Rodrigo de Salazar: Enemigo sin bandera (Rodrigo de Salazar 1) Capítulo 3 #2
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Capítulo 3 #2

Mientras sus hombres barrían los rincones, Rodrigo cruzó hacia lo que había sido una mesa de trabajo.

Pergaminos chamuscados, cuero quemado, trozos de carbón que habían sido documentos.

Recogió dos jirones y los sostuvo contra la luz que entraba por la aspillera.

Letras en árabe, caracteres latinos entremezclados, lo que podía ser una cifra o simplemente una marca del fuego.

Demasiado destruido para leer. Suficiente para que algo en la nuca se tensara.

—Alguien intentó quemar esto antes de que entráramos —dijo Rodrigo, y dejó caer uno de los jirones sobre la mesa—. No llegó a tiempo o no tuvo suficiente.

—¿Órdenes de defensa? —preguntó Diego, que se había acercado sin hacer ruido.

—Si fueran órdenes de defensa, no habrían necesitado quemarlas.

Diego no respondió.

Mientras tanto, recargó el arcabuz con la mecánica aprendida de memoria: pólvora, taco, bala, baqueta. Los dedos hacían el trabajo sin consultar a la cabeza.

Siguieron subiendo.

La escalera de caracol gemía bajo cada bota, piedra vieja cansada de cargar con siglos que no le correspondían.

Rodrigo ascendía primero con la espada desenvainada y el arcabuz descansando sobre el hombro, listo pero sin urgencia.

Repartía el peso en cada peldaño y dejaba caer la bota despacio sobre la piedra para no arrancarle ruido a la torre.

Iba leyendo las sombras del siguiente peldaño antes de pisarlo, el oído atento a cualquier variación en el silencio.

Detrás, los cinco se distribuían en el tramo lo bastante separados para no estorbarse, lo bastante cerca para cubrirse.

Jaime y Hernando a medio tramo, Mateo más atrás con Miguel y Diego cerrando la formación.

Mateo se cruzó el montante a la espalda y llevaba el messer en la mano derecha. En un tramo donde no cabían dos hombros juntos, el acero largo era estorbo, no ventaja.

A mitad del ascenso, un impacto de artillería golpeó la torre con la brutalidad de algo que aún no ha dicho su última palabra.

El muro lateral reventó hacia adentro y el arco que sostenía el techo del corredor se desplomó en una lluvia de cascotes y polvo que lo borró todo durante unos instantes eternos.

Un sillar arrancado del muro por la onda del impacto salió despedido y alcanzó a Jaime en el costado derecho.

El golpe sonó a cosa mojada contra cosa seca, un chasquido sordo que no pertenecía al derrumbe sino al cuerpo.

Jaime dio un paso lateral con la boca abierta y sin aire, la mano derecha buscando el costado como si pudiera devolver a su sitio lo que acababa de romperse por dentro.

Rodrigo vio cómo se le hundía la tela de la cota en el punto del impacto, empapándose desde dentro hacia fuera con una oscuridad que no era sombra.

Y vio también, medio tramo más abajo, que la viga del corredor cedía sobre Hernando.

Rodrigo no se detuvo. Dos problemas, manos suficientes para ambos.

—¡Miguel, conmigo! —gritó hacia abajo—. ¡Diego, quédate con Jaime!

Mateo ya se había pegado al muro con la espada en alto, cubriendo la escalera que subía hacia los pisos superiores, sin que nadie se lo ordenara. Un cascote rodó bajo su bota derecha y le torció la rodilla contra el peldaño. Lo absorbió con un gruñido y no cambió de posición.

Rodrigo retrocedió por el tramo hasta donde Hernando estaba medio sepultado bajo la viga.

La pierna izquierda atrapada bajo la madera, el brazo herido —el del aceite— colgando del hombro, rígido de un modo que no era muscular.

Tenía la cara del color de la piedra húmeda. Pero la voz era entera, y eso contaba.

Rodrigo evaluó. Peso de la viga, anchura del corredor para maniobrar, tiempo disponible antes de que alguien allá arriba organizara una respuesta al ruido.

Miguel llegó a su lado sin aliento y sin preguntas.

Levantaron la madera entre los dos, con los dientes apretados y los pies buscando apoyo firme entre los cascotes.

La viga pesaba lo que pesa la madera vieja empapada de humo y agua de lluvia de varios inviernos, que es mucho más que la madera seca, y no cedía con facilidad ni con gracia.

Rodrigo sintió el tirón en los riñones y lo ignoró.

Cuando por fin se desplazó lo suficiente, Hernando sacó la pierna con un movimiento que intentó ser fluido y no lo fue.

La cara se le contrajo, pero no hizo ningún sonido que no fuera inevitable.

