Rodrigo de Salazar: Enemigo sin bandera (Rodrigo de Salazar 1) Capítulo 2 #3
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Capítulo 2 #3

También pensó en Loja, donde Jaime había sacado a un muchacho herido de debajo de un muro derrumbado cargándolo sobre el hombro a ciento veinte pasos del enemigo activo, y al preguntarle después por qué se había arriesgado así, Jaime había respondido que el muchacho le debía dos maravedíes del naipe y no pensaba perdonarle la deuda.

Rodrigo no había vuelto a preguntarle por qué hacía nada.

—Se os escapó —dijo Diego, sin volverse.

—Sí —respondió Rodrigo—. Y no debió.

Miró hacia la torre por donde Yusuf había desaparecido. La abertura estaba negra y quieta.

Rodrigo alzó la vista hacia la ciudad. Desde aquella altura, Granada parecía un mar de brasas que no terminaba de consumirse, y la piedra misma se resistía a apagarse.

Entonces oyó pasos firmes detrás de él.

Montijo emergió por la escalera con la espada en la mano y los cuatro soldados a la espalda. Subió los últimos peldaños tanteando cada uno con la bota, esperando encontrar enemigos, y se detuvo en el umbral cuando lo que encontró fueron los suyos.

No habló de inmediato. Caminó despacio por el adarve conquistado, pisando entre los cuerpos de los defensores caídos, y Rodrigo lo vio hacer lo que cualquier oficial competente habría hecho.

Contar. Los muertos, primero. Luego la brecha abierta en la muralla, lo bastante ancha para que pasaran dos hombres de frente.

Luego el apuntalamiento roto, las maderas partidas por la maza de Jaime esparcidas por las losas.

Por último la posición, el tramo de adarve que conectaba la torre oriental con el lienzo principal, que ahora estaba en manos castellanas y que al amanecer permitiría a la artillería avanzar las piezas menores hasta un alcance que cambiaría el asalto.

Montijo barrió la muralla con la mirada, de parapeto a parapeto. Rodrigo se dio cuenta. Y vio el esfuerzo que le costó a Montijo tragar lo que habría querido decir, porque cinco hombres miraban el adarve esperando ver con qué cara lo decía.

—Parece que habéis tomado el adarve —dijo sin levantar la voz.

—Sí, mi capitán.

—Y habéis desobedecido una orden directa.

—Así es.

Nadie habló. El estruendo lejano de las bombardas llenó el hueco.

Montijo miró a Jaime, que seguía sentado en el sillar con la maza entre las rodillas y la cara impasible, sin intención de justificar lo que había hecho.

Después miró a Hernando, el brazo vendado con su propia camisa, la piel del antebrazo visible en los bordes del lino con el brillo húmedo de la quemadura fresca.

Después miró a Rodrigo, la sangre seca en la mejilla y la hombrera abollada.

—Las bajas —dijo.

—Ninguna mortal —respondió Rodrigo—. Hernando tiene el brazo quemado. El resto aguanta.

Montijo asintió una vez. Nada más.

—No sé aún si he de proponeros para recompensa o para castigo —dijo al fin, sin mirarle—. Eso no lo decidiré yo. Lo decidirá gente que no ha estado aquí, y lo harán en frío.

—Aceptaré lo que venga.

—No tenéis elección, Salazar. Eso es lo que significa la cadena de mando. Incluso cuando funciona mal, funciona.

Montijo dio media vuelta y bajó por la escalera de caracol sin pronunciar otra palabra.

Sus hombres lo siguieron. Sus pasos se perdieron en el interior del muro como se cierra una puerta, y Rodrigo se quedó solo con los suyos, bajo aquel cielo sin estrellas, con los cuerpos, la brecha y un silencio que no se parecía a la calma.

Jaime se había dejado caer sobre un sillar caído, la espalda encorvada, las manos cruzadas sobre el mango de la maza.

Diego se había acercado al parapeto y miraba hacia la ciudad ardiendo.

Mateo limpiaba el filo del montante con un trozo de lona, sin dejar de vigilar la escalera. Tenía la cara gris de polvo y los ojos rojos de humo y aparentaba diez años más que al salir del campamento.

—¿Qué nos costará esto, señor? —preguntó, sin mirar a nadie en particular.

Rodrigo apretó los labios y no respondió. No porque no supiera la respuesta, sino porque la respuesta no dependía de él y decirlo en voz alta no iba a cambiar nada.

—¿Y os perdonará Montijo? —volvió a preguntar.

—No le pido que me perdone —respondió Rodrigo—. Le pido que reconozca lo que hay ante sus ojos.

Mateo dejó la lona sobre la rodilla.

—No es lo mismo.

—No —dijo Rodrigo—. No lo es.

Dentro de la torre, Yusuf al-Hakim permanecía junto a la saetera con el hombro apoyado contra la piedra áspera, observando la figura inmóvil del castellano.

El muslo sangraba donde el acero de Rodrigo le había rozado la malla de la pierna en el último intercambio. Hamid esperaba a su espalda, inmóvil.

—Tuvo el cañón contra mi pecho —dijo Yusuf en voz baja, en árabe—. La mecha encendida. Podría haberlo hecho. No lo hizo.

—Dudó —dijo Hamid.

—Pensó. —Yusuf se separó de la saetera y se volvió hacia él—. Tuvo el cañón apuntado y la mecha viva, y no apretó. Eso no es miedo, Hamid. Es cálculo. Los hombres así no se matan. Se usan.

Hamid frunció el ceño, pero no replicó.

Rodrigo se apoyó en el parapeto y cerró los ojos. Notó el frío de la piedra en las palmas y el olor a sebo y a cal viva que subía desde la ciudad.

«Se fue demasiado fácil para ser una huida».