Capítulo 3
La última torre
Pasaron el resto de la noche en el adarve, con los muertos y las armas todavía calientes, relevándose por turnos en una vigilia que no necesitó órdenes.
Ninguno de los seis habría dormido aunque se lo hubieran permitido.
Cuando la primera línea gris del amanecer recortó las almenas, llegó desde abajo la orden de avanzar sobre la torre del noreste, el único punto del lienzo que seguía en manos nazaríes.
Rodrigo se levantó del sillar donde había pasado las últimas horas sin cambiar de postura. Le crujieron las rodillas y la mejilla había amanecido rígida, la sangre seca tirando de la piel como una segunda costra sobre la vieja.
Antes de partir, un hombre del servicio de Gonzalo Fernández de Córdoba lo había apartado un momento del grupo.
Fueron pocas las palabras y en voz baja.
En esa torre había habido movimiento de mensajeros en los últimos días, y cualquier documento de valor que encontrara, si la situación lo permitía y sin comprometer la misión, tenía que llegar intacto al campamento. Rodrigo no había preguntado más.
Rodrigo avanzaba sobre cascotes y madera carbonizada, el fango oscuro donde el polvo y la costra habían negociado una tregua mientras nadie miraba.
A cada lado, impactos de artillería abiertos en la mampostería, vetas de hollín desde las aspilleras donde las flechas incendiarias habían encontrado madera seca.
Desde algún callejón cercano llegaba el gemido largo y sin respuesta de un herido que llevaba demasiado tiempo siéndolo.
Rodrigo iba pegado a los muros, los ojos en cada ventana y cada esquina antes de mover un pie, costumbre de demasiados años.
No se detuvo. Los heridos de callejón ajeno eran problema de la infantería que limpiaba a su espalda.
El adarve había caído antes del alba. Solo quedaba la torre del noreste, alzada sobre los tejados humeantes como un último diente de piedra que se negaba a saltar.
Las almenas, negras de hollín y metralla, recortaban el cielo sucio del amanecer.
La construcción aguantaba por pura inercia, a la espera de que alguien le pusiera el punto final.
Sus cinco hombres lo seguían con ese paso sordo, sin prisa por morir. Era el silencio del oficio. Pasos amortiguados, ojos midiendo cada esquina, ningún roce de cota contra cota. Cada uno conocía su sitio en la fila y el ángulo que le tocaba cubrir. Por eso nadie habló.
Mateo cubría el flanco derecho. Anticipaba las órdenes antes de recibirlas, lo que ahorraba palabras y, en ocasiones, vidas.
Jaime de Cuéllar se movía a la izquierda, tan grande de cuerpo como parco en movimientos, con ese modo suyo de no precipitarse que parecía lentitud hasta que dejaba de parecerlo.
Hernando de Baena cargaba el brazo vendado y el silencio sin quejarse de ninguno.
La quemadura del aceite en el asalto al adarve no le había arrancado un solo comentario, ni durante la cura ni después.
Miguel Aranda llevaba el arcabuz de repuesto, que pesaba más que él, y aguantaba el peso sin abrir la boca, que era lo único que Rodrigo le pedía por ahora.
En algún punto del camino, sin que nadie lo hubiera ordenado ni comentado, Jaime se había colocado al lado de Miguel y le había tomado el arcabuz de las manos, añadiéndolo al peso que ya cargaba sin el menor cambio de expresión ni de paso. Miguel lo miró.
—Puedo con él —dijo.
—Ya lo sé —respondió Jaime—. Y yo con los dos. Así que guarda el aliento.
Miguel no dijo más. Pero Rodrigo lo vio. El muchacho caminaba ligeramente más erguido.
Diego cerraba la formación, los ojos quietos, archivando lo que veía.
—Mateo, el flanco derecho —ordenó Rodrigo en voz baja—. Pegaos al muro hasta el segundo arco. Nadie cruza la plaza hasta que yo avance.
Carvajal se disolvió entre las sombras sin acusar recibo.
Rodrigo estudió la torre. Los defensores asomaban y se retiraban de las almenas desconfiados, calculando cuánto tiempo les quedaba y cómo gastarlo.
Contó los movimientos. Tres hombres visibles, quizá hubiese más dentro.
El ritmo de sus apariciones era irregular. Tensión, no táctica.
Rodrigo asintió para sí. Iba a haber errores.
—Una cosa más —dijo Rodrigo sin alzar la voz—. Si veis papeles, documentos, cualquier cosa escrita: no los toquéis y no los queméis. Me avisáis.
Mateo lo miró un instante.
—¿Buscamos algo concreto?
—Buscamos cualquier cosa que no debiese estar ahí.
El grupo cruzó la primera plaza en diagonal, la espalda contra los muros de los arcos porticados, cubriendo las esquinas antes de doblarlas. Llevaban demasiadas campañas juntos para necesitar órdenes. Cada uno guardaba el flanco ciego del de al lado.