Intentó incorporarse. La pierna no respondió del modo que él esperaba.

—Quédate aquí —dijo Rodrigo—. Si oyes que alguien viene de abajo, avisa.

Hernando se miró la pierna y después a Rodrigo.

—No me veréis correr, alférez. Pero gritar todavía puedo.

La voz era seca, sin ruego, reducida a lo posible desde el suelo con un brazo útil.

Rodrigo se volvió y subió.

Pasó junto a Diego, que se había arrodillado junto a Jaime y le mantenía la cabeza recta con una mano mientras con la otra le presionaba el costado con un trozo de tela arrancado de su propia camisa.

Rodrigo lo vio y no se detuvo. Lo que Diego hacía era lo único que podía hacerse, y detenerse no iba a mejorar lo que ya estaba roto.

El segundo rellano era una trampa con pretensiones de corredor.

Apenas tres pasos de ancho, con dos saeteras a la derecha y una puerta baja a la izquierda que podía esconder cualquier cosa.

Mateo ya estaba en posición, pegado al muro con la espada horizontal.

Rodrigo se colocó a su lado. Miguel detrás.

Rodrigo contó cinco respiraciones. Nada se movió.

Avanzó.

Cuatro defensores salieron de la penumbra con un grito que rebotó en las paredes de piedra y volvió multiplicado, con la intención de asustar lo suficiente para ganar el instante que necesitaban.

No lo consiguieron. Rodrigo disparó el arcabuz al primero.

El proyectil le entró por el centro del pecho y lo empujó contra la pared con los brazos abiertos, la boca redonda y sin sonido, se quedó así un instante, clavado contra la piedra por la fuerza del impacto, antes de deslizarse al suelo dejando un trazo rojo en la cal.

El segundo cargó aprovechando el humo del disparo; Rodrigo soltó el arcabuz y desenvainó en el mismo gesto, sin pausa entre los movimientos — el truco requería años y él los tenía.

El hombre le lanzó un tajo cruzado; Rodrigo lo esquivó echando el torso atrás, le metió la espada en el vientre hasta la guarda y tiró hacia arriba de un solo movimiento, rasgando lo que encontró a su paso, y antes de que el cuerpo terminara de doblarse sacó la hoja y le cruzó la garganta con el filo en un arco limpio.

El hombre cayó en dos tiempos: primero las rodillas, después el resto.

Mateo tomó al tercero en un cruce de aceros que empezó bien y terminó mal para los dos.

El defensor era fuerte y manejaba la cimitarra con rabia, sabiendo que no tenía adónde retroceder.

Los aceros se encontraron tres veces, la tercera lo bastante cerca de la cara de Mateo para que el viento de la hoja le moviera el pelo.

Mateo respondió con una estocada al costado que le entró entre las costillas y dobló al hombre hacia delante.

Pero el nazarí no cayó limpio. Con lo que le quedaba giró el puño y descargó el pomo de bronce de la cimitarra contra la sien de Mateo, y el golpe encontró el yelmo con un sonido seco de metal contra metal.

Carvajal dio un paso lateral con los ojos desenfocados y la sangre corriéndole desde el yelmo abollado por la mejilla, y se mantuvo en pie con las piernas obedeciendo a una orden que la cabeza ya no estaba en condiciones de dar.

Su agresor terminó de caer a sus pies con la hoja de Mateo todavía dentro.

Miguel contenía al cuarto con la guardia firme y los pies bien plantados, sin el temblor que habría tenido tres meses antes, pero el defensor era más fuerte y lo sabía.

Le lanzó dos tajos que obligaron a retroceder paso a paso, el segundo tan cerca del cuello que le abrió la tela del jubón sin llegar a la piel.

Miguel aguantó la posición lo justo. Rodrigo llegó por el flanco, le atrapó al defensor el brazo de la espada y le hundió la hoja por el costado hasta que dejó de forcejear.

Cuando cesaron los aceros, Rodrigo tenía un corte en el antebrazo izquierdo que no recordaba haber recibido. Lo notó por el ardor, no por el dolor. El dolor llegaría después, cuando el cuerpo recordara que tenía permiso para molestarse.

El tramo siguiente era el peor. Estrecho, con los peldaños superiores cubiertos de cascote del derrumbe parcial que había provocado el cañonazo.

El polvo pegado a los dientes, al fondo de la garganta, ese polvo viejo de cal y pólvora que sabe a mampostería.

Una viga mal apuntalada cedió bajo el pie de Miguel en el tercer peldaño; Rodrigo lo agarró del antebrazo antes de que cayera, el muchacho murmuró algo entre dientes y siguió subiendo.

Entraron al piso superior por un umbral que había perdido la puerta en algún momento de la noche.