geometría que solo Tariq sabía leer en la oscuridad.
Conocía cada recodo porque había vivido en ellos desde niño, lo que compensaba sobradamente su falta de aplomo como acompañante de infiltración.
Respiraba demasiado fuerte para el trabajo que se le pedía, pero los pies sí sabían dónde iban, y Rodrigo se fiaba de eso: pies que conocían el suelo, aunque la respiración los traicionara.
Las paredes de las casas eran blancas donde no estaban ennegrecidas, y en la oscuridad esa blancura tenía el efecto contrario al que debería: amplificaba la poca luz que quedaba, devolviendo los reflejos de las antorchas lejanas como algo vivo que palpitaba.
El chirimiri caía ya sobre la cal y la apagaba por manchas, donde el agua llegaba primero.
Rodrigo buscaba los muros más oscuros, eligiendo las sombras de los arcos y los voladizos, dejando que Tariq marcara el ritmo y él marcara los ángulos.
Las celosías de las ventanas bajas estaban cerradas pero no del todo: por las rendijas salían retazos de conversación en árabe, un llanto de niño cortado abruptamente, el sonido de algo pesado arrastrado sobre piedra.
Detrás de cada celosía había alguien sin dormir.
En el primer cruce importante, Tariq levantó la mano y se detuvo sin avisar.
Rodrigo lo imitó, la daga ya en la mano, el oído buscando lo que Tariq había oído.
Llegó medio segundo después: pasos regulares, múltiples, con el peso de hombres armados.
Seis. La primera patrulla emergió por el callejón perpendicular con antorchas bajas que chisporroteaban contra la lluvia, los hombres mantenían la cabeza gacha y el paso apretado.
Rodrigo los observó pasar a cuatro varas: el primero llevaba el casco torcido, el último arrastraba levemente el pie derecho, ninguno miraba los arcos donde la sombra era más densa.
Pasaron sin detenerse. El sonido de sus botas se fue apagando calle abajo con un paso que ya no dejaba huella.
Siguieron.
El segundo problema fue peor porque fue más pequeño.
Dos soldados que se detuvieron exactamente en la esquina que Rodrigo y Tariq necesitaban cruzar, y que conversaron en voz baja, sin prisa, porque estaban en su ciudad y esa ciudad todavía era suya.
Rodrigo se aplastó contra el muro, la piedra fría en la mejilla, la daga horizontal contra el muslo.
Tariq, pegado a la pared junto a él, había dejado de respirar con la boca, que era tarde pero mejor que nada.
Los dos soldados no se movían. Uno de ellos señaló hacia algún punto del cielo, el otro respondió con algo breve.
Rodrigo no llegó a entender las palabras pero entendió el tono: era charla de patrulla, sin urgencia.
Pasaban la última noche en su ciudad y no lo sabían. Eso lo hacía más difícil, no más fácil.
Esperaron.
Rodrigo respiraba por la nariz, despacio, contando, con el pulso que se le había escapado al pecho sin pedir permiso.
Contó hasta cuarenta. Los soldados se separaron al fin, cada uno por un lado distinto, y el callejón quedó libre.
Guardó la daga y no dijo nada. Tariq tampoco.
No todos en la ciudad sabían de la capitulación, o preferían actuar como si no lo supieran, que en la práctica era lo mismo.
Las calles del Albaicín estaban quietas.
Una quietud apretada, sin descanso. El llanto podía esperar hasta que se fuera el último soldado castellano, y mientras tanto no iba a darles la satisfacción.
Rodrigo lo notó en la manera en que las puertas estaban cerradas con más cuidado que el necesario para simplemente cerrarlas, en la ausencia completa de perros callejeros que en cualquier otra ciudad habrían latido a su paso, en el modo en que incluso el viento parecía moverse con más cuidado entre esos callejones que en cualquier otro sitio.
Granada no se había rendido todavía. Eso era lo que decían esos callejones. Mañana se rendiría, pero esta noche todavía no.
Al llegar a la casa señalada, había luz filtrada en el patio interior y voces que reñían con la intensidad agotada de una discusión que lleva horas y no avanza.
Rodrigo trepó al muro lateral sin que una sola piedra crujiera.
Las tejas mojadas resbalaban, pero el ruido del agua que caía del alero encubría cada apoyo.
Desde el tejado, escuchó con claridad. El árabe no era suyo, pero años de frontera le habían dejado el suficiente para orientarse en un zoco, regatear, identificar una amenaza.
No dominaba la lengua; la descifraba a retazos, lo suficiente para entender lo que importaba.
—Boabdil nos vende —decía una voz grave con rotundidad—. Prefiere una alquería en las Alpujarras a morir como sultán de Granada.
—¿Y qué propones? —respondió otro—. ¿Salir mañana al amanecer y abrir las puertas nosotros mismos al asalto?
—Matarle —dijo la voz grave—. Antes de que firme.
—Si muere antes de la firma —continuó la voz grave—, Castilla tendrá que conquistar esto piedra por piedra, calle por calle. Habrá asalto. Y quizá el invierno y el hambre hagan lo que nosotros ya no podemos.
Había lógica en aquello. Brutal, desesperada, pero lógica: habían perdido todo menos la capacidad de hacer daño.
Rodrigo tensó el rostro.
—Somos suficientes para llegar hasta él esta noche —dijo una tercera voz—. Sus guardias confían en que ya no hay peligro. Ese es nuestro momento.
Nadie respondió. La decisión estaba tomada.
Rodrigo había escuchado lo suficiente. Descendió al patio interior sin perturbar la quietud de la noche, concentrado en cada paso, sin permitirse pensar en lo que estaba a punto de hacer.
Tariq permaneció fuera, refugiado bajo el arco de un zaguán al otro lado del callejón; no tenía estómago para lo que venía, y Rodrigo lo dejó.
Si Tariq se quedaba donde lo había puesto, no estorbaba; si entraba detrás, podía ser imprevisible.
Tres hombres en torno a una mesa baja, bajo el alero de la galería. La lluvia caía al centro del patio sobre las losas brillantes y se escurría hacia el sumidero del rincón. Lámparas de aceite. Espadas apoyadas en la pared del fondo, a dos pasos. Habían confiado en tener tiempo.
El primero en verle fue el más joven.
—¿Quién…?
La daga le entró por la garganta antes de que terminara la pregunta.
No fue un golpe limpio: el muchacho giró la cabeza en el último instante y el filo le abrió el cuello, un tajo largo y desordenado del que brotó más sangre de la que nadie esperaría de un hombre tan delgado. Se desplomó arrastrando la silla.
El segundo se levantó gritando en árabe y Rodrigo ya estaba encima de él: le apuñaló tres veces por debajo del brazo izquierdo, entre las costillas, empujando hacia arriba hasta encontrar resistencia.
El hombre siguió gritando dos segundos más, con los ojos desorbitados y un estertor en la garganta, aferrado al puño de Rodrigo, intentando arrancárselo. Luego se dobló.