A mitad del avance, uno de los defensores lanzó un barril desde la almena. Rodrigo lo oyó silbar antes de verlo.
—¡A la izquierda, base del muro, ya!
Se aplastaron contra la piedra mientras el barril reventaba a tres pasos.
Aceite ardiendo, llamas cortas que lamieron el empedrado con avidez, y el calor llegó sucio y rancio pegado a la cara.
Rodrigo esperó, contando. Las llamas menguan rápido cuando no tienen más combustible que unas piedras mojadas de rocío.
—Adelante.
Desde la torre siguieron cayendo piedras y alguna flecha sin demasiada puntería.
Eso era bueno. Los defensores perdían el criterio.
Un joven arquero se asomó sobre la almena con la flecha ya tensada y el cuerpo demasiado visible, confiado en un arrojo que no le duraría.
Rodrigo apoyó el arcabuz en el borde del arco, ajustó la línea de tiro y esperó el aliento que separa el movimiento del disparo.
El estallido rebotó entre los muros y se perdió calle abajo.
El proyectil entró por el hombro derecho del muchacho justo en el instante en que soltaba la cuerda.
El brazo giró hacia afuera y hacia atrás con una velocidad antinatural, la cuerda se tensó y cedió en el mismo instante, y la flecha salió disparada en diagonal hacia arriba y cayó inofensiva en el patio interior de la torre.
El arquero desapareció de la almena, hacia adentro.
—Moveos —dijo Rodrigo.
La puerta de la torre era un monstruo de madera reforzada con travesaños de hierro y dañada por los impactos previos en los sitios equivocados.
Lo bastante deteriorada para invitar al intento, lo bastante sólida para castigar la impaciencia.
Rodrigo inspeccionó los goznes, los clavos oxidados, la grieta que recorría el tablón central de arriba abajo como una amenaza cumplida a medias.
—Jaime, Hernando, conmigo. —Rodrigo se apartó del tablón agrietado—. Los demás cubrid la base hasta que abramos. Si el ruido atrae compañía, la rechazáis. Cuando la puerta caiga, entráis detrás.
Los tres se alinearon frente a la puerta con la geometría aprendida de muchas puertas antes que esa.
Hernando cargó con el hombro derecho, el brazo quemado pegado al cuerpo.
Rodrigo contó con la cabeza. Cargaron al unísono.
La madera aguantó el primer empellón con un chirrido sordo.
Aguantó el segundo con menos convicción que el anterior.
Al tercero, el tablón central cedió hacia adentro con un crujido de algo que llevaba tiempo esperando la excusa.
Rodrigo entró primero, espada en mano.
La oscuridad interior olía a humo añejo y a miedo reciente.
Los defensores habían levantado una barricada de muebles volcados y sacos de arena en el primer tramo.
Cuatro hombres detrás, con cimitarras, los gestos crispados por horas de espera que no preparan para nada.
Rodrigo no se detuvo en el umbral. Detenerse allí era una muerte segura.
Cruzó la barricada por el punto donde la mesa volcada dejaba un hueco de dos palmos, suficiente para quien no tenga miedo al roce del astillado.
No intercambiaron palabras. Las palabras, en ese punto, eran cortesía que ninguno de los dos bandos podía permitirse.
Al primero Rodrigo le abrió el costado de un tajo que entró entre las dos últimas costillas.
El hombre se dobló sobre la herida, las manos apretadas sobre el vientre, inútiles.
No cayó de inmediato, lo que era más terrible.
Se quedó apoyado en la barricada con las rodillas cediendo, los ojos abiertos y la boca moviéndose sin voz, tardó más de lo que debía antes de dejar de moverse.
Rodrigo giró hacia el segundo antes de que el primero terminara de caer.
Le desvió la cimitarra con el plano de la hoja y le hundió la espada por debajo del esternón, empujando hacia arriba hasta que la punta encontró salida entre los huesos de la clavícula y el hombre se arqueó con la boca abierta y los ojos fijos en un punto del techo que ya no veía.
El tercero levantó el arma con las dos manos; Rodrigo sacó la hoja de un tirón y le cruzó la garganta de izquierda a derecha en un solo movimiento.
La sangre salió a pulsos, caliente y espesa, salpicando la barricada y las manos de Rodrigo, y el hombre se llevó ambas manos al cuello en un gesto instintivo.
Hernando derribó al cuarto defensor contra el muro con un encontronazo tan directo y tan desprovisto de ceremonia que no mereció el nombre de duelo: el hombre golpeó la pared de costado con el cráneo y el golpe fue suficiente.
Cuando cesó el movimiento, Rodrigo repasó la sala de una ojeada. Cuatro adversarios en el suelo, ninguno en pie con intención de continuar, nadie que amenazara.
—Asegurad cada ángulo antes de subir —dijo Rodrigo—. Esta planta es nuestra. La próxima también va a serlo.