Capítulo 4 #2
«Granada no ha resistido sola. Hay manos interesadas en prolongar el conflicto, o en controlar cuándo y cómo termina».
El sol iluminaba ya Granada con una claridad casi irónica.
Las campanas comenzaron a sonar en distintos puntos de la ciudad anunciando la consolidación del control castellano; para muchos soldados de ese patio, la guerra había terminado.
Se oía en sus voces, en la forma en que aflojaban los hombros, en el modo en que algunos se sentaban sobre los escombros sin mirar las esquinas.
Rodrigo observó la torre una última vez y guardó el pergamino.
Cuando el sol llevaba horas muerto, la vega de Granada olía a tierra húmeda y a brasas frías.
Desde las lomas próximas a Santa Fe, el campamento castellano respiraba con un silencio tenso, todavía sin contar los muertos.
Hogueras bajas, acero apoyado en la tierra, soldados dormitando con la espada al alcance de la mano, un acto instintivo que el largo asedio había grabado en los huesos. Era una noche de espera.
Rodrigo no dormía.
Apoyado contra el tronco de un olivo seco en el límite del campamento, observaba las murallas de Granada recortadas a lo lejos, dentadas contra el cielo cargado y sin luna.
Dentro, Boabdil negociaba su rendición: lo había perdido todo, pero aún podía decidir cómo entregarlo.
Fuera, muchos deseaban que aquello no sucediera jamás: nobles que habían invertido en la guerra como si fuera una empresa, capitanes cuyo rango dependía de que hubiera enemigo, mercaderes de armas y provisiones que vivían de la duración del conflicto.
Demasiados intereses. Demasiadas heridas que necesitaban que la guerra continuara para justificarse.
Rodrigo oyó pasos que reconoció antes de ver a quién pertenecían. Cierta cadencia, cierta forma de repartir el peso al andar.
Gonzalo Fernández de Córdoba se sentó a su lado sin pedir permiso, la espalda contra el olivo, sin casco pero con la espada, lo que en él equivalía a ir completamente armado.
Durante un momento ninguno de los dos habló.
Miraron las murallas juntos, como habían mirado otras murallas en otros sitios, y el peso de lo que venía se fue asentando entre los dos sin que hiciera falta nombrarlo.
—Montijo ha puesto queja por lo del adarve —dijo en voz baja, sin mirar a Rodrigo—. La torre la has tomado tú. La queja la he enterrado yo. —Dejó pasar un silencio corto—. ¿Y la torre? ¿Encontrasteis algo?
—Sí, señor. Un cofre con monedas nazaríes, un anillo de sello y una lista de nombres sin cifrar.
Ya está en manos del campamento. —Rodrigo midió lo que iba a decir—.
Y un pergamino aparte. Cifrado. Caracteres árabes mezclados con latinos.
No es trabajo de milicia. Lo retengo hasta entender qué dice.
Gonzalo no preguntó por qué. Miró hacia Granada un momento.
—Entérate rápido. Y cuando lo sepas, que me entere yo antes que nadie.
Rodrigo no dijo nada.
El silencio volvió a caer entre ellos. Gonzalo cambió el peso contra el olivo.
—¿Has visto lo mismo que yo, Salazar? —dijo al fin en voz baja.
Rodrigo señaló con la cabeza.
—Movimiento en la torre occidental, señor. Hay demasiado intervalo entre apariciones, y no es relevo de guardia, esos no aflojan los hombros ni se cruzan palabras. Están esperando algo.
Gonzalo recibió la respuesta con un silencio medido, los ojos en las murallas, la voz calibrada para no viajar más allá de dos varas.
—Los más fanáticos no aceptarán la entrega. Y los nuestros no confían del todo en la palabra nazarí. Si esta paz fracasa esta noche, habrá asalto al amanecer. Carnicería para ambos lados.
—¿Órdenes, señor?
Gonzalo dejó pasar un silencio antes de contestar. Cogió una ramita seca del suelo y la partió entre los dedos, que era lo que hacía cuando iba a dar una orden que no lo era del todo.
—Tenemos un hombre dentro. Un joven llamado Tariq ibn Saad. Lleva semanas en contacto con nosotros. No es soldado ni quiere serlo; es un muchacho que prefiere vivir bajo Castilla a morir por el orgullo de otros. Sabe dónde se reúnen los Abencerrajes que planean matar a Boabdil antes de la firma.
Gonzalo continuó.
—Hay una puerta menor junto al Genil, un arco bajo que usan los aguadores. Tariq estará al otro lado esta noche. Tres golpes breves, dos pausados. Si pregunta «Castilla» , respondes «Oro».
—¿Y si no abre?
—Entonces es que está muerto y la misión cambia. Pero si abre, te lleva hasta ellos. Confirmas si la amenaza es real. Si es inminente, la neutralizas. Si no, vuelves con lo que sepas.
Rodrigo se incorporó.
—Entrarás solo —añadió Gonzalo—. Si esto se tuerce, no habrá nadie al otro lado.
—Lo sé. Mejor así, señor.
Gonzalo esbozó algo que en otro hombre habría sido una sonrisa.
—González es tuyo, por cierto. A partir de mañana. He firmado la petición que me has hecho llegar hoy.
Rodrigo no añadió más. No era necesario.
Dejó en el campamento la cota, el casco y cualquier cosa que tintineara o arrastrara en la oscuridad. Sacó el pergamino de debajo del jubón y buscó a Diego, apartado del fuego, quieto.
—Guárdalo contra el cuerpo. Si no vuelvo antes del amanecer, se lo llevas al capitán Fernández de Córdoba. A nadie más.
Diego tomó el pergamino sin preguntar y se lo metió bajo la camisa.