Capítulo 4
El pergamino del muro
El descenso fue lento, cada tramo cubierto antes de continuar.
Al pasar por el segundo rellano recogió el arcabuz de donde lo había dejado caer y se lo echó al hombro.
A mitad de la escalera notó que Mateo se retrasaba.
Carvajal bajaba los peldaños con cuidado excesivo, la mano izquierda rozando el muro como si necesitara confirmar que la pared seguía ahí. Rodrigo se detuvo y lo esperó.
—Mateo —dijo Rodrigo—. ¿Cuántos eran en el último piso?
Carvajal tardó un segundo de más en responder.
—Dos. —Una pausa—. ¿O tres?
Eran dos. Rodrigo le miró el yelmo. En el lado izquierdo, donde el metal estaba abollado hacia adentro, el cuero del forro interior estaba empapado de sangre, que le chorreaba por la mejilla en una mancha que no había intentado limpiar.
—Tu valor ha sido más que suficiente —dijo—. Miguel, quédate a su lado. Bajáis despacio.
—Puedo seguir solo —dijo Mateo.
—Sé que puedes. Pero esto te lo ordeno yo y no lo decides tú.
Rodrigo bajó solo el tramo que lo separaba del corredor donde la artillería había reventado el muro. Diego seguía arrodillado junto a Jaime. Levantó la cabeza al oír los pasos. No hacía falta preguntar.
Cuéllar estaba donde el sillar lo había alcanzado, pero ya no estaba de pie.
Se había deslizado pared abajo hasta quedar sentado con las piernas extendidas, la espalda contra la piedra y la cabeza ligeramente caída hacia el lado bueno.
La mancha del costado derecho se había extendido desde las costillas hasta la cadera, oscura y brillante, con esa consistencia espesa que la sangre adquiere cuando lleva rato saliendo y empieza a enfriarse sobre la tela.
Debajo de la cota reventada, la carne del costado se movía con cada respiración de un modo en que la carne no debería moverse: hacia dentro y hacia fuera, desacompasada del pecho, como si esa parte del cuerpo hubiera dejado de responder a las mismas órdenes que el resto.
Entre los eslabones reventados asomaba la herida: irregular, más oscura que roja, del tamaño de un puño cerrado, con bordes que se movían ligeramente con cada respiración porque había algo dentro que ya no estaba donde debía estar.
Entre la carne lacerada asomaba el extremo roto de una costilla: blanco y afilado, del color del hueso limpio, manchado de sangre oscura en la punta.
En el frío de la mañana, del interior de la herida ascendía un hilo de vapor fino y continuo, el calor del cuerpo escapando por donde la piel ya no podía retenerlo.
Cada vez que Jaime intentaba respirar, algo en el interior cedía con un sonido húmedo y apagado: el pulmón derecho colapsando hacia sí mismo con la lentitud metódica de un fuelle pinchado. La sangre que brotaba de la herida salía espumosa, mezclada con aire.
Rodrigo se arrodilló a su lado. Tenía los ojos abiertos.
Tenían luz. Por ahora. Jaime levantó la mano derecha, ancha y callosa, y apretó el antebrazo de su alférez con una fuerza que ya no era la suya pero que lo intentaba.
Rodrigo le sostuvo la mirada el tiempo necesario. No dijo nada. Jaime tampoco.
—La torre —dijo Jaime al fin, con la voz diferente: más baja, más trabajada. Cada palabra le costaba un esfuerzo que antes no necesitaba.
—La tomamos —respondió Rodrigo.
Jaime asintió una sola vez. Eso era lo que necesitaba saber.
—Bien —añadió, después de un momento, con algo que no llegaba a ser sonrisa pero se le acercaba—. Porque no pensaba subir un piso más.
—Calla, bellaco —dijo Rodrigo.
Cuéllar cerró los ojos un instante y los abrió de nuevo. La mano no soltó el antebrazo de Rodrigo hasta que este se incorporó.
Lo dejaron donde estaba. No había modo de moverlo sin empeorar lo que ya estaba roto. Rodrigo le apoyó la mano en el hombro un segundo.
Hernando seguía más abajo, donde lo habían dejado, la pierna extendida con la rigidez de algo que ya no obedece del todo, el rostro tirante por el dolor que no terminaba de dejar salir. Pero el brazo bueno se sostenía. Rodrigo le puso una mano breve en el hombro.
—La torre es nuestra —dijo.
Hernando bajó la barbilla una vez.
—¿Jaime?
Rodrigo no respondió de inmediato. La respuesta no cabía en ninguna palabra que fuera a servir de algo.
—Lo bajarán los del refuerzo —dijo al fin.
Hernando no preguntó más.
Al llegar al patio exterior, los refuerzos castellanos tomaban posiciones en el perímetro con parsimonia. El trabajo sucio ya estaba hecho. El estandarte real fue izado entre humo y piedra ennegrecida; Rodrigo lo vio subir contra el cielo blanco.
Un capitán llamado Álvaro Mendoza organizaba el relevo del perímetro norte sin levantar la voz ni repetir una orden, porque conocía los turnos mejor que los propios centinelas. Rodrigo lo había visto en el asedio lo suficiente para reconocerle la cara, no lo suficiente para conocerle las razones.
Entre la columna de refuerzo, Rodrigo reconoció una figura antes de verle la cara.
Había una cadencia particular en el modo de pisar de Joaquín González: treinta años moviéndose por territorio hostil le habían enseñado a distribuir el peso entre el sigilo y la firmeza sin sacrificar ninguno de los dos.
