Rodrigo de Salazar: Enemigo sin bandera (Rodrigo de Salazar 1) Capítulo 3 #3
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Capítulo 3 #3

Dos defensores. El primero tenía el arco tensado y la flecha en la cuerda.

El segundo, una cimitarra y la espalda contra el muro del fondo, sin sitio al que retroceder.

El arquero disparó y erró por un palmo, lo que era mejor puntería de la que merecía el pulso que llevaba.

Rodrigo cargó antes de que pudiera colocar otra flecha.

El hombre tiró el arco y sacó una gumía de hoja estrecha y curva.

Rodrigo le atrapó la muñeca con la mano izquierda y le empujó el brazo hacia afuera, forzando la articulación contra su ángulo natural, hasta que el codo cedió con un chasquido húmedo hacia la dirección equivocada.

El arquero gritó, un grito largo y sin límite; Rodrigo lo dobló hacia adelante con la rodilla en el vientre y le enterró la espada por la espalda, junto a la columna, buscando el hueco entre costillas.

El hombre quedó clavado contra el suelo con los brazos extendidos, los dedos arañando las losas con un sonido que era lo más cercano a la desesperación que Rodrigo había escuchado en mucho tiempo. Dejó de arañar.

El segundo se lanzó sobre Miguel con más desesperación que técnica.

El primer golpe fue real y obligó a Aranda a retroceder dos pasos, pero el muchacho desvió el segundo con el plano de la hoja y devolvió la guardia al sitio con una firmeza que no había aprendido en ningún patio de armas.

El defensor cargó de nuevo; Miguel lo esquivó girando el torso y le devolvió una estocada corta que entró por el flanco izquierdo del hombre.

No fue suficiente. El defensor seguía en pie, la respiración convertida en un jadeo húmedo, la cimitarra todavía levantada.

Rodrigo cruzó la sala y le clavó la espada por debajo de la barbilla hacia arriba, empujando hasta que la guarda tocó la piel.

El cuerpo se quedó rígido un instante, los ojos muy abiertos y fijos en nada, y la sangre empezó a brotar entre los pelos de la barba, espesa y negra, buscando los surcos del mentón antes de caer en hilos gruesos sobre el pecho.

Las piernas cedieron y el hombre se desplomó de costado, arrastrando la hoja consigo.

Rodrigo le puso la bota en el hombro y arrancó la espada de un tirón.

La hoja salió con un siseo líquido que llenó la sala.

A la luz fría que entraba por la ventana sin postigos, la estancia mostraba lo que la torre había usado en sus últimas semanas.

Barricadas de muebles volcados, cuerpos de enemigos abatidos en los combates previos que nadie había tenido tiempo de mover, brasas de un fuego pequeño que alguien había mantenido encendido para no perder la noción de lo humano en medio del asedio.

Sobre una mesa volcada, restos de pliegos y cálamos, algunos a medio quemar.

Alguien había intentado destruir documentos con prisa y sin fuego suficiente.

Rodrigo examinó la mesa y los restos chamuscados. En la esquina de uno de los pliegos reconoció un sello en cera, parcialmente fundido por el calor del incendio cercano, pero con suficiente relieve para reconocer que no era sello de mercader ni de militar de rango medio. Era sello de cancillería.

En el margen inferior de otro fragmento, medio comido por el fuego, tres líneas paralelas cruzadas por un trazo diagonal asomaban bajo la ceniza. Rodrigo las limpió con el pulgar. No reconoció la marca.

«Alguien cercano al consejo de los Reyes».

Miguel se había acercado al muro del fondo para cubrir la ventana y se detuvo mirando un punto entre las piedras.

—Alférez —dijo en voz baja—. Aquí hay algo.

Entre dos piedras desencajadas por la artillería, en un hueco que el yeso caído había disimulado parcialmente, había algo que no era escombro.

Con la punta de la espada Rodrigo tanteó el espacio hasta que algo cedió con un chasquido seco.

Metió la mano y sacó un pergamino enrollado y atado con cuerda de lino ordinario, del tipo que se usa para atar cualquier cosa cuando no se tiene a mano nada mejor.

Lo abrió sobre el trozo de muro más despejado que encontró.

Letras árabes entrelazadas con caracteres latinos.

Números en columnas de estructura irregular.

Era un cifrado trabajado, con una lógica interna que se intuía aunque no se comprendiera de inmediato.

Quien lo había escrito había tenido tiempo, intención y método.

Rodrigo frunció el ceño. Reconoció la forma de ciertas abreviaturas, el modo en que algunas iniciales se agrupaban.

No eran posiciones de defensa. Eran nombres.

Miguel miró el pergamino sin tocarlo.

—No parece cosa de defensa —dijo.

—No —respondió Rodrigo—. Lo que parece es que alguien con acceso a información castellana de primera mano la estaba pasando hacia aquí.

Antes del asedio. —Señaló una columna de iniciales—.

Estas combinaciones no son nombres árabes.

Son abreviaturas en castellano. Mezclaron los alfabetos a propósito.

Rodrigo enrolló el pergamino, lo ató con la misma cuerda y lo guardó bajo la cota, pegado al cuerpo.

—Lo guardamos y seguimos —dijo Rodrigo—. Las preguntas para después.

La piedra de la torre crujió sobre sus cabezas.

Alguien se movía en el tejado, o la artillería seguía castigando sin que nadie les hubiera avisado de que ya había hombres propios dentro.

El segundo impacto llegó sin aviso. La sacudida arrancó una sección del muro norte y los cascotes cayeron en arco.

—¡Cubríos! —gritó Rodrigo mientras se cubría la cabeza con el antebrazo.

Mateo se aplastó contra el umbral, la cara gris y el reguero seco del yelmo abollado marcándole la mejilla.

El polvo tardó en asentarse. Cuando lo hizo, la sala tenía un agujero nuevo en el muro por el que entraba el aire frío de la mañana. Nadie herido. Por esta vez.

—No podemos detenernos —dijo Rodrigo—. La torre está asegurada. Bajamos.

Se acercó a la ventana antes de bajar. Granada se extendía bajo él al amanecer, derrotada y todavía sin gritarlo.

Tejados, humaredas que iban apagándose, el laberinto de la medina con sus calles imposibles trazadas para que el invasor se perdiera en ellas y, más al fondo, la Alhambra recortada contra las nieves de Sierra Nevada como un sello en cera roja.

Rodrigo apartó los ojos de la Alhambra y bajó.