Llevaba la armadura todavía húmeda del Genil, la figura esbelta recortada contra la luz del amanecer, los ojos claros recorriendo el patio, deteniéndose un instante en cada salida posible.
Joaquín se acercó y le apoyó la mano en el hombro. Breve. Rodrigo lo dejó hacer. Había pocos hombres en el ejército de Castilla a los que permitiera ese gesto, y Joaquín lo sabía, igual que sabía cuándo hablar y cuándo callarse.
—¿Los tuyos? —preguntó Joaquín.
—Jaime está arriba. Mal. Hernando no puede andar. Mateo tiene la cabeza abierta.
Joaquín no dijo nada de inmediato. Miró hacia la torre un rato largo.
—¿Y tú?
—Entero. —Rodrigo hizo una pausa—. Hay algo que necesitas ver.
Sacó el pergamino de bajo la cota y lo desplegó sobre un sillar caído, sujetando las esquinas con dos piedras.
Joaquín se inclinó sin tocarlo, los ojos recorriendo las columnas de caracteres con atención de oficio, no de curiosidad.
Había pasado décadas interceptando mensajes entre plazas nazaríes, descifrando los manifiestos de grano que cruzaban las líneas moriscas durante el asedio, y Rodrigo había aprendido que cuando Joaquín miraba un documento de ese modo —en silencio, con la mandíbula ligeramente apretada y los ojos moviéndose de derecha a izquierda— estaba leyendo lo que no tenía luz.
—Esto no es un parte de defensa —dijo Joaquín, apenas por encima del aliento.
—No.
—Ni salió de un defensor cualquiera. —Joaquín señaló con el dedo una columna sin tocar el pergamino—. Hay estructura aquí. Periodicidad. Quien escribió esto lo hizo más de una vez y sabía a quién se lo mandaba.
Rodrigo inclinó la cabeza.
—Lo entregaremos cuando sepamos qué dice —respondió—. Antes, copiaré cada símbolo. Nadie nos tomará por ingenuos.
Joaquín levantó la mirada del pergamino y la clavó en Rodrigo. Esos ojos claros lo miraron sin pestañear.
—Bien —dijo Joaquín.
Enrolló el pergamino y se lo devolvió. Tenía destino propio pendiente en el sector norte; ambos lo sabían.
—Joaquín —dijo Rodrigo antes de que se alejara.
González se volvió.
—Lo que hay en este pergamino no lo va a descifrar nadie del flanco sur —dijo Rodrigo—. Ni de ningún otro flanco.
Joaquín lo miró un instante, leyendo lo que Rodrigo no estaba diciendo todavía.
—Voy a pedirle a don Gonzalo que te asigne conmigo —dijo Rodrigo—. Necesito lo que sabes hacer.
Joaquín se tomó su tiempo. Miró hacia la torre, después hacia la columna que partía sin él, después a Rodrigo.
—Sabes que no voy a decir que no —dijo al fin—. Pero hazlo oficial, que bastantes problemas tenemos ya.
Rodrigo selló el acuerdo con un gesto.
—Hecho.
Se apretaron el antebrazo sin añadir nada más y cada uno fue a lo suyo.
Rodrigo hizo el recuento mientras los soldados del refuerzo subían a por los heridos.
Mateo, pálido pero consciente, bajó por su propio pie apoyado en Miguel con el yelmo abollado todavía en la cabeza y la sangre seca en la mejilla.
A Hernando lo trajeron entre dos, la pierna rígida y los dientes apretados, callando lo que no hacía falta decir.
Y Jaime de Cuéllar. Lo bajaron dos soldados del refuerzo, tendido sobre una capa extendida, la cabeza ligeramente elevada sobre un saco de arena.
Respiraba. Con cada intento de respiración, el aliento de la herida seguía saliendo en el frío de la mañana, fino y constante, el cuerpo gastando en eso lo que le quedaba.
Los ojos estaban cerrados ahora. Rodrigo los prefería así a como los había visto arriba, abiertos, lúcidos y sabiendo.
Entonces dio las únicas órdenes que había que dar.
—Trasladad a los heridos al campamento del maestre de artillería. Nadie habla de lo hallado en la torre. Nadie.
Las miradas fueron firmes.
Entre los escombros del patio, la bota de Rodrigo golpeó algo que no era piedra.
Se agachó y encontró un cofre pequeño, parcialmente oculto.
Lo abrió: monedas nazaríes, un anillo de sello sin identificar y una lista de nombres escritos a mano en árabe, sin cifrar, sin código, sin ningún intento de ocultación.
Simples nombres. Alguien lo había preparado con prisa, sin tiempo para esconderlo con el cuidado que merecían los documentos de arriba.
Rodrigo los leyó en silencio, retuvo los que pudo en la memoria y cerró el cofre.
No lo guardó. Lo dejó sobre la losa para su entrega junto con el resto.
—¿Lo entregamos todo tal cual, alférez? —preguntó Miguel.
Rodrigo tardó en responder. El dilema no era militar ni sencillo: entregar el pergamino sin comprenderlo podía costarle la carrera o la vida según quiénes estuvieran implicados. Retenerlo implicaba una desobediencia que nadie llamaría por ese nombre, pero que lo era.
—El cofre y lo que contiene, sí. —Hizo una pausa—. Lo otro lo entregaremos también. Pero no sin entenderlo primero.